Forzada a un matrimonio por conveniencia, Keyla encuentra en un amor prohibido y con el, la fuerza para romper las cadenas de una vida de mentira.
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Decisión difícil.
Keyla no logró conciliar el sueño en toda la noche. Permaneció recostada sobre la enorme cama de su habitación, con la mirada fija en el techo, escuchando el sonido lejano de la lluvia golpeando los ventanales de la mansión. Cada segundo parecía eterno. Su mente no dejaba de girar en círculos, atrapada entre el miedo, la culpa y un amor que ahora debía sepultar para siempre.
Instintivamente llevó una mano a su vientre aún plano. Allí, creciendo en silencio, estaba su bebé. El único ser completamente inocente en medio de aquel juego cruel de poder, mentiras y amenazas. Una lágrima resbaló por su mejilla.
—Perdóname… —susurró—. Te prometo que voy a protegerte, ahora eres mi prioridad.
Ulises apareció en su mente con una claridad dolorosa. Su voz, su forma de mirarla, la manera en que la hacía sentir libre aunque fuera por instantes robados. Amarlo había sido su mayor error… y también su único refugio. Pero ahora ese amor se había convertido en un peligro.
No podía permitir que Andrés cumpliera sus amenazas. Sabía que él no hablaba en vano. Tenía el dinero y el poder para hacerlo. Era capaz de destruir a Ulises, a su familia y a la suya propia sin el menor remordimiento. Y ahora tenía un arma más poderosa que nunca: su hijo.
Cuando el amanecer comenzó a colarse tímidamente por las cortinas, Keyla ya había tomado una decisión. Dura. Definitiva. Dolorosa.
Se levantó, se duchó con agua tibia y dejó que el vapor ocultara sus sollozos. Luego se arregló con esmero: un vestido elegante pero sobrio, maquillaje impecable, el cabello perfectamente recogido. No podía permitirse mostrar debilidad. No hoy.
Durante el desayuno, Andrés la observaba con atención, como un depredador silencioso.
—Te ves especialmente arreglada —comentó con una sonrisa ladeada—. ¿A dónde vas?
Keyla respiró hondo antes de responder.
—Quiero que me lleves a la empresa —dijo con voz firme—. Quiero trabajar contigo… en el área de diseño gráfico. Es mi carrera, mi especialidad. Quiero ser útil.
Andrés arqueó una ceja, sorprendido.
—¿Trabajar? ¿Ahora?
—Sí —continuó ella—. Creo que es lo mejor. Mantenerme ocupada, enfocarme en algo productivo. Además… —hizo una pausa calculada— así pondré fin a cualquier malentendido con Ulises.
Darío, que se encontraba en la mesa, levantó la mirada de inmediato. Sus ojos se clavaron en Keyla, confundidos. Él sabía que nada de eso era tan simple.
Andrés guardó silencio unos segundos, evaluando la situación. Finalmente sonrió. Una sonrisa peligrosa.
—Me parece una excelente idea, querida —respondió—. Después de todo, ahora eres una Montenegro. Y una futura madre. Es momento de comportarse como tal.
Keyla bajó la mirada. Había ganado la primera batalla, pero el precio sería alto.
Horas después, el auto de lujo se detuvo frente a la imponente empresa Montenegro. Apenas descendieron, los empleados comenzaron a murmurar. La pareja perfecta. Eso era lo que todos veían.
Ulises se encontraba en el lobby revisando unos documentos cuando los vio entrar. Andrés y Keyla caminaban tomados de la mano, sonriendo, irradiando una felicidad que parecía ensayada. El corazón de Ulises dio un vuelco.
—No… —murmuró.
Joel, que estaba a su lado, también quedó paralizado.
—¿Qué demonios está pasando? —susurró.
Ulises dio un paso al frente, dispuesto a acercarse, cuando Keyla giró la cabeza y sus miradas se cruzaron por un segundo eterno. En los ojos de ella hubo algo… dolor, súplica, despedida. Pero Ulises no logró descifrarlo.
Entonces ocurrió.
Keyla se detuvo, tomó el rostro de Andrés entre sus manos y lo besó. Un beso largo, intenso, apasionado. No hubo duda ni vacilación. Fue un golpe directo al corazón de Ulises.
El mundo se le vino abajo.
Sin decir una sola palabra, Ulises dio media vuelta y salió de la empresa con el rostro desencajado. Joel corrió tras él.
—¡Ulises, espera! ¡Esto no tiene sentido!
—¡No me hables, Joel! —gritó—. ¡Todo fue una maldita mentira!
Desde la recepción, Andrés observaba la escena con satisfacción. Había entendido el plan de Keyla… y le divertía. Más tarde se cobraría el atrevimiento.
Keyla, en cambio, sentía que se desmoronaba por dentro. Pero se obligó a mantenerse firme.
Horas después, ya instalada en su nueva oficina como gerente del área de diseño gráfico, trataba de concentrarse cuando la puerta se abrió bruscamente.
Ulises entró sin permiso.
—¡Explícame qué fue eso! —exigió, con los ojos enrojecidos—. ¡Mírame a la cara y dime la verdad!
Keyla se puso de pie lentamente. Cada fibra de su ser gritaba por correr hacia él, abrazarlo, decirle todo. Pero no podía.
No ahora. No nunca.
—No hay nada que explicar —respondió con una frialdad que ni ella misma reconoció—. Me di cuenta de que amo a mi esposo.
Ulises negó con la cabeza, incrédulo.
—Eso es mentira… —susurró—. Lo sé. Lo siento.
—No —continuó Keyla—. Estaba confundida. Contigo fue solo un error. Una inmadurez. Anoche… —tragó saliva— pasé una noche increíble rodeada de los brazos de Andrés, mi esposo, enfatizó. Y en ese momento entendí que estaba arriesgándolo todo por algo o más bien por alguien que no valía la pena.
Cada palabra era una puñalada que ella misma se clavaba en el pecho.
Ulises retrocedió un paso, como si hubiera recibido un golpe físico.
—¿Eso soy para ti? ¿Algo que no vale la pena?
—Sí —respondió ella, con la voz firme pero los ojos brillantes—. Así que te pido que no vuelvas a buscarme.
Ulises la miró por última vez. En su mirada había amor, dolor y una despedida silenciosa.
—Ojalá nunca te arrepientas —dijo finalmente, antes de salir corriendo de la oficina.
Apenas la puerta se cerró, Keyla cayó de rodillas al suelo. El llanto que había contenido durante horas estalló sin control. Se cubrió el rostro, temblando.
—Perdóname… —repetía una y otra vez—. Perdóname, amor.
Había ganado la guerra… pero había perdido al hombre que amaba. Y ese dolor, sabía, la acompañaría por el resto de su vida.