Ella pasa una noche apasionada y fruto de esa noche queda embarazada su madre hace todo lo posible por separarlos
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Capitulo 3
Tres años habían pasado.
Tres años desde que Valeria Fuentes desapareció de la vida de Alejandro Mendoza como si nunca hubiera existido.
Y en esos tres años…
El corazón de Alejandro se había convertido en hielo.
Seguía siendo el heredero del imperio Mendoza. El hombre poderoso, elegante e intocable que aparecía en revistas de negocios y eventos de lujo.
Pero el hombre que una vez creyó en el amor… había muerto.
Ahora solo quedaba alguien frío.
Calculador.
Indiferente.
Y comprometido.
No por amor.
Sino por conveniencia.
En el elegante salón de la mansión Mendoza, una mujer de cabello oscuro y vestido impecable hablaba con tono preocupado.
—Debes insistir en que Alejandro siga su tratamiento —dijo Doña Úrsula mientras dejaba su taza de té sobre la mesa.
La mujer frente a ella suspiró.
Camila Andrade.
La prometida perfecta.
Hermosa. Elegante. De buena familia. Exactamente el tipo de mujer que la familia Mendoza necesitaba.
Pero ni siquiera ella podía llegar al corazón de Alejandro.
—Lo sé, suegra —respondió Camila con preocupación—. Pero Alejandro se niega. Dice que está bien… aunque yo sé que no es cierto.
Doña Úrsula frunció ligeramente el ceño.
—Ese muchacho siempre ha sido testarudo.
Camila bajó la mirada.
—Temo que su salud empeore.
La mujer mayor se levantó con elegancia.
—Voy a hablar con él.
Mientras tanto…
En otro lugar de la ciudad, muy lejos del lujo de los Mendoza…
Valeria sostenía a su pequeño hijo en brazos dentro de un hospital.
El niño estaba dormido, con la cabeza apoyada contra su pecho. Sus pequeñas manos se aferraban a la tela de su blusa.
Valeria lo abrazaba como si el mundo pudiera quitárselo en cualquier momento.
El doctor frente a ella revisaba unos documentos con expresión seria.
—Doctor… —preguntó Valeria con voz temblorosa—. ¿Qué es lo que tiene mi hijo?
El hombre levantó la mirada.
Suspiró.
—Su hijo tiene una patología extremadamente rara.
Las palabras cayeron como piedras.
Valeria sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Una… enfermedad?
—Sí.
El médico tomó otro documento.
—Es una condición genética muy poco común que afecta el sistema cardiovascular y neurológico. Requiere tratamiento constante para controlar su progreso.
Valeria apretó más fuerte al niño contra su pecho.
—¿Se puede curar?
El doctor dudó.
—No exactamente.
El corazón de Valeria se detuvo por un segundo.
—Pero existe un tratamiento que permite que los pacientes lleven una vida casi normal.
—¿Dónde?
El médico la miró con seriedad.
—Solo hay un hospital en todo el país que estudia y trata esta enfermedad.
Valeria sintió una pequeña esperanza encenderse.
—Entonces… iré allí.
Pero el doctor no parecía tan optimista.
—Antes debo explicarle algo importante.
Ella tragó saliva.
—¿Qué sucede si no recibe el tratamiento rápidamente?
El silencio duró unos segundos demasiado largos.
—No sería conveniente —respondió el doctor con cuidado—. Sin tratamiento, la enfermedad avanzará con rapidez.
Valeria sintió un frío recorrerle el cuerpo.
—¿Qué significa eso?
El médico bajó la voz.
—Que su hijo tendría una calidad de vida muy limitada… y probablemente no viviría más allá de los veinte años.
El mundo de Valeria se rompió.
—No… —susurró.
Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas.
—No puede ser…
Miró a su pequeño hijo dormido.
Su niño.
Su razón de vivir.
—Voy a trabajar duro para pagarlo —dijo con determinación, limpiándose las lágrimas—. Haré lo que sea necesario.
