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¡PUEDO CONVERTIRME EN GATO!

¡PUEDO CONVERTIRME EN GATO!

Status: En proceso
Genre:Romance / Mundo mágico / Autosuperación
Popularitas:4.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Bai Qi

Dorius Isolde tiene un secreto: puede convertirse en un gato naranja.

Desde que su abuela murió, vive en una casa de acogida con otros cuatro niños y Sonia, la única adulta que lo ha querido sin condiciones. En el instituto, es invisible. El chico callado de la última fila. El que nadie mira.

Kael Alistar es todo lo contrario. Capitán de baloncesto, popular, guapo, rodeado de gente. Pero su sonrisa es una máscara. En casa, sus padres lo desprecian por el color de su pelo —negro, en una familia de rubios— y le exigen que sea perfecto. En las noches, cuando nadie lo ve, se sienta frente a la ventana y le habla a un gato naranja que aparece los jueves.

El gato es Dorius.

Y Kael no lo sabe.

Todavía.

NovelToon tiene autorización de Bai Qi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO #3: EL OLOR DEL PELO NARANJA.

...--------♡--------...

SOL.

^^^Para K, que nunca preguntó. —Porque ya sabías.^^^

...--------♡--------...

Las semanas siguientes se convirtieron en una rutina que no había planeado pero que acepté como se acepta el calor del sol cuando llevas mucho tiempo con frío.

Los jueves por la noche, después de cenar en la casa de acogida, después de ayudar a Sonia con los más pequeños, después de fingir que veía la tele con ellos, subía a mi habitación, cerraba la puerta y me convertía en gato.

Siempre esperaba a que la casa estuviera en silencio. Los niños dormían pronto. Sonia se quedaba un rato más, leyendo o viendo alguna serie, pero nunca subía a mi cuarto después de las diez. A las diez y media saltaba por la ventana y corría hacia el barrio residencial.

Hacia Kael.

El trayecto siempre era el mismo. Las calles oscuras, los perros que ladraban a lo lejos, el frío de octubre que empezaba a hacerse más intenso. Corría sin pensar, con el cuerpo de gato que no se cansaba nunca, y llegaba al roble justo cuando la luz de la ventana de Kael se encendía.

Kael me esperaba.

Siempre tenía algo de comer. Pollo, atún, restos de la cena. A veces un poco de leche en un platillo que había encontrado en la cocina. Yo comía mientras Kael hablaba.

Aprendí muchas cosas en esas noches.

Supe que Kael odiaba el baloncesto aunque fuera bueno. Que lo había odiado desde el principio, desde que su padre lo apuntó sin preguntarle, desde que entendió que no importaba lo que él quisiera. Supe que Kael se había roto la muñeca una vez, a los catorce, y que había sentido alivio porque eso significaba no entrenar durante dos meses. Supe que se había sentido culpable por sentirse aliviado.

Supe que Kael se teñía el pelo cada tres semanas. Que lo hacía solo, en el baño, con la puerta cerrada. Que su madre nunca había preguntado por qué. Que una vez, cuando tenía quince, se le había olvidado teñirse y había ido al instituto con las raíces negras al aire, y que nadie había dicho nada porque nadie miraba lo suficiente.

Supe que Adán era lo único que lo sostenía algunos días. Que Adán lo conocía desde siempre. Que Adán sabía lo del pelo, lo del baloncesto, lo de su padre. Que Adán era la única persona con la que Kael podía ser él mismo.

Eso dolía más de lo que quería admitir.

Porque Kael hablaba de Adán con una calidez que no usaba para nadie más. "Adán dice", "Adán hizo", "Adán y yo". Y yo escuchaba, ronroneaba, y guardaba los celos en algún lugar profundo donde no dolieran tanto.

Los martes y los viernes, en el instituto, las cosas eran distintas.

Kael era el de siempre. El rubio. El capitán. El que sonreía. Se sentaba con Adán en el patio, reía con él, compartía auriculares y bromas privadas. A veces, cuando pasaba por la última fila, me decía "hola". A veces me preguntaba algo. Nada importante. Cómo llevas los estudios, qué tal el fin de semana. Yo respondía con monosílabos y Kael seguía su camino.

Nunca me invitaba a sentarme con ellos. Nunca me decía "ven". Sabía que no era por maldad. Kael no era así. Era solo que no pensaba en mí. Yo estaba en los márgenes de su vida, en ese espacio difuso entre "conocido" y "casi amigo".

Pero los jueves, en su habitación, Kael me acariciaba.

