Bruno Caruso, un hombre fuerte, calculador y la cabecilla de un imperio levantado a base de sangre. Es el rey indiscutible de la mafia siciliana: no perdona, no olvida… y sobre todo, convierte la traición en castigo.
Xenia, sin quererlo, se convierte en la pieza central de su furia. Y en la oscuridad de su mundo, él decide cuánto debe pagar… pero entre amenazas, secretos y silencios que queman, ¿ambos podrian descubrir que la oscuridad también sabe atraerte?
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Capítulo 11
El cuerpo me ardía de rabia y vergüenza. Llevaba este maldito vestido. Pero él parecía disfrutar del espectáculo sin prisa, como un hombre que ya ha ganado y solo se permite recrearse en los detalles.
—¿Sabes por qué estás aquí? —preguntó finalmente, con voz baja.
Tragué saliva. Mis dedos se apretaban contra el dobladillo del vestido, luchando por no temblar.
—No —respondí con sinceridad.
Él se inclinó hacia adelante. Sus ojos se hundieron en los míos.
—Porque quiero ver hasta donde puedes llegar... antes de que empieces a romperte de verdad.
Mi respiración se detuvo por un segundo.
Él se levantó entonces, despacio, y caminó hacia mí. El aire pareció volverse más denso con cada paso. Me obligué a no retroceder.
Se detuvo frente a mí. Tan cerca que pude oler su colonia. Tan cerca que sentí el calor de su cuerpo, sin que llegara a tocarme.
—Serás una sirvienta. Harás todo lo que te ordenen, sin poner objeción alguna. Serás una esclava —dijo, sin levantar la voz. Con una calma indescriptible.
Asentí sin decir absolutamente nada. Me quedé quieta, muda. Pero por dentro algo se sacudió: miedo... sí, pero también algo más. Un pulso extraño. Tenso. Quería odiarlo. Y sin embargo... cada palabra suya me marcaba la piel como fuego.
Él se apartó, volvió a su escritorio y se sentó como si nada hubiera pasado.
—Puedes irte.
Y lo hice. Sin mirar atrás.
Pero su voz me siguió en la cabeza como una sentencia que ya no podía borrar.
Al salir choqué con un hombre grande y fuerte. Vestía de traje y me miraba con cara neutral.
—Los escalones —Dijo. Ahí fue donde me percaté de que traía una cubeta con agua y un trapo. Él me los estaba dando.
Claro, ahora entiendo por qué las escaleras estaban tan sucias.
Tomé ambas cosas y me dirigí hacia las escaleras. Estando allí me fui a la parte de arriba y comencé desde ahí.
El cubo, el agua, por supuesto que eran tácticas. Quería verme arrastrada, en el suelo, forzando los muslos adoloridos mientras el vestido se subía por mis muslos y el sudor me corría por la espalda.
De pronto sentí una tensión. Sentía como que alguien me miraba. Giré mi cabeza hacia atrás y abajo de las escaleras vi a unos hombres vestidos de negro, guardias, mirándome como si quisieran devorarme.
Mi cuerpo tembló por un momento. Esa sensación me inquietaba. Conocía muy bien esas miradas. Lágrimas bajaron por mis ojos sin poder contenerlas, me sentía humillada y con mucho miedo.
Volví a girar mi cabeza, tratando de no pensar de más. Me concentré en poder terminar de limpiar los escalones.
Para el mediodía ya no sentía los brazos. Los pies me dolían. Los tacones eran una tortura. Cada vez que me incorporaba, sentía que me desmayaría. Aunque ya solo me falta un escalón más. ¿Pero lo peor?, lo peor era que aún podía sentir la presencia de personas atrás de mí. Sé que me miraban y eso hacía que lágrimas escaparan de mis ojos involuntariamente.
—¿A caso todos están en sus horas de descanso maldita sea?, o ¿es que acaso ya se cansaron de seguir respirando? —Oí su voz, grave, resonar por todo el lugar, con autoridad.
No pude evitar mirar para atrás y al hacerlo vi como todos se iban con rostros llenos de pavor. No pude evitar soltar un suspiro de alivio. Sé que no lo hizo por mí, pero no me importa. Lo bueno fue que todos se fueron.
Nuestras miradas se cruzaron, por lo que rápidamente me volví a girar y empecé a limpiar el último escalón.
Traté de concentrarme en el escalón, pero fue imposible cuando sentí su presencia al lado de mí. Bajé la mirada, avergonzada, temblorosa, hecha trizas.
Él se agachó un poco. Tomó mi barbilla y me obligó a mirarlo.
—Vas entendiendo, ¿verdad?
No esperó respuesta.
Se giró, y mientras se alejaba, dijo:
—Ve a comer y a recomponer fuerzas. Esta noche tengo una fiesta. Asegúrate de estar limpia y de no parecer... tan cansada.
Y se fue.
Sentí rabia, pero no proteste. Me callé.
Terminé de limpiar el último escalón y cuando lo hice me fui a la cocina. Estando cerca me encontré a Betty y juntas nos dirigimos a comer.
Al entrar a la cocina todas las miradas fueron dirigidas hacia nosotras, o más específicamente... a mí.
—No les hagas caso, vamos —Betty me agarró del brazo y nos condujo hasta una mesa— Quédate aquí, te traigo la comida —asentí.
Luego de un rato Betty trajo la comida y empezamos a comer con tranquilidad. Mientras me daba un bocado, una pregunta surgió en mi mente.
—Betty, si el "señor" te ve hablando conmigo con tanta confianza, ¿no crees que te podría poner un castigo? —Pregunté. Desde que llegué estoy segura de que él le dijo a todos que me hicieran menos y supongo que de hacer lo contrario recibirían un castigo.
