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La Pequeña Esposa Del Señor Douglas

La Pequeña Esposa Del Señor Douglas

Status: En proceso
Genre:La mimada del jefe / Mafia / Matrimonio arreglado
Popularitas:8.5k
Nilai: 5
nombre de autor: A.B.G.L

Se supone que mi corazón no debe detenerse cada vez que entras en una habitación...

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Capítulo XI

—Así que ahora se supone que vamos a pasar mucho tiempo juntos —declaró Madison de pronto, cortando el hilo denso de silencio que se había extendido entre ellos como una telaraña invisible—. ¿No es maravilloso? —añadió con una risa ácida que resonó en el salón como un eco amargo—. Tú, el hombre que nunca pidió una esposa ni anheló el matrimonio. Yo, la mujer que fue ofrecida como moneda de cambio, un objeto de transacción en una negociación comercial. Una historia de amor digna de ocupar las portadas de todas las revistas del mundo.

Comenzó a caminar de un lado a otro de la sala, como una fiera enjaulada que busca desesperadamente una salida.

El sonido de sus tacones golpeando el suelo de mármol resonaba con un ritmo errático, marcando la pauta de su creciente agitación.

El vestido floral se movía con ella como una llamarada contenida, revelando destellos de su piel y delineando sus curvas con una elegancia peligrosa.

—Porque claro —continuó, sin siquiera dignarse a mirarlo a los ojos—, ahora tendré que desayunar contigo, soportar tus silencios incómodos. Tendré que fingir sonreír mientras posamos para las fotografías, asistir a cenas absurdas contigo mientras todos creen que soy la chica más afortunada de Nueva York. ¿Y sabes qué es lo peor de todo, Kennedy? Que ni siquiera te conozco. No sé si roncas como un oso, si eres un psicópata silencioso que disfruta torturando animales, o si solo eres un imbécil funcional con una cuenta bancaria abultada.

Kennedy permanecía quieto e imperturbable, sentado en el sofá como un espectador pasivo.

Sin embargo, sus ojos color azul eléctrico la seguían con una precisión quirúrgica, analizando cada uno de sus movimientos, cada gesto, cada matiz de su expresión. Cada palabra de ese torrente verbal que la golpeaba como ruido blanco era procesada por su mente analítica, buscando debilidades y contradicciones.

—Y no me mires así —espetó ella, deteniéndose de repente frente a él y clavando sus ojos en los suyos como dagas afiladas—. No me mires como si ya estuvieras calculando cuánto me va a costar respirar el mismo aire que tú, o cuánto dinero tendrás que gastar para mantenerme callada y obediente. Porque créeme, Kennedy Douglas, si crees que voy a ser una muñeca obediente, un trofeo que puedes exhibir a tu antojo, te equivocaste de mujer.

Siguió caminando, alejándose de él para evitar la proximidad física que la incomodaba.

—Mi padre cree que tiene el derecho de venderme como si fuera una de sus propiedades, tus socios creen que tienen el derecho de exhibirme como un trofeo de guerra, la prensa cree que tiene el derecho de inventarme una personalidad a su gusto… y ahora tú crees que puedes soportarme sin volverte loco. —Rió de nuevo, pero esta vez su risa sonó a advertencia—. Spoiler: nadie lo ha logrado hasta ahora.

El silencio de Kennedy comenzó a tensarse, como una cuerda que se estira hasta el límite.

No era paciencia, ni resignación.

Era contención, una lucha interna por mantener el control.

—Hablas demasiado, Madison —dijo al fin, con una voz baja y cortante que resonó en el salón como una amenaza velada.

Madison se detuvo en seco, sintiendo el impacto de sus palabras como una bofetada.

—¿Perdón? —preguntó, con incredulidad.

—Que hablas demasiado —repitió Kennedy, sin elevar el tono de voz, pero intensificando la frialdad en su mirada—. No filtras tus pensamientos, no mides tus palabras. No piensas antes de hablar y rara vez escuchas lo que dicen los demás. Simplemente llenas el espacio con ruido inútil porque el silencio te asusta.

Ella se giró por completo hacia él, con los ojos encendidos por la rabia y el desafío.