Me pasaba la mano por el lomo, me rascaba detrás de las orejas, me hablaba con esa voz suave que no usaba con nadie más. Y yo ronroneaba y me odiaba un poco por disfrutarlo tanto.

Una noche Kael me miró con una expresión rara.

—A veces pienso que eres demasiado humano —dijo.

Me quedé quieto. El corazón me latió rápido.

—No sé —siguió, encogiéndose de hombros—. La forma en que me miras. Como si entendieras. Los gatos no entienden, ¿no?

No me moví. Kael se rió.

—Estoy perdiendo la cabeza. Hablando con un gato como si fuera una persona.

Me acarició una vez más y se tumbó en la cama.

—Quédate esta noche —murmuró—. Si quieres.

Dudé. Nunca me había quedado. Siempre volvía a la casa de acogida antes del amanecer.

Pero Kael tenía los ojos cerrados y la respiración tranquila, y la cama olía a él, y hacía calor.

Salté al borde de la cama. Luego, con cuidado, me acurruqué a sus pies.

Kael sonrió sin abrir los ojos.

—Buenas noches, gato.

Cerré los ojos. Ronroneé bajito.

No dormí. No podía. Pero me quedé ahí, sintiendo su calor, escuchando su respiración, preguntándome cómo había llegado a ese punto.

Preguntándome cómo iba a salir.

...--------♡--------...

De A.

^^^—Nueve años después, sigo sin saber si debería haberte contado la verdad antes.^^^

...--------♡--------...

Noté que algo cambiaba.

No sabía qué. No tenía pruebas. Pero conozco a Kael desde hace nueve años, y nueve años enseñan a leer las cosas que no se dicen.

Kael estaba distinto.

No era nada grande. Seguía siendo el mismo en clase, en los entrenamientos, en los partidos. Sonreía, bromeaba, hacía lo de siempre. Pero por las mañanas, cuando nos sentábamos juntos en el autobús, a veces lo pillaba mirando al frente con una expresión que no sabía descifrar. Como si estuviera en otro sitio. Como si pensara en algo que no quería compartir.

Y estaba más callado. No conmigo. Conmigo siempre hablaba. Pero en los silencios entre conversación y conversación, notaba que algo flotaba. Un secreto. Un espacio al que yo no tenía acceso.

—¿Estás bien? —le pregunté un viernes, en el vestuario después del entrenamiento.

Kael se secaba el pelo con una toalla. El rubio perfecto, las cejas ligeramente fruncidas.

—Sí, ¿por qué?

—No sé. Te noto raro.

Kael se rió.

—¿Raro? Soy el mismo de siempre.

—Por eso. Eres demasiado el mismo de siempre.

Kael dejó de secarse el pelo. Me miró. Por un segundo, solo un segundo, vi algo detrás de sus ojos. Cansancio. Algo que no sabía nombrar.

Luego Kael sonrió.

—Estoy bien, Adán. De verdad.

Mentía. Lo sabía. Pero no podía demostrarlo.

Esa noche, en mi casa, no podía dejar de darle vueltas. Kael tenía un secreto. Kael estaba guardando algo. Y yo, que lo sé todo de él, que conozco sus miedos y sus silencios y sus formas de esconderse, no sabía qué era.

Algo me decía que tenía que ver con los jueves.

Los jueves, Kael siempre estaba de mejor humor. Llegaba a clase con los ojos menos cansados. Sonreía más. Una vez lo había oído tararear en el vestuario. Kael no tarareaba nunca.

Y los jueves, por la noche, Kael no respondía a los mensajes.

Solo los jueves.

No dije nada. No había nada que decir. Pero empecé a mirar más. A fijarme en las pequeñas cosas. En las pausas. En las miradas perdidas.

Y empecé a odiar un poco más a ese gato del que Kael hablaba a veces.

El gato naranja.

El gato que aparecía en su ventana los jueves.

El gato que recibía lo que yo no podía dar.

...--------♡--------...

El miércoles por la noche Sonia entró en mi habitación sin avisar.

Estaba en la cama, leyendo. Bueno, fingiendo leer. Llevaba diez minutos en la misma página, pensando en Kael, en el jueves, en si debía volver.

—¿Puedo hablar contigo un momento? —preguntó.

Asentí. Sonia se sentó en el borde de la cama. Tenía esa expresión que ponía cuando iba a decir algo importante.

—Llevo unos días preocupada por ti.

No dije nada.

—Estás más callado de lo normal. Y sé que ya eres callado, pero esto es distinto. A veces te veo y pareces en otro sitio.

