Majic, Lycka y Huimang son reinas poderosas, pero deberán tomar decisiones cruciales para salvar a los seres que aman y a sus reinos, en una guerra contra seres guiados por los mismos dioses. ¿Podrán defender lo que más aman?
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Cap. 11. Las consecuencias se hacen reales
En Pallango, las consecuencias de la decisión del príncipe Ghian fue inmediata. El rey Khwan cayó de rodillas en medio del patio interior, ante el latigazo invisible, como si el aire se hubiera vuelto demasiado denso para sostenerlo.
La respiración de Khwan se volvió irregular y, por un instante, su cuerpo pareció desintegrarse, la forma humana se tensaba y se quebraba en destellos breves, como si se volviera polvo y se reconstituyera nuevamente en segundos, sin poder controlarlo; la primera vez ocurrió cuando casi muere quemada, y luego Majic, cuando aún era la princesa heredera de Susumira le enseño a mezclar su esencia; pero ahora la experiencia era completamente distinta.
Huimang lo sintió antes de verlo. El vínculo que compartían no era sólo matrimonial; había aprendido a leer en él las sensaciones invisibles, esas que ningún otro persona podría detectar. La reina cruzó el patio sin pedir permiso a nadie y, al llegar a su lado, apoyó ambas manos sobre su pecho.
El poder violeta se desplegó de inmediato, envolviéndolos a ambos como un manto firme, que parecía conectar con las esencias más internas.
Khwan alzó la mirada hacia ella. Sus ojos no eran del todo los suyos.
- “Algo… se abrió, algo quiere salir dentro de mí”, alcanzó a decir Khwan.
El poder Senmorta reaccionaba como una bestia encerrada demasiado tiempo, como si haber ocultado su ser, aún cuando él no lo sabía, estuviera cobrando una condena. Huimang lo entendió con claridad brutal, aquello no estaba despertando porque fuera su naturaleza, estaba despertado a la fuerza, convocado por una decisión tomada lejos de Pallango.
- “Respira”, ordenó ella, sin alzar la voz. “No te voy a soltar, “afrontaremos esto juntos, cuidaremos nuestro presente, sellaremos nuestro futuro”.
Los guardias retrocedieron instintivamente. El aire vibraba alrededor del rey, y por momentos su sombra no coincidía con su cuerpo. Era más alta. Más antigua.
Huimang cerró los ojos un segundo, concentrándose. El violeta se intensificó, trazando símbolos antiguos que no pertenecían a ningún templo celestial. Eran marcas de guerra, de pacto, de supervivencia; Khwan también era un Senmorta, y sin saberlo su antiguo, había ofrecido a todos ellos, como un sacrificio a la diosa del Odio.
- “Esto no es solo tuyo; es parte de tu herencia, hay algo que no sabemos, que no podríamos conocer, pero de quién proviene esta herencia podría saber”, dijo Huimang, con una certeza, que venía de muy dentro.
Khwan apretó los dientes.
- “Mi padre…”, susurró Khwan. Huimang asintió.
No hubo duda ni discusión. Aquello superaba cualquier orgullo, cualquier silencio, cualquier afán de evitar un pasado que dolía.
- “Llamen al príncipe Kobar, aún no debe haber llegado a la frontera”, ordenó Huimang, sin apartar las manos de Khwan. “¡Ahora!”.
Nadie cuestionó. Cuando la reina de Pallango hablaba así, no era una consorte ni una estratega, era una soberana que había sobrevivido a demasiadas guerras como para equivocarse.
Mientras el mensajero partía, Khwan soltó un gemido ahogado. Por un instante, el poder Senmorta intentó desgarrar el manto violeta desde dentro, buscando salida.
Huimang apoyó su frente contra la de él.
- “Escúchame”, dijo la reina, de manera firme. “ No te estás rompiendo. Te están llamando. Y no vas a responder solo”.
Khwan la miró, aferrándose a esa voz, que ha sido consuelo en sus noches más tenebrosas.
- “¿Quién me llama?”, cuestionó Khwan.
“No lo sé, pero puedo sentir su fuerza, y necesitamos también ayuda, cuando sepamos la verdad, me temo que tendremos que volver a batallar”, respondió Huimang.
Cuando finalmente Kobar cruzara esas puertas, después de ser llamado, tendrá que explicar por qué la sangre casi inmortal de un Senmorta estaba reaccionando a un desafío directo al Cielo,
y cobrando deudas que ellos no aceptaron, pero que tendrían que pagar.
