En la vibrante metrópolis de Shanghái, la sangre no solo corre por las venas; es la moneda de cambio de un imperio que ha gobernado desde las sombras durante milenios.
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Capítulo 17
La huida de Macao fue un borrón de lluvia, sirenas y el olor a carne quemada. Zixuan no regresó a la torre de Shanghái ni a la mansión de Suzhou. Sabía que tras la masacre del casino y la muerte de Si Long, la guerra total había estallado. Se refugiaron en un antiguo almacén de seda en el distrito de Zhujiajiao, un lugar que olía a olvido y canales estancados.
Yan ayudó a Zixuan a bajar del coche. El poderoso líder de los Li caminaba con dificultad, algo que ella nunca creyó ver. El fósforo blanco seguía corroyendo su tejido sobrenatural, y aunque no era plata, la intensidad química de la mezcla diseñada por los cazadores impedía que su regeneración funcionara.
—Déjame... —gruñó Zixuan mientras se desplomaba en un viejo sillón de terciopelo polvoriento en la oficina del almacén—. Déjame solo, Yan.
—No seas idiota —respondió ella, con una voz que sorprendió a ambos por su firmeza—. He visto cómo funcionan vuestras heridas. Si no limpio esa sustancia de tu carne, te consumirá hasta el hueso.
—Soy un Li —siseó él, sus ojos brillando con un ámbar debilitado—. No necesito la compasión de una humana.
—Pues ahora mismo, el "gran Li" parece un perro apaleado —Yan buscó un botiquín de emergencia que siempre llevaba en su mochila de hackeo—. Cállate y déjame trabajar. Me debes esto por intentar matar a mi hermano.
Zixuan soltó una risa seca que terminó en un quejido de dolor. Yan cortó los restos de su túnica con unas tijeras quirúrgicas. La quemadura era horrible; el brazo derecho, desde el hombro hasta el codo, era una masa de carne negra y burbujeante que desprendía un humo rancio.
—¿Por qué no sanas? —preguntó ella, sintiendo que se le revolvía el estómago mientras empezaba a limpiar la herida con una solución salina especial que Qi le había mencionado una vez—. He visto cómo te cerrabas heridas de bala en segundos.
—Es... veneno sagrado mezclado con el fósforo —explicó Zixuan, apretando los dientes con tanta fuerza que Yan temió que se le rompieran—. Los cazadores de "El Círculo de Ceniza" usan alquimia antigua. No solo atacan el cuerpo, atacan la esencia. Mi sangre está... confundida. No sabe qué parte debe reparar primero.
Yan trabajaba con manos temblorosas pero precisas. Cada vez que tocaba la herida, una descarga de agonía pura recorría el vínculo de la luna negra. Ella gemía de dolor al mismo tiempo que él. Era una simbiosis de sufrimiento que la dejaba agotada, pero no se detuvo.
—¿Por qué viniste por mí, Zixuan? —preguntó ella en un susurro mientras aplicaba una pomada neutralizante—. Podrías haberme dejado allí. Habrías evitado la herida, habrías evitado el conflicto directo con los cazadores.
Zixuan abrió los ojos y la miró. En ese momento, sin la armadura de su arrogancia, Yan vio algo que la dejó helada: vulnerabilidad. No era el depredador alfa; era un ser que llevaba siglos de soledad a cuestas.
—Porque eres mi ancla, Yan —confesó él, su voz apenas un hilo—. Desde que bebí de ti en el ritual... el mundo dejó de ser gris. Llevo doscientos años viendo cómo las dinastías caen y los imperios se levantan, y nada me había hecho sentir un latido en mi corazón muerto hasta que te vi en esa oficina. Eres una debilidad, sí. Una maldición. Pero prefiero arder contigo que seguir existiendo en la nada.
Yan se detuvo, con los dedos manchados de su sangre oscura y fría. Sus ojos se encontraron con los de él, y por primera vez, no sintió miedo. Sintió una tristeza infinita.
—Estamos condenados, ¿verdad? —dijo ella, acariciando suavemente la parte sana de su brazo.
