En un mundo dividido por magia y poder, seis protagonistas luchan por el destino de los Cuatro Reinos. Entre traiciones, alianzas y secretos ancestrales, cada uno debe enfrentar su propio pasado para conquistar un reino al borde del caos. Una saga épica de magia, intriga y supervivencia donde solo los más fuertes definirán el futuro.
Crónica de los Cuatro Reinos: La Saga Arcana.
Libro 1: El Legado de Drakthar.
Libro 2: Fuego y Hielo en Frostvale.
Libro 3: Los Secretos de Ironspire.
Libro 4: El Juramento de Embercliff.
Libro 5: La Corona Rota.
Libro 6: Las Sombras del Trono.
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Capítulo 03
La profecía de la Gran Oráculo se extendió como un escalofrío por Frostvale, más penetrante que cualquier ventisca. Aunque muchos consejeros se aferraron a su escepticismo, la Reina Seraphina no dudó. Sus órdenes fueron ejecutadas con una eficiencia gélida, y el reino se preparó para lo que pocos creían posible: una guerra a gran escala con Embercliff.
La frontera entre Frostvale y Embercliff era un teatro de majestuosa brutalidad natural: las Montañas Grises, una cadena de picos escarpados e inhóspitos que se alzaban como dientes rotos contra el cielo. Del lado de Frostvale, la nieve y el hielo cubrían cada superficie, mientras que al sur, del lado de Embercliff, las montañas se teñían de tonos rojizos y ocres, salpicadas de cráteres humeantes y flujos de lava petrificada. En la garganta más estrecha y accesible de estas montañas se alzaba el Paso del Aliento del Dragón, una fortificación clave de Frostvale, construida con muros de hielo reforzado y piedra de obsidiana, con torres de vigía que se proyectaban como gances sobre el abismo.
El Capitán Theron, bajo las órdenes directas de Seraphina, había duplicado las guarniciones en el Paso del Aliento del Dragón y en los puestos de avanzada circundantes. Los Maestros de la Forja de Frostvale trabajaban sin descanso, creando armas y armaduras capaces de resistir el calor más intenso, infundidas con magia de escarcha que prometía no solo proteger, sino también devolver el frío a cualquier atacante.
Una semana después de la profecía, la tensión era tan densa como la niebla invernal. Los exploradores regresaban con informes alarmantes: columnas de humo oscuro se elevaban desde el corazón de Embercliff, y el suelo en las faldas de las montañas temblaba con una frecuencia inusual. Los más veteranos juraban sentir un calor inusual en el viento, un presagio ominoso.
Seraphina había acampado en la Fortaleza de Hielo del Guardián, un puesto avanzado más cercano al Paso del Aliento del Dragón, para supervisar personalmente las defensas. Su mente, sin embargo, estaba dividida entre la amenaza externa y la "serpiente de la traición" que la Oráculo había predicho. Observaba a sus lugartenientes, sus consejeros más cercanos, buscando cualquier indicio de deslealtad, un brillo en los ojos, un cambio en el comportamiento. La duda era un veneno lento, y Seraphina lo sentía en cada interacción. Lady Isolde, su consejera, parecía cada vez más nerviosa, sus ojos saltaban de un lado a otro, lo que Seraphina interpretaba como preocupación, o quizás, como algo más siniestro.
Fue en el tercer día de su estancia en el Guardián cuando el invierno de Frostvale se encontró por primera vez con el fuego de Embercliff.
Un grito desgarrador resonó desde una de las torres de vigía del Paso del Aliento del Dragón.
—¡Ataque! ¡Están atacando!
Seraphina corrió hacia el mirador, su corazón martilleándole en el pecho. A la distancia, en la entrada del Paso, una marea de figuras oscuras y rojizas emergía de la garganta de las montañas. No eran las tropas desorganizadas o los bandidos que Frostvale conocía; esto era un ejército, disciplinado y formidable. Sus armaduras, forjadas en metal oscuro y endurecido, brillaban con un resplandor cobrizo, y sus armas, espadas y lanzas, ardían con una luz propia.
Y en el centro de la vanguardia, una figura imponente a caballo. Su armadura, de un negro obsidiana, estaba incrustada con rubíes y oro fundido, y una capa del color del fuego recién encendido ondeaba a sus espaldas. Su rostro, enmarcado por una melena de cabello negro azabache, era severo, sus ojos de un ámbar brillante que parecían ver a través del velo de la montaña. En su mano, una espada ancha que resplandecía con el calor de una fragua. Seraphina sintió un reconocimiento instintivo: este era Kaelith, el Príncipe de Embercliff, el temido Señor del Fuego.
—¡Los de Embercliff! —gruñó Theron a su lado, sus ojos llenos de una furia justificada—. ¡No solo son hombres! ¡También hay bestias!
Y así era. Entre las filas de soldados de Embercliff, se movían criaturas grotescas, humanoides cubiertos de escamas rojas y piel agrietada, de los que emanaba un calor abrasador. Eran los Pieles de Lava, seres que se decía que nacían en las profundidades de los volcanes, inmunes al fuego y feroces en la batalla.
El ataque comenzó con una furia abrumadora. Los ballesteros de Embercliff, protegidos por escudos ignífugos, lanzaron flechas que no eran de madera y metal, sino de fuego puro, dejando estelas brillantes en el aire gélido. Cuando impactaban en los muros de hielo, no se estrellaban, sino que se derretían en chorros de vapor y agua hirviendo. Los Pieles de Lava se abalanzaron sobre la puerta principal, sus garras incandescentes arañaban el hielo reforzado con un sonido chirriante, mientras los Maestros del Fuego de Embercliff, brujos con túnicas de obsidiana, conjuraban torrentes de llamas que lamían las torres de vigía.
—¡Defenderemos el Paso! —ordenó Seraphina, su voz resonando con una autoridad que brotaba de una mezcla de rabia y un miedo helado. Había pasado toda su vida preparándose para liderar, pero nada la había preparado para la vista de su reino ardiendo.