Araiya siempre supo cómo debía vivir: sin errores, sin escándalos, sin salirse del camino. La perfección era su refugio… hasta que conoció a Andrés.
Él es todo lo que ella debería evitar. Frío, dominante y acostumbrado a controlar cada aspecto de su vida, Andrés no cree en el amor, solo en el poder. Pero hay algo en Araiya que no encaja en sus reglas, algo que lo desafía… y lo atrae de una forma que no puede detener.
Lo que comienza como una conexión prohibida pronto se convierte en un vínculo intenso, adictivo y peligroso. Entre decisiones impulsivas, secretos y un pasado que nunca deja de perseguirlos, ambos cruzan límites que cambiarán sus vidas para siempre.
Hasta que una traición lo destruye todo.
Cuando creen que ya no queda nada por salvar, aparece lo inesperado: una nueva vida que los une de una manera imposible de ignorar.
Ahora, entre el dolor, el orgullo y las segundas oportunidades, tendrán que decidir si el amor que los rompió… también puede ser el que los salve.
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Capítulo 1
Estoy aquí.
En el mismo bar al que siempre vengo cuando necesito desaparecer un rato.
No es el más elegante de la ciudad.
Ni el más exclusivo.
Ni el más caro.
Pero tiene algo.
Algo que me permite existir… sin que nadie haga preguntas.
Las luces son bajas.
La música lo suficientemente alta como para ahogar conversaciones.
Y la gente… está demasiado ocupada en sus propios problemas como para notar los de los demás.
Justo como yo.
Paso el dedo lentamente por el borde del vaso antes de llevármelo a los labios.
El hielo choca contra el cristal, produciendo ese sonido seco que, por alguna razón… me calma.
Por unos segundos.
Solo unos segundos.
Porque en cuanto el alcohol baja por mi garganta…
Todo vuelve.
—No puede ser… —murmuro, apenas audible.
Mi padrino está en la cárcel.
Incluso pensarlo se siente irreal.
Aprieto la mandíbula con fuerza.
Hace tiempo que no sé nada de él.
Perdí completamente la comunicación…
y ahora lo único que me queda son recuerdos.
Recuerdos de cuando más lo necesité…
y él estuvo ahí.
Recuerdos de cuando no tenía nada…
y aun así me ayudó.
Cierro los ojos.
Y entre todos esos recuerdos…
aparece ella.
Araiya.
Su rostro se forma claro en mi mente, como si nunca se hubiera ido.
Como si el tiempo no hubiera pasado.
Recuerdo la primera vez que la vi.
Recuerdo cómo me habló… sin prejuicios.
Como si yo no fuera ese niño sin nada.
Como si yo fuera alguien importante.
Y eso…
Eso fue suficiente para cambiar algo en mí.
Sonrío apenas.
Amargo.
Nunca le dije lo que sentía.
Nunca.
Porque en ese entonces…
yo no era nadie.
Y ella merecía todo.
—Cobarde… —susurro.
Abro los ojos y vuelvo a tomar.
Pero esta vez no es suficiente.
Nada lo es.
Apoyo los codos en la barra y me quedo mirando el reflejo de las luces en el vidrio, distorsionado… como todo en mi vida.
Todo cambió demasiado rápido.
No terminé la preparatoria.
No fui a la universidad.
Pero aun así…
aquí estoy.
Con 19 años…
y con más dinero del que alguna vez imaginé tener.
A veces ni yo mismo lo creo.
Todo empezó con pequeñas inversiones.
Alguien me enseñó a mover el dinero.
A hacerlo crecer.
No fue fácil.
Hubo días en los que pensé que lo perdería todo.
Días en los que sentí que no estaba hecho para esto.
Pero no me rendí.
Y ahora…
tengo mi propia empresa.
Tengo poder.
Tengo la capacidad de cambiar cosas.
De ayudar.
De hacer lo que antes nadie hizo por mí.
Mi mente viaja directo a ellos.
Kiara… soñando con ser modelo.
Mi hermano… ayudando a mi papá sin quejarse.
Y la más pequeña…
Sonrío de verdad esta vez.
Ella es distinta.
Es luz.
Es la razón por la que todo vale la pena.
Por ella empecé a trabajar tan joven.
Por ella aprendí a ser fuerte.
Los tres trabajamos.
Nos apoyamos.
Nos cuidamos.
Y luego está Araiya…
Bajo la mirada.
A ella siempre la protegimos más.
No porque fuera débil…
sino porque queríamos que tuviera lo que nosotros no tuvimos.
Una infancia.
Una vida sin preocupaciones.
Y yo…
Yo siempre fui el que más la cuidaba.
Sin darme cuenta.
