Lía fue criada para obedecer.
En Sierra Oscura, nadie desafiaba a Damián Velasco, el Alfa que convertía lobos jóvenes en armas y llamaba ley a sus cadenas. Lía era su ejecutora más perfecta: fría, letal, incapaz de temblar... hasta que le entregaron a Mateo Rojas, un prisionero con el lobo sellado y una sangre de Alfa que nadie debía reconocer.
El primer roce de su aroma lo cambió todo.
Mateo no era solo otro cautivo. Era su pareja destinada. Y Velasco lo supo antes que ellos.
Atados por un juramento de sangre y castigados con acónito cada vez que intentan desobedecer, Lía y Mateo deberán sobrevivir a la manada que los quiere rotos, a una atracción que duele como una herida abierta y a una verdad capaz de incendiar todos los territorios: ella no nació para servir al rey oscuro, y él no nació para arrodillarse.
Cuando la luna reclame lo que es suyo, Lía tendrá que elegir entre seguir siendo el arma de un Alfa cruel... o marcar al enemigo que su loba ya reconoció como hogar.
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Capítulo 2
Capítulo 2: La loba blanca
Mateo despertó con la boca llena de tierra.
No recordaba haberse acostado. Tampoco recordaba haber aceptado dormir más de media hora, pero el cielo sobre el corral ya no era negro. Tenía ese tono gris, sucio, que llegaba antes del amanecer en Sierra Oscura, cuando la niebla bajaba por las paredes de la montaña y hacía que todo pareciera más frío, más muerto.
La mano rota le latía contra el pecho.
Al intentar mover los dedos, el dolor subió hasta el codo y se quedó ahí, mordiéndolo. Su cuerpo debería haber cerrado al menos la inflamación durante la noche. Un lobo sano habría despertado con los huesos empezando a soldar, con la piel buscando su forma, con el cansancio reducido a un mal recuerdo.
Él despertó peor.
El acónito seguía en su sangre.
—No te moriste —dijo Nico desde la reja.
Mateo giró apenas la cabeza. Nico estaba sentado con las rodillas contra el pecho, ojeras oscuras bajo los ojos, el cabello pegado a la frente por sudor seco. Tenía una piedra en la mano.
—Qué decepción para todos —murmuró Mateo.
—Para mí no. Si te morías, tenía que buscar otro compañero, y la mayoría aquí tiene cara de querer comerme mientras duermo.
—Tal vez es tu personalidad.
Nico sonrió sin ganas.
—Mi personalidad es encantadora cuando no estoy deshidratado.
Mateo intentó incorporarse. El mundo se movió de lado. Nico lo vio, pero no se levantó a ayudarlo; inteligente otra vez. En ese lugar, ayudar demasiado rápido era declarar una debilidad. Mateo apretó la mandíbula, empujó con el codo sano y logró sentarse.
Alrededor de ellos, los sobrevivientes despertaban en silencio.
Veinticinco.
El rubio no había llegado a la mañana.
Los Warriors abrieron los corrales poco después, golpeando las rejas con varas de metal. El sonido rebotó en los huesos de Mateo. Algunos se pusieron de pie de inmediato. Otros tardaron. Uno no pudo. Lo arrastraron por los tobillos y lo dejaron a un lado, junto a los cubos vacíos.
Nadie preguntó si seguía respirando.
—Hoy es día de demostración —anunció Elder Ibarra desde la pasarela.
El murmullo que recorrió a los cautivos no fue de curiosidad. Fue de miedo.
Mateo olió ese miedo incluso a través del sello: agrio, caliente, casi dulce en la parte final, como fruta echada a perder. Su lobo se movió en el fondo de su pecho, incómodo, furioso por la debilidad de sus sentidos. Antes habría distinguido edad, rango, mentira, enfermedad. Ahora solo recibía retazos.
Retazos bastaban para saber que algo venía.
Los sacaron del corral y los empujaron hacia la arena principal.
