Llegué a la selva con miedo.
Me quedé por su protección.
Y sin darme cuenta… encontré un hogar.
NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 11 – Cuando la selva escucha
La selva siempre sabía.
Antes de que se pronunciara una sola palabra, antes incluso de que Aiden lograra comprender del todo lo que estaba ocurriendo en su interior, los árboles ya parecían inclinarse con una curiosidad antigua. Las hojas susurraban entre sí, el viento recorría los troncos como un mensaje silencioso, y los animales permanecían atentos, ocultos pero presentes.
Los miembros de la tribu también lo sentían.
No había miradas invasivas ni cuchicheos. Solo una atención respetuosa, como si todos comprendieran que algo importante estaba por desplegarse, algo que debía observarse sin interferir.
Raegor había tomado una decisión.
No fue impulsiva ni nacida del deseo de adelantarse al tiempo. Había esperado. Había observado. Había escuchado tanto a la selva como a Aiden. Y comprendió que el siguiente paso no debía ser una exigencia ni una marca de posesión, sino una verdad dicha en voz alta.
El anuncio no sería impuesto, ni ruidoso, ni ceremonial en exceso. El cortejo, en su pueblo, no era una cadena ni una promesa forzada. Era una declaración de intención, clara y honesta, que dejaba espacio para que el otro eligiera.
Esa mañana, Aiden despertó con una sensación distinta en el pecho.
No era miedo.
Tampoco ansiedad.
Era algo más sutil, más profundo. Como cuando uno se detiene al borde de un sendero que nunca ha recorrido, sabiendo que cruzarlo implica cambio. No necesariamente pérdida, pero sí transformación.
Se vistió en silencio, consciente de cada movimiento. El aire parecía más denso, cargado de expectativa. Cuando Raegor apareció, no dijo nada de inmediato. Solo le ofreció la mano.
Aiden la tomó.
Caminaron juntos hasta el centro del claro principal. A medida que avanzaban, los miembros de la tribu se reunieron poco a poco, formando un círculo amplio y abierto. Nadie hablaba. Nadie interrumpía. No había tensión, solo una calma expectante.
Raegor dio un paso al frente.
Su postura era erguida, pero no dominante. Su voz, cuando habló, resonó con firmeza sin dureza, como alguien que sabe exactamente por qué está allí.
—Ante la selva y mi gente —declaró—, anuncio mi intención de cortejar a Aiden. No como posesión. No como destino impuesto. Sino como elección mutua, si así lo desea cuando llegue el momento.
Un murmullo suave recorrió al grupo.
No fue sorpresa.
Fue comprensión.
Aiden sintió el calor subirle al rostro. Su corazón latía con fuerza, pero no con rechazo ni pánico. Era una mezcla de vértigo y reconocimiento, como si una verdad que ya conocía hubiera sido pronunciada por fin.
Raegor se volvió hacia él y bajó la cabeza en señal de respeto, un gesto profundo que no pasó desapercibido para nadie.
—No espero respuesta hoy —añadió—. Solo que sepas que mi fuerza, mi hogar y mi paciencia están a tu disposición. Caminaré a tu ritmo. Esperaré lo que deba esperar.
El silencio volvió a asentarse en el claro, espeso y significativo.
Aiden tragó saliva. Sus manos temblaban un poco, pero dio un paso adelante. No porque alguien lo empujara, sino porque sintió que debía hacerlo.
—No puedo prometer lo que aún no entiendo —dijo con honestidad—. Estoy cambiando. Mi cuerpo, mis sentidos… incluso mis recuerdos.
Hizo una pausa, respiró hondo.
Levantó la mirada y se encontró con los ojos dorados de Raegor, abiertos, atentos, sin exigencia.
—Pero quiero caminar a tu lado mientras descubro quién estoy llegando a ser.
Eso fue suficiente.
No hubo vítores ni celebraciones exageradas. La tribu aceptó las palabras como un pacto legítimo, válido en su forma incompleta, porque no todo compromiso debía estar terminado para ser verdadero. Hubo asentimientos, sonrisas suaves, miradas de aprobación silenciosa.
La selva pareció exhalar.
Más tarde, lejos del claro, Aiden se sentó junto al río. El agua corría tranquila, reflejando fragmentos del cielo y del follaje. Observó su propio reflejo, distorsionado por la corriente. Sus ojos parecían más brillantes. Su postura, sin que él lo notara del todo, era más firme.
Raegor se sentó a su lado sin invadir el espacio.
—A veces temo no poder volver —confesó Aiden en voz baja—. A mi otro mundo. A lo que fui antes.
Raegor no respondió de inmediato.
—¿Eso te entristece? —preguntó al cabo de un momento.
Aiden lo pensó con cuidado.
—Me asusta… —admitió—, pero ya no me duele.
Raegor apoyó su hombro contra el suyo, un gesto simple, compartido.
—Elegir un hogar no siempre significa renunciar a otro —dijo—. A veces significa aceptar dónde floreces mejor.
El viento pasó entre los árboles, moviendo la superficie del agua. El reflejo de Aiden se onduló, mezclando rasgos humanos con algo más salvaje, más difícil de definir.
Por primera vez, no sintió la necesidad de separarlos.
No necesitó decidir qué parte de sí pertenecía a qué mundo.
Solo supo que estaba vivo.
Que estaba creciendo.
Que estaba eligiendo, incluso sin respuestas definitivas.
Y por ahora, eso era suficiente.
La selva lo sabía.
Y él empezaba a saberlo también.