Órfana desde pequeña, Ayslan fue criada solo por su abuela. Cuando su salud empeora y los gastos médicos se vuelven urgentes, Ayslan acepta trabajar como camarera en un club de lujo… sin imaginar que ese paso cambiaría su vida para siempre.
Álvaro, un poderoso jefe de la mafia, vive consumido por la culpa después de perder a su esposa embarazada en una traición sangrienta. Al ver en Ayslan una perturbadora similitud con la mujer que perdió, toma una decisión extrema: obligarla a un matrimonio donde nada es elección, solo condición.
Atrapados en una relación marcada por el control, el silencio y el dolor, Ayslan lucha por no desaparecer en un papel que nunca quiso, mientras Álvaro confunde luto con posesión y obsesión con amor.
Cuando huir se convierte en la única forma de sobrevivir, ambos se ven obligados a enfrentar las consecuencias de lo que fue impuesto. Entre culpa, arrepentimiento y sentimientos que resisten al final, nace una historia sobre la pérdida y la oportunidad de empezar de nuevo, incluso cuando todo comenzó mal.
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Capítulo 2
El camino hasta el club fue hecho con el corazón en alerta.
Ayslan andaba rápido, abrazando la bolsa contra el cuerpo.
La calle tenía ese aire común, pero, en cada esquina, ella sentía como si estuviera atravesando una línea invisible entre la vida simple que conocía y otra cosa… más oscura, más peligrosa, más desconocida.
Cuando llegó a la dirección, sus pasos disminuyeron.
El edificio era grande, elegante, con una fachada iluminada.
Carros caros llegaban y salían, y hombres bien vestidos entraban como si allí fuese solo otra parte de sus rutinas.
Ayslan paró en la acera y sintió un frío subir por la espina dorsal.
Fue cuando Camila apareció, viniendo deprisa, con el uniforme ya listo y una expresión seria.
—¡Amiga! —Camila sujetó sus manos.
—En verdad viniste.
Ayslan intentó sonreír, pero no lo consiguió.
—Vine.
Camila la analizó de arriba abajo y respiró hondo.
—Escucha. Tú solo haces lo que manden dentro de tu trabajo. Nada más.
No le debes nada a nadie, ¿oíste? Si alguien te mira extraño, si alguien habla de más, tú vienes conmigo.
Ayslan asintió, y Camila apretó su mano.
—Todo saldrá bien. La primera noche es la peor. Después nos acostumbramos… o aprendemos a fingir que nos acostumbramos.
Ayslan tragó saliva.
—¿Vamos?
Camila dijo que sí y la jaló con delicadeza para dentro.
Así que atravesó la puerta, Ayslan fue alcanzada por luces, perfume, música y voces.
Un mundo entero en segundos.
Ella intentó respirar, pero el aire parecía diferente allí. Denso. Caro. Lleno de intenciones.
Mientras Camila la guiaba para el corredor de los funcionarios, Ayslan sintió —sin entender por qué— que alguien la observaba.
Allá del otro lado del salón, en un espacio reservado, un hombre estaba sentado como si fuese dueño de todo alrededor.
El terno oscuro parecía hecho a medida, y la postura no era de quien frecuentaba… era de quien comandaba.
Ayslan no vio el rostro claramente.
Solo sintió el peso de aquella mirada atravesando la música y la multitud, como un aviso silencioso.
Y, sin saber, ella acabó de entrar en la historia que cambiaría su vida para siempre.
El club estaba lleno aquella noche.
Música baja, risas calculadas, copas caras siendo servidas con precisión.
Para muchos, aquel lugar era diversión.
Para otros, poder. Para Álvaro Mendes, era apenas territorio.
Sentado en el área reservada, él observaba todo sin realmente ver nada.
La mirada fría y distante. Hombres hablaban a su alrededor, negocios eran comentados en tono casual.
Álvaro oía, asentía cuando necesario, pero su mente estaba en otro lugar.
Siempre estaba.
La muerte de Bruna nunca había salido de aquel espacio entre el pecho y la garganta.
No importaba cuántos años pasasen. No importaba cuántos enemigos él eliminase, cuántas alianzas formase.
El recuerdo permanecía vivo, pulsando como una herida que nunca cicatrizaba.
Él llevó el vaso de whisky a los labios, pero no bebió.
—El cargamento llega mañana —dijo uno de los hombres en la mesa—. Todo bajo control.
Álvaro hizo un gesto breve con la cabeza. Control. Esa palabra ya no significaba tanto como antes.
Fue entonces que algo cambió en el aire.
No fue la música.
No fue el tono de las voces.
Fue una sensación extraña, incómoda, como si alguien hubiese tocado una memoria que él mantenía encerrada a la fuerza.
Él levantó los ojos.
Del otro lado del salón, una joven caminaba detrás de otra camarera.
El uniforme simple contrastaba con el ambiente lujoso.
Ella parecía desplazada —y exactamente por eso llamaba la atención.
Álvaro estrechó la mirada.
El mundo alrededor perdió el sonido.
El modo de andar. El perfil delicado. El cabello atado de forma simple.
Y, cuando ella viró el rostro levemente, el golpe fue directo.