El Blood Trials arena era más grande que el foso de la noche anterior. Una explanada circular abierta entre muros de roca, marcada con círculos de ceniza y postes de madera. En lo alto había gradas estrechas donde los Warriors se acomodaban como si aquello fuera una fiesta. Más arriba, bajo un techo de piedra negra, se levantaba el balcón del Alpha.
Y él estaba allí.
Damián Velasco no necesitaba gritar para dominar un lugar.
Ni siquiera necesitaba moverse.
El Alpha Velasco se sentaba en una silla tallada con el crest de los Dark Howlers a la espalda. Tenía el cabello negro peinado hacia atrás, la barba recortada y un traje oscuro demasiado limpio para un lugar lleno de sangre. No parecía un carnicero. Ese era el truco. Parecía un hombre capaz de ofrecerte agua con una mano y ordenar que te cortaran la garganta con la otra.
Cuando su mirada descendió sobre la arena, varios cautivos bajaron la cabeza.
Mateo sintió la presión un segundo después.
No fue una orden completa. Fue solo aura. Un peso invisible sobre la nuca. Una mano fría empujando. Su cuerpo, agotado y envenenado, quiso obedecer antes que su orgullo pudiera discutirlo.
Baja la mirada.
Expón el cuello.
Sobrevive.
El lobo sellado de Mateo golpeó contra la jaula de sus costillas.
No.
El dolor le atravesó la espalda. La pierna izquierda casi cedió. Pero Mateo mantuvo la barbilla en alto, no lo suficiente para desafiar abiertamente al Alpha, sí lo suficiente para no regalarle la garganta.
Velasco lo vio.
Por un instante, nada cambió en su rostro.
Luego sonrió.
—Elder Ibarra —dijo el Alpha, con una voz suave que hizo callar hasta a los pájaros en el bosque—. Me dijeron que los Trials de este ciclo traen material interesante.
Ibarra inclinó la cabeza.
—Pocos, Alpha. Pero resistentes.
—La resistencia no sirve si no aprende obediencia.
Nico, junto a Mateo, dejó de respirar.
Mateo no se permitió mirarlo.
Las puertas del extremo este se abrieron.
Primero entraron seis Warriors con lanzas de plata en las manos. Después dos hombres arrastraron una cadena gruesa. Al final de esa cadena venía un rogue.
O lo que quedaba de uno.
Era grande, más grande que cualquier lobo joven de los Trials. Caminaba en forma humana, pero apenas. La piel de sus brazos estaba llena de cicatrices oscuras. Sus uñas eran casi garras. Tenía los ojos amarillos, demasiado abiertos, y la boca manchada de espuma. El olor que soltaba golpeó a Mateo en el estómago: rabia podrida, hambre, acónito barato, sangre de otros.
Los cautivos retrocedieron.
Un Warrior les cerró el paso con la vara.
—Quietos.
El rogue tiró de la cadena y uno de los hombres que lo sujetaban resbaló. Las gradas respondieron con un murmullo excitado.
Velasco alzó una mano.
El silencio cayó.
—Este lobo pertenecía a Barranca Roja —dijo—. Rompió su juramento, asesinó a dos de los suyos y cruzó nuestra frontera creyendo que la ley de Sierra Oscura era una historia para asustar cachorros.
El rogue gruñó.
La cadena vibró.
—Hoy aprenderán dos cosas —continuó Velasco—. La primera: un lobo sin manada se convierte en hambre. La segunda: mis Enforcers no fallan.
Mateo sintió el cambio antes de verla.
No fue una visión. Fue olor.
Muy tenue.
Laurel.
Tierra después de lluvia.
Una flor blanca, fría, imposible en esa arena llena de barro y metal.
Su pecho se apretó.
El sello reaccionó como si alguien hubiera metido los dedos entre sus barrotes y tirara hacia afuera.
Mateo inhaló, demasiado hondo.
Nico lo notó.
—¿Qué? —susurró.
Mateo no respondió.
Porque Kaia entró en la arena.
