TEMPORADA 2 DE LA NOVELA "LA VIDA CON HOMBRES BESTIAS ES MUY CANDENTE".
NovelToon tiene autorización de Ruczca para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 15
Aethon terminó el último párrafo del cuento y cerró el libro con cuidado para no hacer ruido.
Levanté un poco la mirada hacia él.
—Tu voz tiene un efecto mágico —murmuré en voz baja.
Aethon miró a los pequeños dormidos cerca del sillón.
—Parece que sí.
Luego se inclinó ligeramente para acomodar mejor a la pequeña hembra, cubriéndola con una parte de la manta.
La luz de la luna iluminaba suavemente la habitación, creando sombras suaves sobre las paredes.
En ese momento sentía que todo estaba exactamente donde debía estar.
Los pequeños durmiendo.
El silencio de la noche.
El calor que nos daba.
Cerré los ojos por un momento, escuchando la calma que nos rodeaba.
En esos instantes sentía que todo estaba bien.
Que no necesitaba nada más.
Porque mientras estuviéramos allí…
Juntos…
Ese pequeño rincón del mundo era suficiente.
.
.
.
Pasábamos horas dentro de la enorme biblioteca del palacio.
Era un lugar antiguo, silencioso, lleno de estanterías interminables que se elevaban casi hasta el techo. Algunas estaban cubiertas de libros tan viejos que el cuero de sus cubiertas se había oscurecido con el paso de los siglos.
El aroma del papel antiguo y la madera envejecida llenaba el aire.
A veces la luz del sol entraba por las grandes ventanas arqueadas, iluminando partículas de polvo que flotaban lentamente en el ambiente, como si el tiempo mismo se moviera con calma dentro de ese lugar.
Aethon y yo pasábamos largas horas allí.
Buscábamos entre pergaminos, manuscritos y textos olvidados.
Algunos hablaban de antiguas guerras entre imperios.
Otros contenían leyendas sobre criaturas mágicas, espíritus del bosque o rituales olvidados.
Intentábamos encontrar pistas.
Respuestas.
Algo que nos ayudara a comprender mejor los misterios que aún rodeaban mi vida.
A veces nos sentábamos frente a una gran mesa cubierta de libros abiertos.
Otras veces caminábamos entre los pasillos de estanterías, leyendo títulos que casi se habían borrado con los años.
—Este es interesante —decía Aethon de vez en cuando, sacando un libro grueso de algún estante.
Yo me inclinaba sobre su hombro para leer junto a él.
Pero muchas veces, después de horas de búsqueda, no encontrábamos nada realmente útil.
Sin embargo… nunca se sentía como tiempo perdido.
Porque estábamos juntos.
A veces nuestras manos se rozaban al intentar tomar el mismo libro y nos sonrojabamos.
Otras veces simplemente compartíamos el silencio, sentados uno junto al otro mientras leíamos.
Y ese silencio nunca era incómodo.
Era tranquilo.
Cálido.
Así pasaron los días.
Muchos días.
Días tranquilos.
Días suaves.
Días llenos de pequeñas cosas que hacían que mi corazón se sintiera ligero.
Poco a poco me acostumbré a esa vida.
A esa paz.
A ese amor silencioso que parecía llenar cada rincón del palacio.
Con el paso de los meses, mi pasado con Rowan Ashford comenzó a desvanecerse lentamente.
Al principio todavía pensaba en él.
A veces recordaba su rostro.
O algunos momentos que habíamos compartido.
Pero cada vez sucedía con menos frecuencia.
Hasta que un día me di cuenta de algo.
Ya no lo recordaba todos los días.
Ese pensamiento me sorprendió más de lo que esperaba.
Una parte de mí todavía lo extrañaba.
Eso era inevitable.
Había sido alguien importante en mi vida.
Habíamos compartido muchas cosas.
Pero también comencé a comprender algo que durante mucho tiempo me había negado a aceptar.
Nuestra relación no era sana.
Era dolorosa.
A pesar de que hubo momentos lindos también estaba llena de conflictos, inseguridades y heridas que parecían abrirse una y otra vez sin llegar a sanar.
Era… tóxica.
Y con el tiempo, esos sentimientos quedaron enterrados en lo profundo de mi corazón.
No desaparecieron por completo.
Pero dejaron de controlar mi vida.
Dejaron de definir quién era.
.
.
.
-- CUATRO AÑOS DESPUÉS --
Han pasado cuatro años...
Cuatro años desde que comenzamos esta nueva vida.
Ahora los niños corren con más naturalidad por todas partes.
Por los pasillos del palacio.
Por los jardines.
Por las calles cercanas cuando salimos a pasear.
Son muy traviesos, ruidosos y llenos de energía.
A veces parecen pequeños huracanes imposibles de detener.
Sus risas llenan el palacio desde la mañana hasta la noche.
Durante todo ese tiempo, mis sentimientos por Aethon crecieron lentamente.
Al principio eran confusos.
No sabía exactamente qué sentía.
Luego comenzaron a volverse inevitables.
Cada pequeño gesto suyo, cada momento compartido… hacía que mi corazón se acercara más a él.
Hasta que finalmente dejé de luchar contra lo que sentía.
Lo acepté.
Me permití sentirlo.
Me di una nueva oportunidad.
Y no me arrepiento.
De hecho… creo que ha sido la mejor decisión que he tomado en toda mi vida.
No pasa un solo día en que Aethon no me demuestre cuánto me ama.
A veces lo hace con palabras.
Otras veces con gestos.
O con pequeños detalles que tal vez nadie más notaría.
Los niños saben que él no es su padre biológico.
Nunca intentamos ocultarlo.
Pero aun así… lo ven como su verdadero padre.
Porque Aethon nunca los trató como algo ajeno.
Los cuidó cuando estaban enfermos.
Los protegió cuando tenían miedo.
Los abrazó cuando lloraban.
Los regañó con paciencia cuando hacían travesuras.
Los amó… como si fueran su propia sangre.
Mis hijos lo quieren muchísimo.
A veces creo que incluso más que a mí.
Pero en lugar de sentir celos…
Eso solo hace que mi corazón se llene de una felicidad profunda.
Porque significa que, después de todo lo que viví…
Después de todo el dolor del pasado…
Finalmente encontré algo que durante mucho tiempo parecía imposible.
Un lugar donde sentirme segura.
Un lugar donde ser felices.
Un lugar al que realmente podemos llamar hogar.
.
.
.
Aún recuerdo cuando le confesé lo que sentía.
Fue algo… bastante cómico aquella noche.
Había tomado más de la cuenta durante la cena. El vino era dulce y traicionero, y Aethon se dio cuenta rápidamente. Con una pequeña sonrisa paciente, me quitó la copa de las manos antes de que pudiera seguir bebiendo.
—Creo que ya es suficiente por hoy —dijo con suavidad.
Pero yo sentía calor. Mucho calor.
Así que, sin escuchar protestas, salí tambaleándome hacia el balcón más alto del castillo.
El viento de la noche golpeó mi rostro en cuanto abrí las puertas. El cielo estaba lleno de estrellas y la luna iluminaba los jardines del palacio.
Escuché los pasos de Aethon detrás de mí.
Claro que me había seguido.
Probablemente temía que fuera a tropezar o caer por la barandilla.
Siempre estaba protegiéndome.
Siempre atento.