—No te preocupes, tal parece que no importa porque de lo contrario me hubiera llamado —Dijo con seguridad.
—¿Por qué estás tan segura?, a lo mejor no se ha dado cuenta —Expresé con confusión y la vi negar con la cabeza.
—Él lo sabe todo. Absolutamente todo. Tiene ojos en todos lados —Se encogió de hombros mientras explicaba.
Me quedé confundida, pero no pregunté más. No es de extrañar que sepa cada cosa que se mueva en este lugar.
Cuando terminé de comer no tenía otra cosa más por hacer. Él me dejó bien claro que tenía que descansar para esta noche, ¿pero saben que?, estoy harta de él, además, no quiero estar sola, otra vez, en esa habitación.
—Betty, te ayudaré a hacer tus quehaceres. Ya no tengo nada por hacer —Ella me miró dudosa, pero al final asintió con una sonrisa.
Salimos de la cocina y nos dirigimos a uno de los pasillos de esta enorme mansión. No tenía que ser adivina para saber que es casi un laberinto.
Empecé a ayudarle a hacer sus deberes en una área específica y ya luego pasamos a otra y así sucesivamente. Terminamos cuatro horas después. Pensé que íbamos a salir afuera, pero no fue así. Ella me dijo que hoy le tocaba adentro. Algo realmente triste para mí.
Volví a la habitación muy cansada. Al llegar me tiré en el colchón y cerré los ojos.
Me di cuenta de que estoy muy alejada de las demás. Lo que no es tan malo para mi después de todo, por si me llegó a escapar. No sé en que momento lo haré, pero voy a intentar escapar, no me importa como ni cuando, pero lo haré. Y sí, se que juego con mi vida, sé que él puede encontrarme otra vez, pero prefiero intentarlo e ir con la policía.
...
Abrí los ojos de repente. No sé en que momento me había quedado dormida.
Miré hacia la ventana y noté que ya estaba oscuro. No sé que horas eran, pero me imagino que ya es hora de la reunión o fiesta o lo que sea que él vaya a tener.
Al incorporarme me di cuenta de que en la cama había otro uniforme igual al que traía puesto, además de eso ropa interior nueva. Supuse que lo trajo Betty.
Me paré de la cama y entré al baño. Me despojé de la ropa y me metí a bañar. Sentía mi cuerpo más descansado, eso es bueno.
Al salir del baño, me vestí rápidamente y salí de la habitación. Mientras caminaba, algo comenzaba a rondar en mi mente. He estado pensando mucho en los últimos días y me he dado cuenta de algo curioso: Bruno no me vigila constantemente con alguien. Y la verdad es que empiezo a creer que Betty tenía razón. Él tiene ojos en todos lados, y probablemente no le haga falta ponerme a alguien para seguirme de cerca... Sí, eso tiene sentido.
...
La mansión estaba llena de música y risas, y yo avanzaba con la bandeja de copas entre los invitados, sintiendo cada mirada que se posaba sobre mí al tener este vestido de sirvienta tan diminuto. Provocaba que todos los hombres a mi alrededor me observaran, incluyendo a un viejo medio gordo que no dejaba de verme. Estoy segura que me hizo poner este vestido de sirvienta tan corto para que me sintiera así, tan espuesta y sin nadie que me ayudara.
Los hombres en trajes caros conversaban y reían, mujeres con vestidos largos y brillantes flotaban por la sala, y yo me movía como un fantasma entre ellos, consciente de que Bruno me observaba desde algún lugar, midiendo cada paso que daba.
Una mujer se acercó a la barra, alta, elegante, con un vestido rojo que parecía iluminar la sala. Sus ojos me recorrieron con desdén, y una sonrisa fría se dibujó en sus labios.
—Vaya, qué curioso uniforme... ¿sirvienta de fantasía o simplemente tu mejor intento de destacar aquí? —dijo, con un tono lleno de burla y superioridad. Sus palabras eran veneno envuelto en terciopelo, y sentí cómo se clavaban en mí pecho.
Tragué saliva, obligándome a mantener la sonrisa que escondía mi cólera. Si mostraba siquiera un atisbo de enfado, Bruno lo notaría, y sabía que no podía arriesgarme.
—Supongo que depende de quién esté mirando —respondí con voz medida, dejando que cada palabra sonara neutral, aunque el calor de la rabia me subía por la garganta.
Ella soltó una risa suave, cargada de desprecio, y agregó con un susurro que cualquiera en la sala podría oír.
—Bueno, al menos tu vestido de imitación de sirvienta es interesante… no todos tienen el valor de parecer ridículos y aún así intentar impresionar.
El comentario me golpeó como un puñal invisible, y por un instante quise responder con todas las palabras que quemaban en mi boca, pero respiré hondo, conteniendo mi cólera, recordando que cualquier error sería notado por Bruno y las consecuencias serían peores que el desdén de una invitada.
Me alejé de ahí en silencio y continué mi recorrido, entregando copas y volviendo a la barra a llenarlas, así me mantuve, de aquí para allá. Y lo más chistoso es que era solo yo, solo yo contra todas estas personas que al verme ponian cara de pocos amigos, cuánto quisiera poder decirles sus verdades a todos.
De pronto, Bruno apareció a mi lado, apoyado contra la barra, observando la escena con esa calma intimidante que podía helar la sangre. Su presencia me recordó que no podía ceder a mi enojo; debía contenerlo, aunque la rabia burbujara en mi interior.
Caminé nuevamente entre los invitados con pasos medidos, manteniendo la compostura. Por fuera, todo era serenidad; por dentro, una promesa crecía: esta humillación no era el final, y algún día, mi fuerza encontraría la salida que esta noche no podía permitirme mostrar.
Esto está increíble !!