El amor más profundo a menudo nace de la ceniza de la traición más amarga.
Para evitar su ejecución como la villana de la historia, Anya deberá abandonar al príncipe que la odia y forjar un pacto con el verdadero antagonista, reescribiendo su trágico final con magia y pasión.
¿Podrá cambiar su destino?
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Capítulo 10
Palacio Real de Cromwell nunca se había sentido tan asfixiante. El aire estaba saturado con el aroma de miles de lirios blancos —los favoritos de Mía Roster— y el zumbido de los susurros de la aristocracia, que revoloteaban como moscas sobre un cadáver. Para la corte, este banquete no era una celebración de paz; era el funeral público de la dignidad de Anya O’Higgins.
Anya se detuvo frente a las enormes puertas doradas. Sentía el peso de la tela de su vestido, una seda de color violeta tan oscuro que parecía negro bajo las sombras, con incrustaciones de amatistas que recordaban a gotas de sangre seca. No era el color de una mujer despechada, ni el blanco de una arrepentida. Era el color de la soberanía.
—Recuerda, Anya —se susurró a sí misma, ajustando sus guantes de encaje—. Tú ya leíste el final de este libro. Ellos solo están siguiendo un guion que tú ya has decidido romper.
Las puertas se abrieron. El silencio que siguió a su entrada fue tan absoluto que se podía escuchar el chisporroteo de las antorchas. Anya caminó con una parsimonia letal. No buscó la mirada de nadie, no sonrió, ni mostró la más mínima señal de nerviosismo. Sus ojos rojos, brillantes y desafiantes, recorrían el salón como los de un depredador evaluando un territorio que ya no le interesaba conquistar, sino observar.
En el estrado real, el Príncipe Erick Cromwell mantenía una mano posesiva sobre la cintura de Mía Roster. Mía lucía un vestido de gasa blanca y dorada, la viva imagen de la pureza que el reino tanto adoraba. Al ver a Anya, Mía se encogió ligeramente, ocultando su rostro en el hombro de Erick, un gesto calculado para despertar el instinto protector del príncipe.
Erick, por su parte, endureció la mandíbula. Esperaba que Anya apareciera desaliñada, o quizás con un vestido rojo escandaloso lista para armar una escena de celos que justificara su decisión de abandonarla. La calma de Anya lo irritaba de una manera que no podía explicar.
—Lady Anya —dijo Erick cuando ella llegó a la base del estrado. Su voz resonó con una autoridad forzada—. Me alegra ver que has decidido unirte a nosotros. Temía que tu salud te impidiera asistir a este anuncio tan importante.
Anya realizó una reverencia perfecta, ni un milímetro más profunda de lo que el protocolo exigía.
—Su Alteza es demasiado amable al preocuparse —respondió ella. Su voz era como el cristal rozando el mármol: clara, fría y cortante—. Pero mi salud nunca ha estado mejor. De hecho, me siento... notablemente ligera estos días.
Mía se asomó desde el hombro de Erick, sus ojos grandes y llorosos fijos en Anya.
—Hermana Anya... yo... espero que no me odies —sollozó Mía con una voz que apenas era un susurro, pero que todos en el salón escucharon—. El amor no es algo que podamos controlar. El corazón de Erick simplemente me eligió y...
Anya la interrumpió con una risa suave, casi musical, que dejó a Mía con la palabra en la boca. Fue una risa carente de amargura, lo cual fue mucho más aterrador para los presentes.
—Oh, querida Mía. No te agobies con tales pensamientos —dijo Anya, mirándola directamente—. El amor es, efectivamente, una fuerza caprichosa. Pero la política y los contratos son asuntos de la mente. He venido a celebrar que el Príncipe ha encontrado lo que buscaba. Al fin y al cabo, cada uno recibe exactamente lo que merece.
Erick frunció el ceño, detectando el veneno oculto tras la cortesía. Antes de que pudiera replicar, un movimiento al final del salón atrajo todas las miradas.
El Duque Liam Gallagher acababa de entrar.
Si Anya era la personificación de una tormenta invernal, Liam era la noche misma. Vestía un traje de seda de medianoche que acentuaba su figura imponente. Su presencia era tan magnética que incluso los guardias reales parecieron tensarse. Liam no se dirigió al príncipe. No se dirigió a la futura princesa. Caminó directamente hacia Anya.
La corte contuvo el aliento. En la novela original, estos dos nunca habían interactuado más que para intercambiar insultos o miradas de odio. Eran los dos villanos, los dos polos negativos que debían ser repelidos por la luz de los protagonistas.
—Duque Gallagher —saludó Anya, girándose hacia él.