—Estoy bien —dije.

Sonia me miró con esa forma que tienen los adultos cuando saben que mientes pero no quieren presionar.

—Sabes que si necesitas hablar, estoy aquí, ¿verdad?

Asentí.

Sonia suspiró, me dio una palmada en la rodilla y se levantó.

—Los niños te echan de menos, por cierto. Dicen que ya casi no bajas a ver la tele con ellos.

—Estudio mucho.

—Ya.

En la puerta, Sonia se giró.

—Dorius. No tienes que cargar con todo solo. Para eso está esto. Para eso estoy yo.

Se fue. Me quedé solo con el libro en las manos y un nudo en la garganta.

Bajé al salón esa noche. Vi la tele con los niños. Me reí cuando ellos se reían. Ayudé a Sonia a fregar los platos.

Pero cuando todos durmieron, me convertí en gato y salí por la ventana.

Corrí hacia la casa de Kael sin pensar. Necesitaba verlo. Necesitaba sus caricias. Necesitaba ese rato en el que no era Dorius, no era el huérfano, no era el invisible.

Era solo un gato que alguien quería.

Cuando llegué al roble, la ventana de Kael estaba cerrada. No había luz.

Esperé. Un minuto. Cinco. Diez.

La ventana no se abrió.

Me quedé en la rama, mirando la casa oscura, sintiendo el frío de la noche en el pelaje.

No era jueves. ¿Por qué había pensado que Kael me esperaría un miércoles?

Me sentí estúpido. Me sentí solo. Me sentí como siempre.

Pero no me fui.

Me quedé ahí, acurrucado en la rama, mirando la ventana, esperando sin esperanza.

Horas después, cuando el cielo empezaba a clarear, la ventana se abrió.

Kael asomó la cabeza. Tenía el pelo revuelto, los ojos hinchados de sueño. Me vio y parpadeó.

—¿Gato? —murmuró, confuso—. ¿Qué haces aquí? No es jueves.

No me moví.

Kael se quedó mirándome un momento. Luego algo cambió en su expresión. Se volvió más suave. Más cálido.

—¿Querías verme?

Moví la cola.

Kael sonrió. Esa sonrisa pequeña, real.

—Pasa.

Abrió la ventana del todo. Salté al alféizar y luego al suelo de su habitación.

Kael se sentó en la cama, bostezando.

—No tengo comida —dijo—. No esperaba...

Me acerqué. Salté a la cama. Me acurruqué a su lado.

Kael se quedó quieto un segundo. Luego, despacio, me pasó una mano por el lomo.

—Vale —murmuró—. Vale.

Se tumbó. Me pegué a su costado, sintiendo su calor, su respiración, el latido de su corazón.

Y por primera vez en mucho tiempo, dormí.

No como gato. No como humano. Solo dormí.

1
no tengo dinero pa terapia😌
me da pena🥺
no tengo dinero pa terapia😌
💪eso vv
no tengo dinero pa terapia😌
JAJAJA ni que fuera perro😭
no tengo dinero pa terapia😌
hagan trio yo apoyo y Sonia tambien😭
no tengo dinero pa terapia😌
yo tambien soy negra no te preocupes💪🥺
no tengo dinero pa terapia😌
se le junto el ganado a Kael
⭐~ELISA~⭐
¡Ahhhhh! siiiiiiiiiii lo besó
Jimminie
a dónde tan romántico? 🤭
⭐~ELISA~⭐
noooooo pensé q si le iba a decir😭
⭐~ELISA~⭐
sabes por q mi papá pensaba lo mismo?
no?
por q nací Blanca 🤦JAKDJDSJDJ
⭐~ELISA~⭐
se que es personal pero eso sí me pasó a mí ,si se siente feo pero con el paso del tiempo te acostumbras y lo vas dejando atrás y no le tomas importancia
⭐~ELISA~⭐
Dorius es muy listo
⭐~ELISA~⭐
me gusta la manera en la q poco a poco Adán se hace cada vez más competitivo por su amor hacia kael,eso le da más entusiasmo al leer
⭐~ELISA~⭐
ai q lloro😭
⭐~ELISA~⭐
q bonito🤭
⭐~ELISA~⭐
si la verdad es muy bonito
⭐~ELISA~⭐
zi JAKSJAK
⭐~ELISA~⭐
ponle otorrinolaringólogo
⭐~ELISA~⭐
cuál bonito
Bello, hermoso.😻
⭐~ELISA~⭐
ai q belloo😻
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