El médico la observó con compasión.
—No quiero desanimarla…
Pero el tratamiento es muy costoso.
Valeria levantó la mirada.
—¿Cuánto?
El hombre respiró hondo.
—Seis millones al año.
El silencio fue absoluto.
Era una cantidad imposible.
Para cualquiera.
Especialmente para una madre sola.
Pero Valeria apretó los labios.
—Lo lograré.
El médico le entregó unos papeles.
—Aun así voy a derivarla al hospital que lleva el programa de investigación. Tal vez puedan ayudarla.
Valeria tomó los documentos con manos temblorosas.
Sin saber…
Que ese hospital pertenecía a una familia muy poderosa.
Sin saber…
Que el director del programa médico era uno de los doctores más reconocidos del país.
Y sin saber…
Que la enfermedad de su hijo no era una coincidencia.
Era hereditaria.
El pequeño había heredado exactamente la misma patología que su padre.
Y el único médico que llevaba años estudiando esa enfermedad…
Era el doctor Mendoza.
El padre de Alejandro.
El destino acababa de comenzar a cerrar el círculo.
Había pasado una semana desde que Valeria volvió a la ciudad.
Una semana desde que regresó al lugar del que había huido tres años atrás.
A veces todavía le parecía irreal caminar por esas mismas calles. Como si los recuerdos estuvieran escondidos en cada esquina.
Esa tarde estaba sentada en un banco del pequeño parque frente al hospital.
Su hijo dormía en sus brazos.
Valeria acarició suavemente su cabello.
—Hace tres años que me fui… —susurró con nostalgia.
Miró el cielo gris de la ciudad.
Tantas cosas habían cambiado.
Pero el recuerdo de Alejandro Mendoza seguía intacto en su corazón.
Sacudió la cabeza.
No debía pensar en eso.
Ahora lo único importante era su hijo.
Mientras tanto…
En una elegante casa del centro de la ciudad, una discusión estaba a punto de explotar.
—Debes ir al hospital de tu padre —insistió Camila con frustración—. Es importante que sigas tu tratamiento.
Alejandro estaba de espaldas a ella, mirando por la ventana.
Su voz salió fría.
—No.
Camila frunció el ceño.
—¿Qué?
—No quiero y no voy a discutir esto contigo.
Camila dio un paso hacia él.
—¿Por qué no? ¡Soy tu prometida, Alejandro!
Aquello fue la chispa que encendió la ira que él llevaba dentro.
Alejandro se giró bruscamente.
Sus ojos estaban llenos de una rabia fría.
—Sí —dijo con dureza—. Pero solo porque mi madre insistió y me torturó durante meses para que aceptara ese compromiso.
Camila quedó paralizada.
—Así que déjame en paz.
Dio dos pasos hacia la puerta.
Pero de repente…
El mundo comenzó a girar.
Alejandro se llevó una mano al pecho.
Su visión se volvió borrosa.
—Alejandro… —murmuró Camila.
Él intentó decir algo.
Pero su cuerpo se desplomó.
—¡ALEJANDRO! —gritó ella aterrada.
Horas después…
En el hospital Mendoza.
El doctor Fernando Mendoza observaba los resultados médicos con expresión seria.
Frente a él, Alejandro estaba sentado en la cama del hospital, visiblemente molesto.
—Hijo mío… —dijo el doctor con paciencia—. Eres muy terco.
Alejandro resopló.
—Igual que tu madre —añadió el doctor con una pequeña sonrisa cansada.
Alejandro no respondió.
Mientras tanto…
En la recepción del hospital, Valeria entraba con su pequeño hijo de la mano.
El lugar era enorme. Elegante. Mucho más moderno que cualquier hospital en el que hubiera estado antes.
Se acercó con timidez al consultorio indicado.
Un hombre mayor la recibió.