—¿El silencio me asusta? —escupió, con desprecio—. No me asusta el silencio, Kennedy. Me asusta la gente que lo usa como un arma para manipular y controlar a los demás.

Kennedy se puso de pie con un movimiento lento y deliberado, como un depredador que se prepara para atacar a su presa.

Su imponente altura, su presencia dominante, su sombra avanzando hacia ella sin siquiera tocarla, intimidándola con su fuerza. Madison no retrocedió, plantando cara a su agresor.

—Y a mí mefastidia el ruido innecesario —respondió él, con una frialdad que podía congelar el infierno—. Especialmente cuando es inútil y carece de sentido.

—Ah, claro —replicó ella, cruzándose de brazos sobre el pecho con un gesto desafiante—. El gran Kennedy Douglas, el hombre que no siente, no escucha y no tolera a nadie que no se ajuste a sus expectativas. ¿Qué esperabas? ¿Que me sentara aquí a mirarte como una esposa sumisa, aguardando tus órdenes mientras decides qué hacer conmigo?

—Esperaba que te callaras de una vez —dijo él, con una sequedad que cortaba el aire.

La tensión se elevó como un termómetro a punto de explotar.

—¿Callarme? —Madison dio un paso hacia él, desafiando su proximidad—. No, Kennedy. No me callo. Nunca lo he hecho en mi vida y no voy a empezar ahora solo porque tú creas que tu voz tiene más peso que la mía.

—Tu voz no pesa, Madison —replicó Kennedy, acercándose un poco más a ella, invadiendo su espacio personal—. Cansa. Agota.

Ella sonrió, pero no fue una sonrisa amable. Fue una mueca peligrosa que revelaba su lado más oscuro.

—Entonces prepárate para vivir cansado, Kennedy. Porque me vas a tener que escuchar quieras o no.

Se miraron de frente, sin máscaras ni disfraces.

Sin cortesía ni diplomacia.

—No me provoques, Madison —advirtió él, con una voz que sonaba como el rugido de un león.

—No me amenaces, Kennedy —respondió ella, desafiante—. No eres el primer hombre que lo intenta, y te aseguro que no serás el último en fracasar.

Kennedy apretó la mandíbula, luchando por mantener el control.

—Vas a ser mi esposa, Madison. Te guste o no. Y eso implica seguir ciertas reglas.

—No —corrigió ella, con una firmeza inquebrantable—. Implica firmar un contrato. Y los contratos, por muy bien redactados que estén, siempre pueden romperse.

—No los míos —afirmó él, con una certeza que helaba la sangre.

—Entonces tendrás que aprender a convivir con alguien que no se arrodilla ante nadie, Kennedy. Y eso te va a resultar muy difícil.

El silencio cayó de golpe entre ellos, interrumpiendo la tormenta de palabras con una fuerza brutal.

Pesado.

Violento.

Definitivo.

Kennedy la sostuvo con la mirada durante largos segundos, evaluando su resistencia, buscando una grieta en su armadura. Luego habló, despacio y pausado, midiendo cada una de sus palabras.

—Vamos a pasar mucho tiempo juntos, Madison —dijo—. Y te prometo algo: o aprendes a medir tus palabras y a controlar tus impulsos… o aprenderás por las malas por qué nadie se atreve a hablarme así dos veces.

Madison no bajó la mirada, sosteniendo su desafío sin vacilar.

—Y yo te prometo algo mejor, Kennedy —respondió, con una sonrisa enigmática—. No soy tu enemiga… pero tampoco soy tu posesión. Y si intentas romperme, te vas a llevar algo más que ruido, te lo aseguro.

El choque no había terminado.

Apenas comenzaba a desatarse, dejando tras de sí una estela de resentimiento y desconfianza. La batalla por el control había comenzado, y ambos estaban dispuestos a luchar hasta el final.

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Malu Enriquez
Pinta interesante 😸
Anonymous
Interesante
Anonymous
Hasta aquí en este último y penúltimo capítulo fue q me pareció interesante esta novela, espero lo sea
Lelis Vellejo
Me está gustando la historia 👏
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