Sebastián Vélez vive convencido de que su matrimonio con Luciana Salazar es un plano perfecto que no necesita reformas, aferrándose a una vida de lujos, libertad y la compañía de sus dos gatas. Sin embargo, tras dos años de matrimonio, Luciana está lista para ampliar la familia y le entrega un ultimátum que amenaza con demoler su mundo ideal.
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Trampa de seda
...CAPÍTULO 10...
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...SEBASTIÁN VÉLEZ ...
Entré en la oficina de Gabriel como un toro entrando a una plaza, lanzando la carpeta de los permisos sobre su escritorio con un estruendo que hizo que su café saltara. No me importó que estuviera revisando nóminas o planeando el próximo gran proyecto; esto era una emergencia de salud mental. Gabriel ni siquiera se inmutó; estaba sentado muy tranquilo, revisando unos planos, como si no hubiera enviado a su mejor arquitecto a una misión suicida con una Barbie de tamaño real.
—¡Me vas a explicar ya mismo qué carajos tienes en la cabeza, Gabriel! —exclamé, señalando con el pulgar hacia afuera, donde la "Niña Vanesa" seguramente estaba retocándose el brillo labial por quincuagésima vez—. ¡¡¿Por qué carajos me pusiste a esa Polly Pocket con delirios de diva como pasante?! Esa niña es peor que la loca de tu ex, Adelina, y mira que eso es mucho decir. ¡Es insoportable!
Gabriel levantó la vista, y antes de que pudiera decir una palabra, soltó una carcajada que se escuchó hasta en la recepción. El muy imbécil estaba disfrutando cada segundo de mi miseria.
—¡No te rías, que es en serio! —continué, braceando como un náufrago—. Es insoportable. En el auto me la pasé dándole lecciones de profesionalismo y la mocosa me la devolvió toda en la alcaldía. ¡Parecía la dueña de la ciudad! ¡Hasta el señor que trapea los pisos le mandó saludos a la mamá! ¿Quién es esa loca? ¿La hija perdida de la realeza o qué?
Gabriel se echó hacia atrás en su silla, limpiándose una lágrima de la risa. Verlo así de complacido me confirmó que todo esto era un plan fríamente calculado para hartarme la paciencia.
—Cálmate, Sebas, que te va a dar un patatús y Luciana me va a echar la culpa a mí —dijo, tratando de recuperar el aliento—. Los puse juntos porque, aunque te duela el ego, tienen mucho en común. Los dos son intensos, los dos tienen una energía insoportable los lunes y los dos necesitan que alguien los ponga en su sitio. Consideralo un espejo, mi querido "arqui".
—¿Un espejo? ¡Yo no uso brillo labial de fresa ni tengo un séquito de funcionarios públicos a mis pies! —protesté, indignado—. Ahora dime la verdad. ¿De dónde sacaste a esta princesa de Disney?
—Bueno, en cuanto a lo otro... —Gabriel bajó un poco el tono, aunque la sonrisa burlona no se le borraba—. La contraté haciéndole un favor a una muy buena amiga de la familia. La Senadora Amanda Jiménez es la madre de Vanesa.
Me quedé mudo. El aire se me escapó de los pulmones como si me hubieran dado un puñetazo.
— ¡¿Me pusiste de niñero de la hija de una de las mujeres más poderosas del país?! —pregunté con voz de pito—.Gabriel, si esa niña se parte una uña en una obra o si le hablo demasiado fuerte, ¡me van a meter una “señora demanda” que ni el abogado más capaz me salva!
—Exactamente —respondió Gabriel, volviendo a su trabajo con una calma exasperante—. Amanda quería que su hija aprendiera "el valor del trabajo duro" en un estudio de prestigio. Y como tú eres el que más se queja del trabajo duro, pensé que harían una pareja pedagógica excelente. Ahora, sal de aquí, ve a pedirle un café a tu pasante y reza para que no le diga a su mamá que la trataste mal, o nos van a clausurar hasta el baño.
Salí de la oficina de Gabriel sintiendo que el mundo me daba vueltas. Miré hacia el escritorio de Vanesa. Ahí estaba ella, retocándose el peinado frente a su espejito LED, ajena a mi crisis existencial.
"Hija de la Senadora Jiménez", repetí en mi mente. Ahora entendía por qué no le gustaba trabajar; la niña nació en cuna de oro y yo la había tratado como a una recluta en el ejército.