No caminaba como los Warriors. Ellos ocupaban espacio. Hacían ruido. Golpeaban el suelo para recordarles a todos que tenían permiso de herir. Kaia no necesitaba nada de eso. Sus botas tocaron la tierra sin prisa, sin barro, sin vacilación. Llevaba pantalones negros, una chaqueta clara cerrada hasta el cuello y el cabello recogido en una trenza alta que dejaba ver la línea limpia de su garganta.
No era grande.
No parecía tener que serlo.
Los Warriors bajaron las armas al verla pasar.
Elder Ibarra inclinó la cabeza apenas.
Velasco apoyó dos dedos contra su boca, satisfecho.
—Kaia —dijo—. Muéstrales.
El rogue la olió.
Toda su atención se quebró hacia ella.
—No —dijo Nico, tan bajo que casi no fue palabra.
El rogue se lanzó.
Los hombres soltaron la cadena.
Kaia no corrió.
El cambio la tomó en el primer impacto de luz gris.
Mateo había visto shifts antes. Había sentido el suyo, años atrás, antes del sello, cuando su lobo todavía respondía como una segunda respiración. Recordaba el dolor honesto de los huesos abriéndose paso, el calor de los músculos rompiéndose para hacerse más fuertes, la caída del mundo humano cuando las cuatro patas tocaban la tierra.
El shift de Kaia no fue suave.
Fue hermoso de una forma terrible.
Su espalda se arqueó. La tela de la chaqueta se rasgó desde los hombros. Los huesos crujieron, secos, rápidos, y aun así ella no gritó. Sus dedos golpearon el suelo y se alargaron en garras blancas. La piel se cubrió de pelaje como escarcha corriendo sobre agua negra. Su rostro cambió, mandíbula, pómulos, dientes, hasta que la mujer desapareció y en su lugar cayó una loba blanca, delgada y letal, con las orejas teñidas de gris plata.
Sus ojos eran oro pálido.
El rogue chocó contra ella.
Kaia giró bajo su peso, no para huir, sino para colocarlo donde quería. Sus garras abrieron la pata delantera del rogue. Él aulló y mordió hacia su cuello. Ella ya no estaba allí. La loba blanca se movió como si el aire le obedeciera: baja, rápida, silenciosa.
Mateo olvidó respirar.
El sello en su pecho crujió.
No se rompió.
Pero por primera vez desde su captura, algo dentro cedió medio centímetro.
El mundo se volvió más nítido.
El sudor de Nico. La sangre seca en la vara del Warrior más cercano. La ansiedad de los cautivos. El humo negro y amargo de Velasco en el balcón. Y debajo de todo, laurel, lluvia, flor blanca.
Mateo dio un paso sin darse cuenta.
La vara de un Warrior le golpeó el pecho.
—Atrás.
El dolor cerró otra vez el sello.
Mateo se dobló apenas, no por la vara, sino por la pérdida. Por ese segundo de aire limpio arrancado de sus pulmones.
En la arena, Kaia terminó la pelea.
El rogue intentó levantarse sobre tres patas. Ella saltó a su espalda, hundió los dientes donde el cuello se unía al hombro y tiró. No hubo crueldad de más. No hubo espectáculo innecesario. Solo precisión.
El cuerpo cayó.
La arena quedó en silencio.
Kaia soltó al rogue y levantó la cabeza. Tenía el hocico manchado de sangre, pero el resto de su pelaje seguía blanco, casi imposible. Su mirada pasó por los Warriors, por los cautivos, por Elder Ibarra.
Después se detuvo en Mateo.
No mucho.
Un segundo.
Suficiente para que su lobo sellado arañara tan fuerte que Mateo sintió la sangre bajar por dentro de su nariz.
Kaia parpadeó.
La loba blanca olfateó el aire.
Velasco también lo hizo.
La sonrisa del Alpha se volvió más lenta.
—Interesante —murmuró desde el balcón.
Mateo bajó la mirada por primera vez.
No por sumisión.
Para ocultar la sangre que acababa de caerle sobre los labios.
Porque lo que ellos no ven es que una niña de 6 años no tiene poder para decidir si quiere no convertirse en una asesina....
Ah pero buenos para exigir A los demás