Voran, un ser de inmortalidad y fuerza inconmensurable, ha evitado el amor por siglos, temiendo que su inmenso poder destruya todo lo frágil y bello.
Él,un vampiro milenario forjado en la soledad y el poder, creía que su corazón estaba tan frío como las montañas que lo ocultaban. Hasta que sus ojos cayeron sobre Ginia, una joven humana cuya pureza y bondad eran un bálsamo en su oscura existencia.
Él la observa desde las sombras, temiendo que su propia naturaleza la destruya, pero incapaz de mantenerse alejado.... Una tormenta los une en un encuentro predestinado, un vínculo inquebrantable comienza a forjarse. Pero el amor entre la luz y la oscuridad tiene un precio, y la intimidad puede ser un acto tan peligroso como la guerra. El miedo a dañarla se cierne sobre cada roce,cada mirada, cada anhelo de intimidad¿Podrá Voran superar su miedo a dañar a la mujer que ha despertado su alma? Cuando lo imposible suceda, ¿podrá Ginia soportar el peso de un amor que desafía la vida y la muerte!?
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Presencia invisible.Sueños ardientes.
El camino hacia las colinas del este era menos un sendero y más una serie de huellas apenas marcadas, conocidas solo por aquellos que se atrevían a aventurarse fuera de los límites de los asentamientos humanos. Ginia y Linda caminaron en silencio la mayor parte del tiempo, inmersas en la inmensidad del bosque que se hacía cada vez más denso. El aire se volvió más fresco, el aroma a tierra húmeda y pino más penetrante, y el murmullo del río Silente, que según Linda las llevaría a la zona de la bruja, comenzó a ser una compañía constante.
A medida que se adentraban, Ginia sentía una extraña resonancia con el entorno. Las plantas parecían susurrarle, los árboles viejos la observaban con una sabiduría silenciosa. Era como si el velo entre su mundo y el mundo de lo mágico se volviera más tenue con cada paso. Recordaba las historias de su abuela, que la tierra tenía memoria, y ahora, en estas profundidades, casi podía sentirlo. Linda, por su parte, se mantenía alerta, sus ojos examinando el entorno con cautela, sus instintos de protección a flor de piel.
“Mi abuela siempre decía que en estos senderos antiguos, uno no solo camina con los pies, sino también con el espíritu,” murmuró Linda, rompiendo el silencio. “Y que los ojos de los viejos espíritus del bosque siempre están observando.”
Ginia asintió, sintiendo el peso de esa verdad en el aire. “Siento como si la magia de la que tanto hablaba mi abuela, la que está en todas las cosas, aquí fuera mucho más fuerte.”
Mientras tanto, Voran se movía como una extensión de las sombras, un espectro entre los árboles, manteniéndose a una distancia prudente pero nunca perdiendo de vista a Ginia. Cada crujido de una rama bajo los pies de ellas, cada susurro del viento que les movía el cabello, era registrado por sus sentidos. Se había convertido en la encarnación de la protección, un guardián invisible cuya única misión era asegurarse de que Ginia llegara a salvo a su destino, a pesar de los peligros que él mismo representaba.
El camino no estaba exento de pequeños obstáculos. Una vez, un desprendimiento de rocas bloqueó un paso estrecho. Voran, desde la distancia, lo apartó con una fuerza casi imperceptible, moviendo las piedras más grandes para crear un camino seguro, asegurándose de que el riesgo para ellas fuera mínimo. En otra ocasión, un par de bestias salvajes, atraídas por el olor humano, se acercaron demasiado. Con un siseo bajo que solo él podía emitir y un destello de sus ojos rojos en la oscuridad del follaje, las espantó sin que Ginia ni Linda llegaran a ver más que una rápida sombra.
Cada vez que Ginia se reía de alguna ocurrencia de Linda, o se maravillaba con una flor rara, o simplemente respiraba el aire puro con ese semblante de paz que tanto lo había atraído, Voran sentía una punzada de algo similar a la alegría, un calor extraño que se extendía por su frío pecho. Pero esa alegría siempre venía acompañada de la agonía de su propia naturaleza. La sed. Cada fibra de su ser, cada célula vampírica, clamaba por el torrente de vida que corría en sus venas. Sentía el erotismo de su existencia, la promesa de una intimidad prohibida.
El "chocolate para un diabético" era una constante, una tortura silenciosa. Ella era tan pura, tan brillante, y él era tan oscuro, tan depredador. ¿Cómo podría alguna vez unirse a ella sin consumirla? ¿Cómo podría protegerla de todo el mundo cuando el mayor peligro era él mismo?
