Aidan ha vuelto. Ya no es el niño asustado, sino un hombre de negocios implacable, listo para reclamar todo lo que dejó atrás. Se reencuentra con Iris, ahora una mujer poderosa, socia de la sofisticada Atelier Vértice, cuya figura irradia una elegancia que desarma.
El ya decidió irá por todo y su gordita sera de él
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CAPITULO 4.
La mañana del lunes no trajo paz, sino un despliegue de guerra psicológica que Iris no vio venir.
Cuando bajó a la sala de estar, el aroma era embriagador. No era el olor a café de su padre, sino algo más dulce, más denso. Sobre la mesa de mármol del recibidor descansaba un ramo de peonías blancas y rosas rojas tan grandes que parecían sacadas de un cuadro. Al lado, una caja de madera oscura con el sello de una chocolatería artesanal que Iris sabía que cobraba una fortuna por cada bombón.
Iris sintió un vuelco en el estómago. Él. El hombre de la máscara.
Se acercó con cautela, como si las flores fueran a morderla. Entre los pétalos, una pequeña tarjeta de papel grueso mostraba una caligrafía firme, de trazos seguros y algo agresivos.
"Anoche el rojo te sentaba como un pecado, pero hoy sospecho que el blanco te haría parecer una santa. Y ambos sabemos que no lo eres. Disfruta del dulce, Iris. Lo vas a necesitar para aguantar lo que viene. — S."
—¿S? —susurró ella, sintiendo un escalofrío que no era de miedo—. ¿Quién diablos firma como S?
Apretó la nota contra su pecho. La mención del vestido rojo la transportó de golpe a la oscuridad del bosque artificial. Cerró los ojos y, por un segundo, el aroma de las flores se mezcló en su mente con aquel olor a metal y tormenta que recordaba del sábado. Y entonces, como un relámpago, la imagen de Aidan riendo en el desayuno cruzó por su mente.
—No. Es imposible —se regañó a sí misma, arrugando el papel—. Aidan no sabe escribir una nota sin insultarme. Ese animal no tiene ni una gota de romance en las venas.
—¿Hablando sola otra vez, Colman? ¿O es que ya empezaste a perder la cordura por falta de azúcar?
La voz de Aidan llegó desde el umbral de la puerta, cargada de esa ironía que siempre lograba que a Iris se le tensaran hasta los dedos de los pies. Estaba apoyado en el marco, con los brazos cruzados, vistiendo una camiseta negra ajustada que dejaba poco a la imaginación sobre el trabajo que había hecho en el gimnasio durante esos tres años.
Iris se obligó a no mirarlo más de la cuenta, pero era difícil. El "cerdito" que la molestaba en el colegio se había convertido en un hombre de facciones afiladas, una mandíbula que parecía tallada en piedra y unos ojos oscuros que parecían leerle hasta los pecados más profundos. Estaba... condenadamente guapo. Y ella lo odiaba por eso. Lo odiaba con cada fibra de su ser.
—¿Qué haces todavía aquí, Aidan? ¿No tienes una empresa que arruinar o alguien a quien molestar en otra ciudad? —Iris se interpuso entre él y las flores, intentando ocultar el regalo.
Aidan soltó una risa seca y caminó hacia ella con esa seguridad depredadora. Cada paso que daba hacía que el espacio en la sala se sintiera más pequeño.
—Vine a recoger unos documentos de tu padre. Pero veo que alguien se te adelantó con los buenos días —dijo él, deteniéndose a escasos centímetros de ella. Se inclinó sobre su hombro, ignorando por completo el espacio personal de Iris, para oler las peonía
—. Vaya... Peonías. Un poco cliché para alguien que dice ser tan original, ¿no crees?
—A ti qué te importa —espetó ella, girándose para enfrentarlo. Estaban tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo—. Al menos alguien sabe cómo tratar a una mujer sin recordarle cuántas calorías tiene lo que come.
Aidan bajó la mirada hacia la caja de chocolates y luego volvió a los ojos de Iris. Sus pupilas se dilataron un poco, y por un instante, esa mirada burlona desapareció para dejar paso a algo mucho más oscuro. Algo que Iris ya había visto.
—¿Eso crees? —Aidan alargó la mano y, antes de que ella pudiera reaccionar, tomó un bombón de la caja. Lo sostuvo frente a los labios de Iris—. El chocolate es un placer peligroso, Iris. Te hace bajar la guardia. Te hace confiar en quien no debes.
—No voy a comer nada que tú toques —dijo ella con la voz temblorosa, aunque su cuerpo se inclinaba inconscientemente hacia él.
—Pruébalo —ordenó él. No fue una petición, fue ese tono de mando que la hizo estremecer—. O quizás tienes miedo de que te guste demasiado lo que yo te ofrezco.
Aidan rozó el labio inferior de Iris con el chocolate. Ella abrió la boca para protestar, pero él aprovechó el momento para deslizar el dulce dentro. Sus dedos rozaron la lengua de Iris por un segundo, un contacto eléctrico que la dejó paralizada.
Él se quedó ahí, observándola mientras ella masticaba lentamente, con el sabor amargo y dulce inundando sus sentidos. Aidan se llevó el dedo que había tocado los labios de ella a su propia boca y lo lamió con una lentitud pecaminosa, sin dejar de mirarla a los ojos.
—¿Ves? —susurró él, acercándose a su oído—. Sigue siendo tan fácil provocarte como cuando tenías diez años. Sigues siendo la misma niña impulsiva... solo que ahora el vestido rojo te queda mucho mejor de lo que cualquier hombre debería permitir.
Iris sintió que el suelo desaparecía. El vestido rojo.
—¿Cómo sabes lo del vestido? —preguntó ella, con el corazón martilleando contra sus costillas.
Aidan se alejó un paso, recuperando su máscara de arrogancia habitual. Se encogió de hombros con indiferencia.
—Toda la ciudad habla de la "Heredera de Rojo" que casi causa un infarto a su padre. No te creas tan especial, Colman. Solo eres el chisme de la semana.
Él se dio la vuelta y salió de la sala sin mirar atrás, dejándola sola con el aroma de las flores y el sabor del chocolate que ahora le sabía a traición.
Iris se dejó caer en el sofá, tocándose los labios donde todavía sentía el rastro de los dedos de Aidan. "Es él", pensó por un momento. Pero luego sacudió la cabeza con furia. No podía ser. Aidan la odiaba, la despreciaba, se burlaba de ella. El hombre de la máscara la había tocado como si fuera lo más valioso del mundo.
Eran dos hombres diferentes. Tenían que serlo. Porque si Aidan era el dueño de ese beso, Iris estaba perdida. Estaba enamorada de su peor pesadilla, y eso era un billete directo al infierno.
Miró la nota de nuevo. "S".
S de Secreto. S de Sombra.
O quizás... S de Suplicio.
Caminó hacia el espejo del recibidor y se miró. Estaba pálida, con los ojos brillantes y los labios rojos por el chocolate y la agitación. Se veía hermosa, y por primera vez en su vida, no le importaba si pesaba un kilo más o un kilo menos. Solo le importaba el fuego que Aidan —o la Sombra— había encendido en ella.
—Esto es la guerra, Aidan —susurró al reflejo—. Y juro que no vas a ser tú quien gane.