—Sebastián... —me llamó Luciana desde su puesto, con una sonrisa pícara porque obviamente había escuchado los gritos—. ¿Todo bien con el "liderazgo"?
—Ni te imaginas, Lu —mascullé, sentándome en mi silla—. Solo dime una cosa... ¿crees que si la trato muy bien de ahora en adelante, la Senadora nos perdone los impuestos del próximo año?
Luciana soltó una carcajada y volvió a sus planos. Definitivamente, este era el peor lunes de mi vida.
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Han pasado dos semanas desde que la "Hija de la Patria" aterrizó en la oficina y, honestamente, me siento como si hubiera corrido una maratón cargando un bulto de cemento... un bulto de cemento con olor a Chanel No. 5.
Estoy agotado. A la princesita de Vanesa hay que llevarla prácticamente en carrito. En estas dos semanas su mayor aporte a la arquitectura de esta empresa ha sido elegir la paleta de colores de su protector de pantalla y organizar sus resaltadores por orden cromático. No ha movido un dedo, pero eso sí, me ha pedido que le explique cómo funciona el escalímetro cuatro veces porque "ay, arqui, es que los números son tan chiquitos".
Lo más raro no fue su falta de ganas de trabajar, sino que tres días después del desastre de la alcaldía, se me acercó con una mirada de perrito regañado y me pidió disculpas por su actitud. Desde ahí, el ambiente se volvió... extraño. Incómodo.
Hoy el destino decidió jugarme una broma pesada. Luciana, Fernando y Felipe se fueron a la Gobernación a pelearse por unos linderos, y Gabriel, como siempre, se escapó a almorzar con su mujer para mantener viva la llama (o para huir de nosotros). Total: quedamos Vanesa y yo solos en el área de descanso de la oficina.
Pedimos comida a domicilio. Yo estaba devorando mi almuerzo como un albañil, revisando unos planos en la tablet, cuando sentí que ella no estaba comiendo. Me miraba.
—¿Pasa algo, Vane? ¿La ensalada no tiene el estándar de la princesita? —pregunté sin levantar la vista, tratando de mantener mi tono de "mentor rudo".
—No es eso, Sebas... —su voz sonó diferente, más suave, sin ese tonito de niña caprichosa.
Levanté la mirada. Vanesa se había quitado la chaqueta y se estaba recogiendo el cabello negro detrás de la oreja, mirándome con una intensidad que me hizo atragantar con un pedazo de carne. Se inclinó sobre la mesa, invadiendo mi espacio personal de una forma que no tenía nada que ver con el respeto.
—Es que... me gusta cómo te pones de serio cuando trabajas —soltó, mirándome directo a los ojos—. Al principio pensé que eras un payaso, pero tienes una energía... muy masculina. Muy dominante. Me gusta que me pongas límites.
Me quedé congelado con el tenedor a mitad de camino. ¿Dominante? ¿Energía masculina? ¿Qué carajos le está pasando?
—Vanesa, creo que el sol de la salida de campo te terminó de afectar las ideas —dije, tratando de reírme para romper la tensión, pero ella no se rió—. Soy tu mentor y soy un hombre casado. Muy casado. Felizmente casado.
Ella soltó una risita juguetona y estiró la mano por encima de la mesa, rozando apenas la manga de mi camisa con la punta de sus uñas perfectamente pintadas.
—Estar casado no le quita lo guapo, arqui —susurró, humedeciéndose los labios con ese brillo de fresa—. Además, Gabriel dijo que teníamos mucho en común. Tal vez se refería a que a los dos nos gusta... lo prohibido.
Tragué saliva. En mi mente solo aparecía la cara de Luciana y la imagen de mi propia tumba cavada por Gabriel. Esta niña no era una Polly Pocket, era una sirena con delirios de grandeza y me estaba tendiendo una trampa de seda en plena hora de almuerzo.
—Vanesa, vuelve a tu silla —le dije, recuperando la voz pero sintiendo que el sudor frío me bajaba por la nuca—. O te juro que le pido a Gabriel que te mande a hacer la pasantía a una cantera de piedra donde no haya espejos en diez kilómetros a la redonda.