Por otro lado, en el mundo celestial, el dios más antiguo del universo, se reúne con las auroras, han habido muchos cambios, intercambios, reencarnaciones apresuradas y pagos por el martirio, que habían convertido el destino de los humanos en un laberinto que ya no estaba dispuesto a sostener, un dios no debería alterar el universo para conservar el amor, y eso Muerte lo sabía con claridad; y la ley del equilibrio era clara también, aunque cambies el destino, las consecuencias siempre te alcanzan, y eso era algo que Armonía conocía perfectamente, por eso sus acciones en los últimos siglos, no las puede entender y había llegado el momento de poner orden.
Beatriz fue la primera en inclinar la cabeza cuando la presión del Tiempo se manifestó. No hubo anuncio. No hubo forma. Solo la certeza absoluta de que él estaba. Eliana bajó la mirada. Rocío cerró los ojos.
- “Hablad”, dijo Tiempo, con la voz como un trueno, pero que solo podía ser oído por las Auroras.
No fue una orden elevada. Fue peor, una autorización para hacer lo que ellas debieron hacer siempre, pero que habían obviado, al haberse identificado con un dios que hacía hasta lo imposible para recuperar a su ser amado.
Rocío dio un paso al frente. Su voz fue baja, medida, con la serenidad de quien ha visto demasiado.
- “Las líneas se han desviado, Señor del Tiempo”, comentó Rocío.
Tiempo no respondió de inmediato, era como si su esencia divina mirara al mundo entero en un instante.
- “Lo sé”, dijo él al fin.
Beatriz levantó apenas el rostro, con cuidado, como quien observa una tormenta sin atreverse a nombrarla.
- “El príncipe Ghian… eligió actuar”, dijo Beatriz, guardando un pequeño silencio. “No contra los mortales, contra los cielos”, añadió.
Eliana apretó los dedos entre sí antes de hablar.
- “Nosotras cumplimos”, dijo Eliana, con rigidez. “Hicimos lo que pediste, solo observamos, custodiamos, no intervenimos, él tomó su decisión”.
Tiempo se volvió hacia ella. El peso de esa atención fue casi insoportable.
- “Y aun así dudas”, expresó Tiempo.
Eliana bajó la cabeza por completo.
- “Sí, Señor”, afirmó Eliana, bajando la cabeza por completo, sabía que sus palabras eran un desafío, al más antiguo de los dioses.
No hubo castigo por esa honestidad, pero tampoco consuelo.
Rocío habló de nuevo, con una serenidad que no era desafío, sino resignación lúcida.
- “Esto no es una corrección menor”, dijo Eliana. “Las consecuencias ya están descendiendo a planos que no nos corresponden”.
- “Las consecuencias siempre descienden”, respondió Tiempo. “Son ustedes quienes insisten en fingir sorpresa”.
- “Perdón, Señor…”, murmuró Beatriz, tragando saliva. “¿Fuimos enviadas para proteger o para recordar?”.
El silencio fue largo. Cuando Tiempo respondió, su voz no fue dura. Fue definitiva.
- “Fuisteis enviadas para no alterar nada”, sentenció Tiempo.
- “Incluso si eso significa permitir la ruptura”, dijo Eliana cerrando los ojos.
- “Especialmente entonces”, comentó Tiempo.
- “¿No hay margen?”, preguntó Rocío, alzando levemente la mirada. “¿Ningún punto de retorno?”
Tiempo se acercó, no caminando, ocurriendo más cerca, como siempre en estuviera donde están todos los demás.
- “El retorno existe”, dijo Tiempo. “Pero nunca es hacia el lugar que se perdió, no puedes pretender volver a lo perdido y que esto sea como nunca hubiese sucedido”.
Las auroras inclinaron la cabeza al unísono.
- “Comprendido”, dijo Rocío.
Beatriz, en cambio, habló una última vez, con voz temblorosa pero sincera.
- “Entonces… cuando todo se entienda… cuando las piezas encajen… ¿recordarán que siempre estuvo ahí?”, cuestionó Beatriz.
Tiempo no respondió. Y esa ausencia fue la respuesta. La presión cedió. Las auroras quedaron solas otra vez. Eliana dejó escapar el aire que había estado conteniendo.
- “Odio esto”, susurró Eliana.
Beatriz no respondió. Miraba las líneas, ahora rotas de otra manera. Rocío fue la única que habló.
- “No lo odies. Esto es el comienzo, tal vez sea la única razón para que todo haya sucedido”, dijo Rocío.
Beatriz se confundió aún más con las palabras de Rocío, y Eliana lloró por primera vez en siglos; aún cuando la respuesta sea volver a empezar, tal vez eso signifique que lo que fue y no debió ser, nunca será.