El vaso escapó un poco de su mano.
—No… —murmuró, casi sin voz.
La imagen delante de él no tenía sentido.
Era imposible. Bruna estaba muerta.
Él la había enterrado con las propias manos.
Había visto el cuerpo. Había sentido la sangre, el olor, el fin.
Y aun así…
Allí, delante de él, estaba alguien que parecía haber sido arrancada del pasado.
—¿Álvaro? —llamó uno de los hombres, percibiendo el silencio—. ¿Está todo bien?
Él no respondió.
Se levantó lentamente, ignorando las preguntas, las miradas curiosas, los protocolos.
Sus pasos eran firmes, pero por dentro todo se despedazaba.
Ayslan cargaba una bandeja con copas de champán cuando sintió el escalofrío recorrer su espina dorsal.
Era como si el aire se hubiese tornado más pesado.
Ella intentó mantener la postura, recordando las palabras de Camila: mirada baja, pasos firmes, nada de llamar la atención.
Pero algo —o alguien— la obligó a levantar los ojos.
El hombre venía en su dirección.
Alto. Elegante. Peligroso.
No había sonrisa en su rostro, apenas una expresión dura, casi incrédula. Los ojos oscuros parecían atravesarla, como si buscasen algo más allá de lo que ella era.
Ayslan sintió el corazón acelerar.
Ella no sabía quién él era, pero sabía instintivamente que aquel hombre no era como los otros clientes.
Él no miraba como quien desea.
Miraba como quien reconoce… o exige.
Álvaro paró a pocos pasos de ella.
El salón entero pareció desaparecer.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó, la voz baja, controlada, pero cargada de algo que ella no supo identificar.
Ayslan tragó saliva.
—Ayslan… señor.
El nombre no era lo que él esperaba.
Pero el rostro… el rostro era un golpe cruel.
Él dio un paso más, aproximándose demasiado.
Camila, del otro lado del salón, percibió la escena y sintió el estómago revolver.
Ella conocía aquel hombre de vista.
Todos allí conocían.
Y sabían que no se decía “no” a él.
—Levanta el rostro. —Álvaro ordenó.
Ayslan vaciló por un segundo. No era un pedido. Era una imposición.
Ella levantó el mentón.
Los ojos de ellos se encontraron.
Álvaro sintió el suelo desaparecer bajo sus pies.
No era Bruna. Había algo diferente. Más suave. Más real.
Pero la semejanza era cruel demás para ser coincidencia.
—¿Hace cuánto trabajas aquí? —él preguntó, ahora con la voz aún más fría.
—Es… mi primer día.
El primer día.
La ironía casi lo hizo reír.
Álvaro respiró hondo, luchando contra el impulso que crecía dentro de él —el mismo impulso que lo había hecho perder todo una vez.
—Quiero que sirvas solo en mi mesa hoy.
Ayslan sintió la sangre helar.
—Señor, yo… yo necesito hablar con la supervisora.
—No es necesario. —Él sacó una tarjeta del bolsillo y se la entregó—. Dile que fue un pedido mío.
Camila apareció al lado de ella casi inmediatamente.
—¿Algún problema? —preguntó, intentando sonar firme.
Álvaro lanzó una mirada rápida a la otra camarera.
—Ninguno. —Después volvió a encarar a Ayslan—. Ella se queda conmigo.
Camila conocía aquella mirada. No había discusión.
—Ayslan… —murmuró, bajo, al pasar por ella—. Cualquier cosa, me llamas.
Ayslan asintió, sintiendo el cuerpo tenso.
Mientras caminaba detrás de Álvaro en dirección al área reservada, ella no sabía explicar lo que sentía.
Miedo, sí. Pero había también algo extraño… como si aquel hombre cargase un dolor tan pesado como el de ella.
Álvaro se sentó e indicó la silla en frente.
—Sirve.
Ella obedeció, las manos trémulas.
Él la observaba en silencio.
Cada gesto. Cada respiración.
No como un hombre deseando una mujer, sino como alguien intentando encajar una pieza quebrada de su propia alma.
—¿Tienes familia? —él preguntó de repente.
Ayslan fue tomada por sorpresa.
—Tengo… mi abuela.
—¿Solo ella?
—Solo ella.
Álvaro apretó la mandíbula.
—¿Por qué viniste a trabajar aquí?
—Mi abuela está muy enferma, tengo que ganar dinero para cuidarla.
—¿Y tú harías cualquier cosa por ella?
Ayslan respondió sin pensar:
—Haría.
El silencio que se siguió fue pesado.
Álvaro apoyó el codo en la mesa y pasó la mano por el rostro. La decisión comenzaba a formarse —peligrosa, equivocada, inevitable.
—Ayslan… —él dijo lentamente—. Tu vida acaba de cambiar.
—¿Cambiar cómo?
—Una idea repentina que me pasó por la cabeza, usted está dispensada por el momento, mañana conversaremos mejor.
Ella sintió un escalofrío recorrer todo el cuerpo.
Y, sin saber, acababa de tornarse el reflejo de un pasado que Álvaro Mendes jamás consiguió enterrar.