Es verdad lo que dicen.No sabes lo que tienes asta que lo pierdes y así empieza esta historia
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Capítulo 6: Todo lo que empecé a elegir
Después de ese día, Leonardo dejó de ir tan seguido.
No fue una decisión que tomó de forma consciente.
No se sentó a pensar “voy a dejar de verla”.
Simplemente empezó a pasar.
Un día no fue.
Después otro.
Después empezó a espaciar las visitas con excusas que sonaban razonables en su cabeza.
Tareas.
Amigos.
Cansancio.
Cualquier cosa servía.
Y lo peor era que nadie lo obligaba.
Nadie le decía que tenía que ir.
Así que no iba.
Su mundo empezó a llenarse de otras cosas.
Salidas largas.
Risas que no significaban mucho.
Conversaciones que olvidaba al día siguiente.
Horas mirando el celular, pasando de una cosa a otra sin detenerse demasiado en ninguna.
Era fácil.
Ligero.
Sin peso.
Exactamente lo contrario de lo que sentía cuando estaba en la casa de Livia.
Allá todo era más lento.
Más incómodo.
Más… real.
Y Leonardo, sin decirlo en voz alta, empezó a preferir lo otro.
—¿Hace cuánto no vas a lo de tu abuela? —le preguntó su madre una noche, casi al pasar.
Leonardo estaba sentado, comiendo sin demasiada atención.
—No sé… hace unos días.
No era verdad.
Habían pasado más.
—Deberías ir —dijo ella—. Está sola.
Leonardo se encogió de hombros.
—Sí… voy a ir.
Pero no lo dijo con intención.
Lo dijo para cerrar la conversación.
Y funcionó.
Su madre no insistió.
Los días siguieron pasando.
Uno detrás de otro.
Sin que nada pareciera realmente importante.
Hasta que una tarde, casi por obligación más que por ganas, decidió ir.
No avisó.
No planeó nada.
Simplemente fue.
Cuando llegó, la casa estaba cerrada.
Golpeó.
Esperó.
Nada.
Iba a irse cuando escuchó pasos del otro lado.
Lentos.
Más lentos de lo que recordaba.
La puerta se abrió apenas.
—¿Leo?
La voz de Livia sonaba distinta.
Más débil.
Más… cansada.
—Sí.
Ella abrió un poco más.
Sonrió.
Como siempre.
Pero esa sonrisa ya no tenía la misma fuerza.
—Pasá.
La casa estaba más desordenada.
No de forma exagerada.
Pero lo suficiente como para que alguien que la conocía lo notara.
Un plato sin lavar.
Una silla corrida.
Cosas pequeñas.
Pero acumuladas.
Leonardo lo vio.
Y, por un segundo, pensó en decir algo.
En preguntar.
Pero no lo hizo.
—¿Todo bien? —preguntó, dejando la mochila.
—Sí… —respondió Livia—. Todo bien.
La misma respuesta de siempre.
La misma que ya no significaba nada.
Se sentaron en el patio.
Pero esta vez, Livia no se quedó mucho tiempo quieta.
Entraba y salía.
Como si no encontrara una posición cómoda.
Como si algo la inquietara.
—¿Querés algo? —preguntó varias veces.
—No, está bien.
—¿Seguro?
—Sí.
Leonardo la observó.
Había algo distinto en su forma de moverse.
Más lenta.
Más torpe.
Como si cada acción le costara un poco más.
—¿Estás bien vos? —preguntó él, casi sin pensar.
Livia dudó un segundo.
—Sí… estoy un poco cansada nada más.
Leonardo asintió.
Aceptó la respuesta.
Como siempre.
Sin profundizar.
Sin cuestionar.
Porque hacerlo implicaba quedarse más tiempo.
Pensar más.
Involucrarse más.
Y ya no estaba acostumbrado a eso.
—Deberías venir más seguido —dijo Livia de repente.
No fue un reproche.
Pero tampoco fue casual.
Leonardo suspiró, apenas.
—Estoy con muchas cosas.
Otra excusa.
Otra más.
Livia lo miró.
Esta vez, un poco más directo.
—Siempre hay cosas.
La frase quedó flotando en el aire.
Leonardo no respondió.
No quiso.
Porque sabía que, en el fondo, ella tenía razón.
Y aceptar eso… no era cómodo.
—Además… —agregó él— tampoco pasa nada si no vengo tanto.
Ahí estuvo el cambio.
La frase salió sin pensar.
Pero fue distinta.
Más fría.
Más distante.
Livia no respondió de inmediato.
Bajó la mirada.
Sus manos se quedaron quietas sobre su regazo.
—Claro… —dijo al final.
Pero su voz no sonó igual.
El resto de la visita fue corta.
Más de lo habitual.
Leonardo se levantó antes de que cayera el sol.
—Me voy —dijo.
—Sí… —respondió Livia—. Está bien.
No lo acompañó hasta la puerta esta vez.
Eso no pasó desapercibido.
Pero él no dijo nada.
Antes de salir, miró hacia atrás.
Livia estaba sentada, en la misma silla.
Mirando hacia el patio.
Pero no parecía estar mirando nada en particular.
Solo… estaba ahí.
Y por un segundo, Leonardo sintió algo.
Una incomodidad más fuerte que otras veces.
Algo que le decía que había algo mal.
De verdad.
Pero duró poco.
Afuera, el aire se sintió más liviano.
Como siempre.
Sacó el celular.
Se distrajo.
Caminó sin mirar atrás.
Como si eso bastara para dejar todo lo demás atrás también.
Esa noche, mientras estaba con sus amigos, riéndose de cosas que al día siguiente no recordaría, la imagen de su abuela apareció por un segundo en su mente.
Sentada.
Quieta.
En silencio.
La apartó rápido.
Como si no correspondiera a ese momento.
Como si no encajara.
Y, en cierto modo, no encajaba.
Porque su vida ya estaba yendo en otra dirección.
Una en la que Livia cada vez tenía menos lugar.
Mucho tiempo después, Leonardo entendería que no fue una decisión grande la que los separó.
No hubo una pelea.
No hubo una ruptura clara.
Hubo algo peor.
Pequeñas elecciones.
Días en los que decidió no ir.
Momentos en los que decidió no ver.
Frases que marcaron distancia sin que pareciera importante.
Como esa.
“tampoco pasa nada si no vengo tanto.”
Y lo más duro de todo…
Era que, en ese momento, realmente lo creyó.