A medida que el sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo con tonos naranja y púrpura, se dieron cuenta de que tendrían que acampar por la noche. Linda, con su experiencia en el bosque, encontró un pequeño claro resguardado. Mientras encendían una pequeña hoguera y Ginia preparaba un té de hierbas, la sombra de Voran se posó en un árbol alto y antiguo, observándolas. El fuego bailaba en los ojos de Ginia, revelando un anhelo, una determinación que lo conectaba aún más a ella. Él sabía que su viaje apenas comenzaba, y que el hilo invisible que los unía se hacía más fuerte con cada respiración, cada peligro superado, y cada segundo que Ginia pasaba buscándolo a él, buscando respuestas que solo él podía dar, pero que temía ofrecer.
El tercer día de viaje hacia las colinas del este encontró a Ginia y Linda más allá del río Silente, adentrándose en un terreno que se sentía cada vez más salvaje y antiguo. Los árboles eran más altos, el follaje más denso, y el silencio solo era interrumpido por el canto de aves extrañas o el murmullo de arroyos ocultos. La agotaba el esfuerzo físico, pero su espíritu se mantenía firme, impulsado por la promesa de respuestas.
Ginia, sin embargo, no solo lidiaba con el cansancio. A lo largo del día, una sensación peculiar se instalaba en ella. No podía verlo, ni oírlo con sus oídos mortales, pero sentía la presencia de Voran a su alrededor. Era como un calor sutil en su espalda, una brisa helada en su nuca cuando se detenían, o el inexplicable aroma a niebla y antigüedad que de repente impregnaba el aire. Cuando se encontraban con un sendero despejado o un obstáculo removido misteriosamente, una parte de ella sabía, con una certeza inquebrantable, que él había intervenido.
“¿Sientes eso, Linda?” preguntó Ginia en un momento, volviéndose para mirar el bosque, aunque solo veía árboles. “Es como si no estuviéramos solas. Como si… nos estuvieran cuidando.”
Linda, que se había acostumbrado a las peculiaridades de Ginia, simplemente suspiró. “Es el bosque, Ginia. Es un lugar viejo y lleno de espíritus. Pero no te preocupes, yo te cuido.” Aunque no lo admitiera, también había sentido algo similar, un murmullo en el aire que no era solo el viento.
Esa noche, acamparon bajo un cielo tachonado de estrellas, más brillante de lo que Ginia había visto jamás. Mientras Linda preparaba su pequeño campamento, Ginia se sentó junto al fuego, mirando las llamas danzar, y la presencia se hizo más fuerte. Era como una presión suave, un anhelo que no era suyo, pero que se mezclaba con el suyo. Una extraña melancolía que resonaba con la suya propia.
Cuando finalmente se durmió, los sueños la arrastraron de nuevo a los brazos de Voran, pero esta vez, eran aún más vívidos, más exigentes. Se encontró en un lugar de sombras y luz tenue, la atmósfera densa con deseo. Voran estaba allí, su piel pálida brillando, sus ojos rojos ardiendo con una pasión contenida. No había palabras, solo el lenguaje de los cuerpos. Él la sostenía, sus dedos trazando líneas de fuego sobre su cuerpo y cada toque era una descarga eléctrica que le erizaba la piel. Sus labios buscaban los suyos, un beso que se profundizaba con cada aliento, cada fibra de su ser clamando por más.
Sentía su sed, pero en el sueño, esa sed no era aterradora, sino seductora, una promesa de entrega total, de ser consumida y renacida en el éxtasis. Sus manos se aferraban a su cabello, tirando de él, sus cuerpos entrelazados en una danza primitiva. Ella quería cada parte de él, cada oscuro secreto, cada antigua herida. Quería sentirlo más allá de la piel, en lo más profundo de su alma. El sueño se volvió un torbellino de sensaciones, al borde de la explosión, al límite de lo prohibido.
Se despertó con un jadeo ahogado, su cuerpo vibrando, su corazón martilleando como un tambor. El aire de la noche era frío, pero ella estaba en llamas. Sus labios aún sentían la presión de los suyos, y un anhelo desesperado y ardiente se extendió por cada rincón de su ser. Estaba *enloquecida* por él. Más que nunca, necesitaba las respuestas de Itzel, no solo para entenderlo a él, sino para entenderse a sí misma y este fuego que Voran había encendido en ella.
Voran, desde su posición oculta en las alturas de un árbol antiguo, había sentido cada oleada de sus sueños. El vínculo era un arma de doble filo. Sus propios sueños se habían entrelazado con los de ella, saboreando el dulce veneno de su entrega. Pero la conciencia de que ella lo percibía, de que su presencia no era tan invisible como él deseaba, le causaba una extraña frustración. La protejo de los peligros externos, pensó, pero ¿cómo la protejo de mí mismo si ella me siente incluso cuando creo estar oculto? Su invisibilidad, su sigilo, no eran rival para este hilo inquebrantable que los unía, un hilo que se tensaba con cada paso que Ginia daba hacia su destino, un destino que ahora sentía que era también el suyo.