O tal vez sí.
Un golpe seco sobre la barra me saca de mis pensamientos.
—Aquí tiene su bebida, señor.
Asiento levemente.
—Gracias.
Tomo el vaso.
Pero antes de beber…
algo cambia.
No es la música.
No es el ambiente.
No es el alcohol.
Es una sensación.
Instintiva.
Inexplicable.
Levanto la mirada.
Y entonces…
las veo.
No quería venir.
Se lo dije a Ángela una y otra vez.
Con excusas distintas.
Con tonos diferentes.
Pero todas significaban lo mismo:
no estoy bien.
Y aun así… aquí estoy.
Sentada frente a ella, con un vaso en la mano que apenas he probado,
y la mente llena de pensamientos que no me dejan respirar.
El ambiente del bar me incomoda.
Demasiado ruido.
Demasiadas miradas.
Demasiada gente fingiendo estar bien.
No es mi lugar.
Nunca lo ha sido.
Pero hoy…
nada lo es.
—Ángela… —digo, mirándola con preocupación— ¿no crees que ya tomaste suficiente?
Ella suelta una risa.
Pero no es una risa real.
No es ligera.
No es libre.
Es una risa que se rompe en el aire.
—Hoy no cuenta.
La observo en silencio.
Sé exactamente por qué está así.
Lo sé… y aun así no sé cómo ayudarla.
Porque hay dolores que no se arreglan con palabras.
Ni con compañía.
Ni con tiempo.
—Sabes que no me gusta tomar… —continúa, girando el vaso entre sus dedos— pero hoy… lo necesito.
Bajo la mirada.
El peso de lo que no decimos cae entre nosotras.
Pesado.
Inevitable.
—Es por mi papá…
Su voz cambia.
Se quiebra.
Se vuelve real.
Demasiado real.
Mi pecho se aprieta.
—Si tan solo pudiera encontrar a su ahijado… —susurra, más para sí misma que para mí— él podría ayudarnos… él siempre encontraba la forma…
Mi corazón se acelera.
Ese recuerdo.
Ese nombre.
Esa historia que nunca terminó.
Andrés.
Un nombre que no he pronunciado en años…
pero que nunca dejó de existir dentro de mí.
Antes de que pueda decir algo…
el mesero aparece.
—Esto lo envía el joven de la barra.
Parpadeo, confundida.
Ángela sonríe, con ese brillo curioso que aparece incluso en medio del caos.
—¿El dueño?
—No lo sé… —respondo, aunque algo dentro de mí ya se inquieta.
No es curiosidad.
No es emoción.
Es… otra cosa.
Algo más profundo.
Algo que no debería estar despertando… pero lo hace.
Ángela me empuja suavemente con el hombro.
—Ese es más tu tipo.
—No empieces…
—Ve tú.
Suspiro.
No tengo ganas.
No tengo energía.
No tengo espacio en la cabeza para nada más.
Pero tampoco quiero discutir.
—Está bien…
Me levanto lentamente.
Y en cuanto doy el primer paso…
lo siento.
Esa sensación.
Como si algo se activara dentro de mí.
Como si el aire cambiara de densidad.
Como si el mundo… se acomodara en silencio para algo que está a punto de pasar.
Doy otro paso.
Mi corazón empieza a latir más rápido.
Sin razón lógica.
No es nervios.
No es vergüenza.
Es reconocimiento.
Algo en mí… reconoce algo que aún no veo.
Aprieto ligeramente el vaso entre mis dedos.
Respiro hondo.
Solo vas a dar las gracias.
Nada más.
Nada importante.
Nada que cambie tu vida.
Pero en el fondo…
no estoy segura de eso.
Sigo avanzando entre las mesas.
Las luces vuelven todo borroso.
Difuso.
Casi irreal.
Como si estuviera caminando dentro de un recuerdo…
o hacia uno.
Y entonces…
sucede.
Una mano.
Firme.
Cálida.
Segura.
Sujeta la mía.
Mi cuerpo se congela.
El aire desaparece de mis pulmones.
No es un toque cualquiera.
No es un desconocido.
Es algo que mi piel reconoce antes que mi mente.
Algo que mi alma… no olvidó.
Mi respiración se corta.
No quiero voltear.
No puedo.
Porque una parte de mí…
ya sabe.
Y si confirmo lo que siento…
todo va a cambiar.
Todo.
Pero aun así…
lo hago.
Lento.
Como si el tiempo se estuviera rompiendo alrededor de este momento.
Como si el universo contuviera el aliento.
Y cuando lo veo…
todo desaparece.
El ruido.
La música.
La gente.
Todo.
Solo queda él.
Más grande.
Más fuerte.
Más… real.
