Es una historia intensa y visceral sobre pasión, ambición y lealtad en un universo donde cada decisión puede ser la última.
Un romance envuelto en balas.
Una guerra donde el corazón es el único territorio que no están dispuestos a perder.
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CAPÍTULO 1.
Estoy sentada viendo a mis tres hijos peleando por un simple juego de cartas. EL viento las mueve sobre la mesa del jardín, algunas se levantan y giran sobre la mesa antes de volver a caer.
Miguel, mi hijo mayor, ahora con veintitrés años, protesta de inmediato. Acusa a Theo, el del medio con veintiuno, de hacer trampa.
Lucas, el menor con diecinueve, apenas parpadea.
Tiene la misma mirada que su padre cuando algo se rompe por dentro y decide no decirlo. Ese gesto… esa forma de mirar al vacío como si dentro de él hubiera una tormenta que nadie más puede ver.
Lucas siempre fue el más parecido a su padre. No físicamente, no en la voz, más bien en el silencio.
Miguel golpea la mesa con su mano abierta.
_ ¡Te estoy diciendo que escondiste una carta! _ le dice a Theo, quien rueda los ojos, irritado.
_ Si no sabes perder, no juegues.
El viento vuelve a levantarse y una de las cartas sale volando de la mesa. Y se desliza por el suelo hasta detenerse junto a mis pies.
Me inclino para recogerla.
Es un rey... Sonrío sin querer... Claro que es un rey.
Cuando levanto la vista, Lucas ya no mira a sus hermanos. Me está mirando a mí, como si supiera exactamente qué estoy pensando en él.
"En su padre"
_ Mamá _ dice de pronto, rompiendo su propio silencio _ ¿Tú crees que algún día vuelva?
La pregunta pesa más que cualquier discusión de tres hermanos sobre el juego.
Cierro los ojos por un instante y toda mi vida pasa por mi mente como una película en cámara lenta.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
...... ASÍ COMIENZA MI HISTORIA......
Dicen que cuando nací no lloré.
Mi abuela cuenta que abrí los ojos y miré todo como si estuviera evaluando si valía la pena quedarme o morir.
Mi madre se fue esa misma noche que me dio a luz.
No dejó una carta.
No dejó una foto.
No dejó un nombre escrito con amor en ninguna parte.
Solo me dejó.
Crecí en la casa humilde y pequeña con mis abuelos, una de esas con paredes gruesas y olor permanente a humedad. Mi abuelo decía que yo había llegado a salvarles la vida y mi abuela decía que yo era “un regalo que vino envuelto en dolor”.
Nunca me ocultaron la verdad.
_ Tu mamá no estaba preparada _ me repetían.
Pero nadie me explicó cómo se prepara una mujer para abandonar a su hija.
De niña, inventaba historias. Decía que mi madre era espía, actriz famosa, que estaba enferma y no podía volver por mí. Era más fácil imaginarla heroína que cobarde.
En el colegio aprendí rápido a sonreír cuando preguntaban por mis padres.
_ Vivo con mis abuelos _ decía con orgullo ensayado.
Y era verdad... Vivía con ellos, crecí entre las manos arrugadas de mi abuelo enseñándome a andar en bicicleta y la voz firme de mi abuela corrigiendo mi postura en la mesa. Me dieron todo lo que pudieron… y un poco más.
Pero hay vacíos que ni el amor más grande logra llenar.
A los ocho años encontré una caja en el fondo del armario. Dentro había una manta de hospital y una pulsera diminuta con mi nombre escrito a mano. La apreté tan fuerte contra el pecho que me dejó marca.
Ese fue el día que entendí que yo sí fui real para ella… al menos por unas horas y a veces me pregunto si me sostuvo, si me miró o si dudó aunque sea un poco.
Ya cuando tenía 10 años, mis abuelos fueron un día al mercado, yo no quise ir.
Había fingido un pequeño dolor de estómago porque quería terminar un dibujo que estaba haciendo en la mesa de la cocina. Mi abuela me miró con esa expresión que siempre sabía cuando mentía… pero no dijo nada.
_ No abras la puerta a nadie _ me advirtió mi abuelo antes de salir.
Fue la última vez que escuché su voz.
La casa quedó en silencio, un silencio tranquilo y familiar y el reloj marcaba cada segundo con un tic-tac suave. Yo coloreaba el vestido de una mujer que había dibujado, imaginando que era mi madre.
A las once y veinte escuché sirenas que se detuvieron demasiado cerca.
Alguien golpeó la puerta.
Recordé la advertencia de mi abuelo y no abrí.
—¿Aurora? —preguntó una voz desconocida desde afuera.
Sentí algo frío subir por mi espalda.
—Soy el oficial Ramírez. Necesitamos hablar contigo.
Abrí.
Había dos hombres uniformados y la señora Julia, la vecina. Ella estaba llorando.
Yo no entendía por qué.
_ Hubo un accidente en la carretera _ dijo uno de los oficiales con voz extrañamente suave _ El camión perdió el control y los mató.
Recuerdo la palabra Muerte, también recuerdo que alguien intentó tocarme el hombro y yo me aparté.
No lloré.
No grité.
Solo caminé hasta la habitación de mis abuelos, me senté en la cama y esperé. Esperé a que la puerta se abriera, esperé a escuchar las bolsas del mercado apoyándose en la mesa, esperé a que mi abuela dijera que todo había sido un malentendido.
Pero la tarde cayó y luego la noche también...Y nadie regresó.
Ese día entendí algo terrible: las despedidas no siempre se anuncian y que a veces la vida te cambia mientras tú estás coloreando un dibujo en la cocina.
......................
Crecí con una convicción clara: si algún día alguien me amaba, tendría que quedarse siempre a mi lado y nunca dejarme sola.
Porque el abandono no desaparece, se vuelve miedo, se vuelve desconfianza cuando alguien dice “para siempre”. Se vuelve esa voz interna que susurra: siempre estarás sola.
Pero también se vuelve fuerza.
Se vuelve una armadura invisible.
Una promesa silenciosa de no volver a depender de nadie, de no permitir que mi estabilidad tenga el nombre de otra persona.
Aprendes a leer señales antes de que las palabras las confirmen, aprendes a no suplicar explicaciones y aprendes a irte antes de que te dejen.
ella claramente le dijo que era una trampa pero el de disque macho se fue y cayó en el anzuelo a si que no venga a reclamar nada 😡
despues de aquí seguro aparecerá la valentina esa ocupando el lugar de aurora