Liam tomó la mano de Anya. En lugar de un beso cortés en el aire, sus labios rozaron la piel de sus nudillos con una presión deliberada. Sus ojos grises se clavaron en los rojos de ella, ignorando por completo la existencia de Erick y Mía a pocos metros.
—Lady Anya —dijo Liam. Su voz barítono pareció vibrar en los huesos de los invitados—. El Bosque Prohibido se siente extrañamente vacío desde vuestra partida de esta mañana. He tenido que venir hasta este salón tan... ruidoso, para recuperar el interés en la velada.
Un murmullo de asombro recorrió el lugar. ¿Anya y Liam Gallagher en el Bosque Prohibido? ¿A solas? La implicación era un escándalo que haría palidecer la ruptura del compromiso real.
Erick dio un paso al frente, su rostro enrojeciendo de ira.
—Duque Gallagher, no sabía que teníais asuntos pendientes con mi ex prometida.
Liam se giró lentamente, como si acabara de notar la presencia del príncipe. Su expresión era de una indiferencia absoluta.
—Alteza —dijo Liam con una inclinación de cabeza casi imperceptible—. Los asuntos de importancia suelen pasar desapercibidos para aquellos que están demasiado ocupados con... nimiedades. Lady Anya y yo hemos descubierto que compartimos una visión muy similar sobre el futuro de este reino.
Anya sintió una oleada de satisfacción. Liam estaba jugando su juego. No era un romance lo que se estaba forjando allí; era una declaración de guerra estratégica.
—¿Una visión similar? —preguntó Erick, bajando del estrado, dejando a Mía sola y confundida—. Anya, ¿qué significa esto?
Anya desplegó su abanico de plumas negras con un chasquido elegante.
—Significa, Alteza, que mientras usted se ocupaba de los asuntos del corazón, yo me he estado ocupando de los asuntos del poder —respondió ella con una sonrisa gélida—. El Duque y yo hemos estado discutiendo cómo la estabilidad del Norte es vital para la corona. Es una lástima que usted ya no tenga a nadie a su lado que le explique estas complejidades.
Mía, sintiendo que el foco de atención se alejaba de ella, bajó del estrado y se acercó a Liam con su mejor expresión de inocencia herida.
—Duque... dicen que usted es un hombre oscuro, pero yo veo bondad en usted. No deje que Anya lo use para su venganza. Ella está herida, pero...
Liam ni siquiera la miró. Sus ojos seguían fijos en Anya, como si estuviera descifrando un código complejo y fascinante.
—Lady Roster —dijo Liam, cortando el aire con su voz—, la bondad es una moneda que no tiene valor en mi ducado. Y en cuanto a ser usado... creo que Lady Anya y yo entendemos que la única forma de no ser una pieza en el tablero es convertirse en el jugador que mueve la mano.
Liam le ofreció el brazo a Anya.
—¿Me concedería este baile, Lady O’Higgins? Dicen que la música de la corte es aburrida, pero quizás podamos hacer que el ritmo cambie esta noche.
Anya colocó su mano sobre el brazo de Liam. La calidez de su piel a través de la tela del traje era un contraste violento con la frialdad de su propia mente.
—Sería un placer, Duque.
Mientras se alejaban hacia el centro de la pista, dejando a un Erick furioso y a una Mía humillada, Anya sintió la seducción de la estrategia. No era la seducción del cuerpo, sino la de dos intelectos que se reconocían como iguales en un mundo de mediocres.
—Estás arriesgándote mucho, Liam —susurró Anya mientras empezaban a moverse al ritmo de un vals lento—. Erick no perdonará este desplante.
—Erick ya no importa, Anya —respondió Liam, acercándola un poco más de lo necesario, sus ojos grises brillando con una intensidad depredadora—. Lo que importa es que ahora la corte sabe que la "Diosa Fría" tiene un aliado en las sombras. Dime, ¿cuál es tu siguiente movimiento? Porque me muero de ganas de verlo.
Anya lo miró y, por primera vez, no vio al villano de una novela, sino al hombre que podría ayudarla a reescribir la realidad.
—Mi siguiente movimiento es dejar que se destruyan solos —respondió ella—. Yo solo voy a proporcionarles la cuerda.
El baile continuó, y bajo las luces de los candelabros, la villana y el duque oscuro coreografiaron el inicio de una caída que ningún libro se había atrevido a narrar. La seducción no estaba en el amor, sino en la promesa de un poder que ni siquiera el Rey podría reclamar.
qué paso con el papá, el rey y quienes son ceniza y rosa?
🫥 (joder soy gata)