Pero con los mismos ojos.
Los mismos que alguna vez me miraron como si yo fuera todo.
—¿…Andrés?
Mi voz apenas existe.
Un susurro tembloroso.
Pero suficiente.
Suficiente para romper los años.
Suficiente para traer de vuelta todo lo que creí perdido.
Y en ese instante…
entiendo algo que me asusta.
Nunca lo olvidé.
Nunca.
No estaba preparado para esto.
Para verla tan cerca.
Para sentirla tan real.
Para que su voz… volviera a decir mi nombre.
—Araiya…
Sale de mí sin esfuerzo.
Natural.
Instintivo.
Como si nunca hubiera dejado de pronunciarlo.
Como si todos estos años… hubieran sido solo una pausa.
Pero no lo fueron.
Porque cuando la miro bien… lo noto.
Sus ojos.
No son los mismos.
Siguen siendo hermosos.
Siguen siendo ella.
Pero ahora…
hay algo más.
Algo que no debería estar ahí.
Dolor.
Mi pecho se aprieta con fuerza.
Es inmediato.
Brutal.
Quiero preguntar.
Quiero entender.
Quiero saber quién se atrevió a romper algo que yo siempre quise proteger.
Pero no me da tiempo.
Porque en el siguiente segundo…
ella se acerca.
Y todo dentro de mí deja de pensar.
No hay lógica.
No hay dudas.
No hay pasado.
Solo instinto.
La recibo.
Y cuando su cuerpo choca contra el mío…
algo en mi interior se rompe también.
Me abraza con fuerza.
Como si se estuviera sosteniendo de mí para no caer.
Y entonces…
llora.
No es un llanto suave.
No es contenido.
Es un llanto real.
De esos que nacen desde lo más profundo.
De esos que duelen al escucharlos.
Siento cómo se aferra a mi camisa.
Cómo sus manos tiemblan.
Cómo su respiración se descontrola.
Y eso…
eso me destruye.
—Andrés… —intenta decir entre sollozos—… no sabes cuánto…
Pero no puede terminar.
No necesita hacerlo.
La entiendo.
La entiendo más de lo que debería.
La rodeo con mis brazos sin dudar.
Con firmeza.
Con necesidad.
Mi mano se desliza por su espalda, sosteniéndola.
La otra sube hasta su cabello, hundiéndose suavemente en él.
La acerco más.
Como si pudiera protegerla del mundo solo con eso.
—Tranquila… —murmuro cerca de su oído—. Estoy aquí.
Y lo estoy.
De verdad lo estoy.
No solo en este momento.
No solo en este lugar.
Estoy para ella.
Como debí haber estado siempre.
Siento cómo se rompe entre mis brazos.
Cómo deja salir todo lo que llevaba guardando.
Miedo.
Dolor.
Impotencia.
Todo.
Y algo dentro de mí cambia.
Se activa.
Fuerte.
Violento.
Protección.
Rabia.
Necesidad.
—Nadie te va a hacer daño… —susurro, esta vez más firme.
Mis palabras ya no son solo consuelo.
Son una promesa.
Una advertencia.
No sé qué pasó.
No sé quién está detrás.
Pero lo voy a averiguar.
Y cuando lo haga…
alguien va a pagar.
El tiempo deja de tener sentido.
No sé cuánto pasa.
Segundos.
Minutos.
No importa.
Porque en este momento…
solo existimos ella y yo.
Hasta que poco a poco…
su llanto empieza a calmarse.
Su respiración se vuelve más lenta.
Más estable.
Pero no la suelto de inmediato.
No quiero.
Y, en el fondo… sé que ella tampoco.
Finalmente, con cuidado…
la separo un poco.
Solo lo suficiente para verla.
De verdad verla.
Y ahí está.
Vulnerable.
Frágil.
Real.
Más real que nunca.
—Mírame… —le digo suavemente.
Duda un segundo.
Pero lo hace.
Y cuando nuestros ojos se encuentran…
ahí está otra vez.
Ese miedo.
No es pequeño.
No es pasajero.
Es profundo.
Peligroso.
Mi expresión cambia.
Se endurece.
—¿Qué pasó? —pregunto.
Esta vez no es suave.
Es firme.
Directo.
Necesito saber.
Ella traga saliva.
Lo duda.
Lo piensa.
Pero al final…
habla.
—Andrés… esto no es solo por mí.
Frunzo el ceño.
—¿Entonces?
Su voz tiembla apenas.
—Es por mi papá…
Mi corazón se detiene.
Otra vez.
—¿Qué pasó con él?
Sus ojos se llenan de lágrimas de nuevo.
Pero esta vez… no llora.
Esta vez… resiste.