—Estamos en guerra —corrigió él—. Li Zhou, el Anciano, no perdonará mi fracaso en Macao. Considerará que mi obsesión contigo me ha vuelto inútil para el clan. Enviará a los "Wu-Shi" no solo por ti, sino por mi cabeza.
—Entonces tenemos que ser más listos que él —Yan se levantó y empezó a teclear en su tableta—. Si el Sindicato Li se basa en el flujo de sangre y dinero, cortaremos la arteria. Sé dónde están las granjas, Zixuan. Lo vi en tus archivos antes de que quemáramos la mansión. Si destruimos el "Proyecto Manantial", Li Zhou perderá su base de poder. Los otros clanes se volverán contra él cuando se den cuenta de que ya no puede proveerles.
Zixuan la observó con una mezcla de orgullo y temor.
—Esa es la mente de una Li, no de una Shu —murmuró—. Estás aprendiendo a jugar a nuestro nivel.
—He tenido al mejor maestro —respondió ella con una sonrisa amarga.
La noche avanzó. La fiebre —algo inaudito para un vampiro— empezó a apoderarse de Zixuan. Deliraba en fragmentos de mandarín antiguo, hablando de inviernos en la Ciudad Prohibida y del sabor de la traición de una mujer que amó hace un siglo. Yan se quedó a su lado, refrescando su frente con agua fría, permitiéndole que se aferrara a su mano como si fuera lo único real en su existencia.
En un momento de lucidez, Zixuan la atrajo hacia sí.
—Yan... si no sobrevivo a la purga de la sangre... promete que correrás. Qi te encontrará. Él... él te odia ahora, pero te protegerá de los demás.
—No vas a morir —dijo ella, con una convicción que no sabía de dónde venía—. No después de todo lo que hemos pasado. No te salvé de una explosión para que te rindas ante un poco de química barata.
Se inclinó y lo besó. Fue un beso casto, lleno de una ternura que parecía fuera de lugar en medio de aquel almacén polvoriento y la amenaza inminente de muerte. Zixuan suspiró contra sus labios, y por un segundo, Yan juró que sintió un leve movimiento en el pecho de él, un eco lejano de un pulso que se negaba a apagarse.
Hacia el amanecer, la herida de Zixuan dejó de supurar. El tejido negro empezó a ser reemplazado por una piel nueva, pálida y suave, aunque él seguía extremadamente débil.
—Necesitas alimentarte —dijo Yan, desabrochando el primer botón de su camisa y exponiendo su cuello—. Mi sangre es lo único que te dará la fuerza necesaria para levantarte.
Zixuan negó con la cabeza, sus ojos brillando con una advertencia.
—No, Yan. Si bebo de ti ahora, en mi estado de debilidad, el vínculo se volverá permanente. No habrá vuelta atrás. Serás mía en cuerpo y alma hasta que uno de los dos sea polvo. No tendrás otra vida. No tendrás libertad.
Yan tomó su rostro entre sus manos, obligándolo a mirarla.
—¿Libertad? —preguntó ella—. Mi libertad murió el día que entraste en mi vida. Y sabes qué es lo más gracioso... que ya no la quiero si significa estar sin ti. Bebe, Zixuan. Conviérteme en lo que necesites que sea, pero levántate y ayúdame a quemar este mundo.
Él no pudo resistirse más. Con un gemido que era mitad súplica y mitad hambre, hundió sus colmillos en el cuello de Yan. Ella cerró los ojos, sintiendo el tirón familiar, la euforia mareante que recorría sus venas mientras su vida fluía hacia él.
En la penumbra del almacén de seda, la línea entre la víctima y el verdugo se borró por completo. Zixuan absorbía su fuerza, y a cambio, Yan sentía cómo su mente se expandía, percibiendo las sombras de la ciudad, el latido de los pájaros en el techo, y la inminente llegada de los asesinos del consejo.
Ya no eran una humana y un vampiro. Eran una entidad única, forjada en el dolor y sellada en sangre. El inmortal había encontrado su debilidad, y la humana había encontrado su propósito oscuro. Mientras el sol empezaba a filtrarse por las grietas del techo, ambos sabían que la verdadera batalla por el Trono de Sangre acababa de comenzar.