Vanesa me sostenía la mirada con una confianza que me estaba dando taquicardia, cuando de repente, el timbre de la oficina sonó como una campana de salvación.
Me puse de pie tan rápido que casi tumbo el jugo.
—¡Yo abro! —exclamé, huyendo de esa mesa como si hubiera una bomba debajo.
Era un mensajero. Pero no traía planos, ni rollos de papel, ni comida. Traía un ramo de rosas rojas de esas que cuestan lo que yo gano en una semana, envueltas en un papel aterciopelado, y una caja de chocolates importados que gritaba "exclusividad".
Vanesa apareció detrás de mí, caminando con ese contoneo de modelo que ahora sabía que era pura provocación.
—¿Para mí? —preguntó ella con una sonrisa fingida de sorpresa, aunque se notaba que estaba acostumbrada a recibir tributos—. Gracias, qué lindo.
Despachó al repartidor con una propina que probablemente era más de lo que el tipo ganaba en el día y regresó a su escritorio para dejar las flores. Pero, como si lo hubiera ensayado mil veces, se llevó la tarjeta y la caja de chocolates de vuelta a la mesa de almuerzo, sentándose justo frente a mí para continuar con su "festín".
Abrió la tarjeta con una lentitud exasperante, asegurándose de que yo viera cada uno de sus movimientos.
—Mira, arqui... qué detalle tan “cute” —dijo, deslizando la tarjeta sobre la mesa para que yo la leyera.
La nota, escrita con una caligrafía elegante, decía:
"Un detalle de tu admirador secreto, espero que te guste. —F"
"¿F?", repetí en mi mente, frunciendo el ceño mientras sentía un escalofrío de pura confusión. ¿Quién carajos es F? ¿Fernando? No, no creo queFernando sea del tipo que dé detalles así. ¿Felipe? Ese pobre niño no tiene ni para el bus, menos para esas rosas.
Sacudí la cabeza, tratando de procesar la situación. Aunque honestamente, ¿qué me importa a mí quién sea "F" o lo que tenga que ver con esa muchachita?, pensé con irritación. La verdad es que Vanessa ya me está empezando a dar algo de miedo. Esa mirada de cazadora y la forma en que se me encimó hace un momento no son normales. Esto ya no es el capricho de una niña rica, esto es algo mucho más oscuro.
Vanesa soltó una risita suave y mordió uno de los chocolates, mirándome de esa forma que me ponía los pelos de punta.
—Ay, arqui, no seas celoso. El mundo está lleno de hombres que saben lo que quieren y no tienen miedo de ir por ello —me lanzó una mirada cargada de intención—. A diferencia de otros, que se esconden detrás de un anillo y de su "profesionalismo".
—Vanesa, corta el rollo ya —le dije, poniéndome serio y cruzándome de brazos—. Respétame. Te recuerdo que soy tu mentor, básicamente tu jefe en este momento, y estamos en horario laboral. Así que deja de decir sandeces y compórtate.
Mi tono fue repeloso, seco, de esos que uso cuando un contratista intenta cobrarme de más por un bulto de cal. Quería marcar una línea entre nosotros, una que su brillo labial no pudiera traspasar.
Vanesa, en lugar de intimidarse o pedir disculpas, soltó una carcajada cristalina que me puso los pelos de punta. Terminó de comerse el chocolate con una parsimonia irritante, cerró la caja y se puso de pie con una elegancia que me pareció depredadora.
—Ay, arqui... qué aburrido te pones cuando intentas ser el jefe —dijo, guiñándome un ojo mientras agarraba el resto de los chocolates—. Te dije que esto no se iba a quedar así. Disfruta tu almuerzo, "jefe".
Se dio la vuelta y caminó hacia su escritorio justo cuando escuché las risas de Luciana y los demás acercándose por el pasillo. Sentí que el alma me volvía al cuerpo, pero al mismo tiempo, una gota de sudor frío me bajó por la espalda.
Vanesa en su escritorio se acomodó la ropa, volvió a su modo de "niña rica e inocente" y empezó a oler sus rosas como si nada hubiera pasado. Yo me quedé ahí, sentado frente a mis restos de almuerzo, preguntándome en qué momento mi vida pasó de ser una novela romántica con Luciana a un thriller de suspenso con la hija de una Senadora.
Y sobre todo... ¿Por qué sentía que esto solo era el principio del fin de mi paz mental?