—Está en la cárcel…
El mundo se queda en silencio.
Pero ahora…
no es sorpresa.
Es confirmación.
Aprieto la mandíbula.
—¿Quién fue?
Mi voz cambia.
Se vuelve fría.
Controlada.
Peligrosa.
Ella baja la mirada.
—No lo sabemos… pero creo que tengo una idea.
Doy un paso más cerca.
—Dímelo.
Levanta la vista.
Y lo que veo en sus ojos…
no es solo miedo.
Es advertencia.
—Esto es más grande de lo que crees…
Y en ese momento…
lo entiendo.
Esto no es solo un reencuentro.
Es el inicio de algo mucho más oscuro.
Mucho más peligroso.
Y esta vez…
no voy a quedarme al margen.
No aparto la mirada de la suya.
No ahora.
No cuando puedo ver claramente que está asustada… aunque intente ocultarlo.
—Dímelo —repito.
Más bajo.
Más firme.
Más peligroso.
Ella respira hondo.
Como si lo que está a punto de decir… fuera a cambiarlo todo.
—Hace tiempo… un inversionista vino a hablar con mi papá.
Mi mente empieza a moverse rápido.
Demasiado rápido.
—¿Qué quería?
Ella duda.
Apenas un segundo.
Pero lo noto.
—Que me casara con su hijo.
El mundo se detiene.
Pero esta vez… no hay silencio.
Hay algo peor.
Hay furia.
Siento cómo mi mandíbula se tensa.
Cómo mis manos se cierran lentamente.
—¿Qué? —sale de mí, más grave de lo que esperaba.
—Era un trato… un negocio…
Mis ojos se oscurecen.
—¿Y tu papá?
—Se negó.
Claro que lo hizo.
Eso encaja.
Eso explica demasiado.
Pero no todo.
—¿Y luego? —pregunto, aunque ya sé que no me va a gustar la respuesta.
Su voz baja.
—Lo amenazaron… dijeron que se iba a arrepentir.
El aire cambia.
Se vuelve pesado.
Denso.
Peligroso.
—¿Sabes quiénes son?
—Sí… pero no tengo pruebas.
Suelto una risa corta.
Sin humor.
Fría.
—No las necesitas.
Ella levanta la mirada, sorprendida.
—Yo me encargo.
Y lo digo en serio.
Más de lo que debería.
Porque esto…
esto ya no es solo su problema.
Nunca lo fue.
Sus ojos se abren apenas.
—Andrés…
—No —la interrumpo.
Doy un paso más cerca.
Invadiendo su espacio.
No para intimidarla.
Para que entienda.
—Esta vez no.
Mi voz baja.
Pero pesa.
—No voy a quedarme viendo cómo te destruyen.
Su respiración se acelera.
—Es peligroso…
—Me da igual.
Y no es una frase vacía.
Es una verdad.
Cruda.
Si alguien está detrás de esto…
si alguien creyó que podía usarla como moneda…
se equivocó.
Gravemente.
Mis manos se tensan a los costados.
Mi mente ya está trabajando.
Conectando.
Recordando.
Contactos.
Nombres.
Deudas.
Todo lo que construí…
todo lo que soy ahora…
sirve para esto.
Para protegerla.
Una voz interrumpe el momento.
—¿Todo bien por aquí?
Ambos volteamos.
Ángela.
Observándonos con atención.
Midiendo cada detalle.
—Sí… todo bien —responde Araiya rápidamente, limpiándose las lágrimas.
Pero no lo está.
Y los tres lo sabemos.
Ángela me mira.
Directo.
—Así que tú eres Andrés…
Levanto una ceja.
—Depende de lo que hayas escuchado.
Ella sonríe.
Pero no es una sonrisa cualquiera.
Es de esas que analizan.
Que entienden más de lo que dicen.
—Más de lo que imaginas.
No respondo.
No me interesa.
Porque en este momento…
solo hay una persona que importa.
Vuelvo a acercarme a Araiya.
Lo suficiente para que solo ella me escuche.
—Escúchame bien…
Mi voz baja.
Íntima.
Firme.
—No estás sola.
Sus ojos se clavan en los míos.
Y por un segundo…
duda.
Duda porque tiene miedo de creer.
Porque creer… significa confiar.
Y confiar… significa arriesgarse a perder otra vez.
Pero esta vez…
no voy a fallar.
—Nunca lo estuviste.
El silencio entre nosotros cambia.
Ya no es incómodo.
Ya no es pesado.
Es otra cosa.
Algo más profundo.
Más peligroso.
Más real.
Porque ahora…
esto ya no es solo un reencuentro.
Es una promesa.
Una guerra.
Y apenas acaba de comenzar.