Me desperté aturdida en un lugar desconocído y después de una serie de acontecimientos me di cuenta que habia reencarnado en una novela, pero mi personaje no existia
NovelToon tiene autorización de Karol para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Verdades robadas, sangre y orgullo
Saúl
El palacio siempre había olido a mentira.
Perfume caro.
Madera pulida.
Y sangre invisible.
Me movía entre las sombras como un fantasma, oculto entre columnas y cortinas, escuchando lo que nadie debía escuchar.
Los guardias reales eran incompetentes.
Privilegiados.
Mal entrenados.
Creían que el peligro venía de afuera.
Nunca de adentro.
Error fatal.
Esa noche confirmé lo que mi señor sospechaba.
Y más.
Mucho más.
—¿Cuánto se ha transferido esta vez? —preguntó la voz del rey.
Estaba en su despacho privado.
Oculto tras un panel falso, observé.
Un hombre arrodillado frente a él respondió:
—Tres cargamentos, su majestad. Vendidos sin problemas.
Vendidos.
Sentí asco.
—¿Y el dinero?
—Transferido a las cuentas privadas, como ordenó.
El rey sonrió.
—Perfecto.
Tráfico de personas.
Confirmado.
Niños.
Mujeres.
Probablemente prisioneros de guerra… o incluso su propia gente.
Mi mano fue al puñal.
Pero no era mi misión matarlo.
Era descubrir la verdad.
Y la verdad siguió llegando.
—¿Y el asunto con Eryndor? —preguntó el hombre.
El rey se tensó.
—Baja la voz, idiota.
Silencio.
Luego habló más bajo.
—Ya no importa. Ese reino pagará por lo que es mío.
Fruncí el ceño.
—Pero su majestad… si descubren que usted fue quien…
No escuché el final.
Pasos.
Alguien venía.
Me deslicé hacia las sombras y escapé por la ventana.
Pero era suficiente.
El rey había provocado la guerra.
Eso era un hecho.
Más tarde, observé al príncipe.
Y lo desprecié de inmediato.
Rodeado de mujeres.
Borracho.
Riendo como un imbécil.
—Soy el futuro rey —decía—. Todo esto es mío.
Un niño.
Un inútil.
Un heredero indigno.
Y la reina…
Era peor.
—Esto es inaceptable —decía a una sirvienta arrodillada—. ¿Cómo te atreves a mirarme a los ojos?
La abofeteó.
Por nada.
—Recuerda tu lugar, basura.
Una familia podrida.
Desde la raíz.
Esa noche, partí de regreso al campamento.
Mi señor debía saberlo todo.
Aurelian
Mateo confiaba en Amara.
En mí no.
Ese era el problema.
No me miraba como los demás niños miran a los adultos.
Me miraba como si fuera un enemigo.
Como si pudiera ver algo que nadie más veía.
Desconfianza.
Molestia.
Desafío.
Estaba sentado sobre una caja de madera, observándome en silencio mientras yo fingía revisar unos mapas.
Podía sentir sus ojos clavados en mí.
Finalmente, hablé.
—¿Siempre me miras así?
No respondió de inmediato.
Frunció el ceño.
—No me gustas.
Directo.
Sin miedo.
Sin respeto.
Solté una pequeña risa nasal.
—¿Y se puede saber por qué?
Me sostuvo la mirada.
Y lo dijo.
—Porque miras a mi mamá.
Silencio.
—La miras mucho.
Mi pecho se tensó.
—Y no me gusta.
Había enojo en su voz.
Posesivo.
Protector.
Familiar.
Demasiado familiar.
—No tienes que preocuparte —dije con calma.
—Sí tengo.
Se levantó.
Sus pequeños puños apretados.
—No dejaré que nadie me la quite otra vez.
Otra vez.
Esas palabras…
Confirmaban todo.
Me acerqué lentamente.
—Sabes defenderte.
—Sí.
—Pero puedes ser mejor.
Me miró con desconfianza.
—¿Por qué quieres ayudarme?
Buena pregunta.
No respondí.
En su lugar, tomé una espada de entrenamiento y se la lancé.
La atrapó por reflejo.
Bien.
Muy bien.
—Porque eres débil.
Sus ojos ardieron.
—¡No soy débil!
Atacó.
Torpe.
Pero rápido.
Bloqueé sin esfuerzo.
—Muy lento.
Atacó otra vez.
—Muy abierto.
Otra vez.
—Muy predecible.
Gruñó.
Frustrado.
Enojado.
Exactamente como yo a su edad.
—¡Cállate!
Atacó con todo.
Y entonces pasó.
Un mal movimiento.
Un mal ángulo.
Mi espada golpeó su mano.
Demasiado fuerte.
Demasiado real.
El sonido seco del impacto resonó.
Mateo dejó caer la espada.
Silencio.
Su respiración temblaba.
Miré su mano.
Sangre.
Una línea roja bajaba por sus dedos.
Mi corazón se detuvo.
—Tsk.
Solté mi espada y me arrodillé frente a él.
—Déjame ver.
Intentó apartarse.
Orgulloso.
Terco.
—Estoy bien.
—No lo estás.
Tomé su mano con firmeza.
Se tensó.
Esperando dolor.
No lo hubo.
Saqué un pañuelo.
Limpié la sangre.
Con cuidado.
Con calma.
Con algo que no sentía desde hacía años.
Preocupación.
—Los guerreros se lastiman —dije.
Él me miró.
Confundido.
—Pero se levantan.
Vendé su mano.
—Y siguen peleando.
Silencio.
—No lloraste.
Negó.
—No soy un bebé.
Sonreí levemente.
—No.
Lo miré a los ojos.
—No lo eres.
Sus ojos brillaron.
No con lágrimas.
Con algo más.
Respeto.
Pequeño.
Frágil.
Pero real.
—Gracias… —murmuró.
Mi pecho dolió.
Más que cualquier herida.
En ese momento—
—Mateo.
La voz de Amara.
Mateo se giró.
—¡Mamá!
Corrió hacia ella.
Ella entró en la tienda.
Y lo vio.
Vio la venda.
Vio la sangre.
Vio todo.
Silencio.
Nuestros ojos se encontraron.
No dijo nada.
No gritó.
No se enojó.
Solo caminó hacia él.
Se arrodilló.
Besó su cabeza.
Sonrió.
—Mi bebé es muy fuerte.
Mateo sonrió con orgullo.
—El duque me entrenó.
Sus ojos se movieron hacia mí.
Por un segundo…
Demasiado largo.
Demasiado profundo.
Como si pudiera ver dentro de mí.
Como si supiera lo que había hecho.
Pero solo dijo:
—Gracias por cuidarlo.
Asentí.
No confiaba en mi voz.
Salí de la tienda.
El pañuelo aún estaba en mi mano.
Empapado de sangre.
Su sangre.
Nuestra sangre.
Y por primera vez…
No supe si quería conocer la verdad.
Porque si era él…
Entonces no podría detener lo que estaba a punto de hacer.
Y el reino…
Ardería conmigo.
pensó que podría pero ya demostró Aurelian su potencial y que Amara no es una muñeca de decoración allá gobernará como igual a Aurelian no será una muñeca de adorno