—Hola doctor… —dijo Valeria con nerviosismo—. Espero que usted pueda ayudarme.
Le entregó los análisis.
El doctor los revisó con atención.
Pero algo llamó su atención inmediatamente.
Levantó la mirada lentamente.
Sus ojos se posaron en el pequeño.
Lo observó con una intensidad especial.
Algo en ese niño…
Le resultaba extrañamente familiar.
—Tu hijo tiene una condición muy rara —dijo finalmente.
Valeria asintió con preocupación.
—Lo sé…
El doctor apoyó los papeles sobre la mesa.
—En todo el país… solo existe otro caso diagnosticado.
Valeria parpadeó sorprendida.
—¿En serio?
El doctor la miró fijamente.
—Y curiosamente… ese caso es mi hijo.
Valeria abrió los ojos con asombro.
—¿De verdad?
Luego soltó una pequeña risa nerviosa.
—El mundo es muy pequeño.
El doctor Mendoza sostuvo su mirada unos segundos.
—Sí…
Demasiado pequeño.
Valeria apretó las manos con angustia.
—Doctor… sé que el tratamiento es muy caro, pero le juro que trabajaré duro. Haré lo que sea necesario para salvar a mi hijo.
Las lágrimas comenzaron a caer.
—Soy una madre sola… pero no voy a rendirme.
El doctor guardó silencio unos segundos.
Luego habló.
—No se preocupe.
Valeria levantó la mirada.
—Yo le daré el tratamiento gratis.
Ella se quedó sin aliento.
—¿Qué…?
—A cambio —continuó el doctor— de que me permita estudiar la patología de su hijo.
Valeria asintió de inmediato.
—¡Claro! ¡Por supuesto!
En ese momento…
El pequeño se soltó de su mano.
—¡Oye! —dijo Valeria.
Pero el niño ya había salido corriendo del consultorio.
—¡Espera!
En el pasillo del hospital…
Alejandro caminaba junto a Camila.
—Aún no te dieron el alta —decía ella con molestia—. No deberías estar caminando.
Alejandro ignoró el comentario.
Y entonces…
Un pequeño niño corrió por el pasillo.
Antes de que Alejandro pudiera reaccionar, el pequeño se abrazó a su pierna.
Alejandro bajó la mirada sorprendido.
—Papá —dijo el niño con naturalidad.
El silencio fue absoluto.
Camila abrió los ojos indignada.
Alejandro observó al pequeño con curiosidad.
Tenía unos ojos brillantes… y algo en su rostro que le resultaba inexplicablemente familiar.
Sonrió ligeramente.
—Hola, pequeño —dijo con calma—. ¿De dónde te escapaste?
Camila frunció el ceño con desprecio.
—Baja a ese niño. Seguro está sucio… o es de la calle.
Alejandro la miró con enojo.
—No digas esas cosas.
En ese momento…
Valeria apareció corriendo por el pasillo.
—¡Hijo!
Y entonces lo vio.
El mundo se detuvo.
Alejandro Mendoza estaba frente a ella.
Sosteniendo a su hijo.
Los recuerdos la golpearon como una ola.
Su corazón comenzó a latir con violencia.
Corrió hacia ellos y tomó al niño en sus brazos.
—Lo siento mucho —dijo nerviosa—. Perdón.
Camila cruzó los brazos con desdén.
—Deberías aprender a cuidar a tu hijo —dijo con frialdad—. No puede ir por ahí llamando “papá” a todo el mundo. Es una falta de respeto.
Valeria bajó la mirada.
—Lo siento mucho… lamento las molestias.
No se atrevió a mirar a Alejandro otra vez.
Si lo hacía… sabía que se rompería.
Se dio la vuelta.
Y comenzó a alejarse.
Sin ver…
Que Alejandro se había quedado completamente inmóvil.
Mirándola.
Con el corazón golpeando en su pecho como si hubiera despertado después de tres años.
Porque esa mujer…
Era Valeria.