Briana llega como niñera de intercambio a un hogar donde el pasado todavía duele. Maicol, padre viudo, intenta equilibrar su trabajo con la crianza de Pía y Teo, quienes a veces sienten que no reciben toda la atención que necesitan. Poco a poco, Briana descubre secretos y emociones contenidas que acercan sus corazones, mientras la cercanía entre ellos despierta sentimientos inesperados. Entre risas, tensiones y pequeños gestos, tendrán que aprender si el amor puede sanar heridas y florecer incluso en los lugares más inesperados.
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Capítulo 1: Llegada
Briana
Nunca pensé que un aeropuerto pudiera sentirse tan inmenso y tan solitario al mismo tiempo. La gente iba y venía arrastrando maletas, hablando en un idioma que apenas entendía, y yo, con mi mochila colgada al hombro y la valija medio rota, trataba de recordar una y otra vez la dirección escrita en el papel que llevaba en la mano.
Respiré hondo. Había llegado. Después de meses de trámites, entrevistas y nervios, estaba por comenzar mi intercambio como niñera. En teoría, debía ser una aventura emocionante: estudiar, trabajar, conocer otra cultura. Pero ahora, parada frente a las puertas del aeropuerto, lo único que sentía era un nudo en la garganta.
Saqué mi celular. “Maicol”, el nombre guardado en mis contactos, con el número que la agencia me había pasado. Toqué el ícono de llamada por tercera vez. Nada. Ni una voz, ni un buzón. Solo silencio.
Miré alrededor, esperando ver un cartel con mi nombre, un rostro conocido, cualquier señal de que alguien me esperaba. Pero no había nada. Solo turistas apurados, familias abrazándose y choferes de taxi que me ofrecían sus servicios con una sonrisa demasiado insistente.
—Genial, Briana, muy bien —murmuré para mí misma, en español, porque nadie me entendería—. Primer día y ya estás perdida.
La dirección estaba escrita en un papel arrugado que había leído tantas veces en el avión que casi me la sabía de memoria. Podría tomar un taxi. Claro que sí. El problema era que mi presupuesto era limitado; no me había traído una fortuna y sabía que debía cuidar cada moneda. Además, ¿y si el taxista se aprovechaba de que yo era extranjera?
Me senté en un banco de metal y abracé la mochila contra mi pecho. Por un momento pensé en mi familia. Mi mamá, que me había repetido diez veces “llámame apenas llegues”. Mi papá, que fingía estar tranquilo pero no había dejado de apretarme la mano en el aeropuerto de mi ciudad. Y mi hermana menor, que me había hecho prometerle fotos diarias. Los extrañaba ya, y eso que apenas habían pasado unas horas desde que nos despedimos.
Me mordí el labio y marqué de nuevo. Nada.
Entonces respiré hondo y me levanté.
—Bueno, Briana —me dije en voz baja—. Si no vienen por ti, irás tú sola.
Seguí los carteles hasta la salida y me encontré con una fila interminable de taxis amarillos. El aire afuera era más frío de lo que había imaginado. Me estremecí y apreté la campera contra mi cuerpo.
Un chofer se me acercó enseguida.
—¿Taxi? —preguntó en un inglés básico, con acento fuerte.
Asentí, algo insegura. Le mostré el papel con la dirección. El hombre lo miró de reojo y luego asintió.
—Sí, yo llevar.
Tragué saliva. Sabía que debía negociar, preguntar el precio, pero la ansiedad me ganó. Solo quería llegar. Quería ver la casa, conocer a los niños, empezar de una vez esta aventura que parecía no arrancar.
Subí al asiento trasero con la maleta en mis piernas. El auto arrancó y las luces de la ciudad empezaron a desfilar frente a mis ojos. Me quedé pegada a la ventana, observando todo con fascinación y miedo al mismo tiempo: los edificios altísimos, la gente caminando rápido, los carteles en otro idioma que apenas lograba descifrar. Era como estar dentro de una película en la que yo no tenía guion.
El chofer intentaba hacerme conversación, pero yo apenas entendía. Me limité a sonreír y responder con monosílabos. En mi cabeza repetía la dirección como un mantra, para asegurarme de que realmente íbamos hacia allí.
Después de unos cuarenta minutos, el taxi se detuvo frente a una calle tranquila, con casas amplias y jardines cuidados. Sentí un pequeño alivio. Era más de lo que había imaginado.
—Here —dijo el chofer, señalando una casa blanca con ventanas grandes y una puerta azul.
Asentí y bajé rápido, pagándole con billetes que había cambiado en el aeropuerto. Quizás me había cobrado de más, pero en ese momento no me importaba. Estaba parada frente a lo que sería mi hogar durante meses.
Me quedé mirando la casa unos segundos, apretando la mochila contra mí. Se veía silenciosa, casi demasiado. No había luces encendidas, salvo una pequeña lámpara en el porche.
Toqué el timbre. Una vez. Dos veces. Nadie contestó.
El corazón me dio un vuelco.
—Vamos, no puede ser… —susurré.
Intenté llamar otra vez al número de Maicol. Una. Dos. Tres veces. Nada.
Empecé a sentir cómo la desesperación me subía por la garganta. Estaba en un país extraño, de noche, sin conocer a nadie, y la familia que debía recibirme parecía haber desaparecido.
Pensé en sentarme en la escalera y esperar. Quizás estaban por llegar. Quizás había habido un malentendido. Quizás…
De repente, escuché el sonido de un motor acercándose. Una camioneta oscura dobló en la esquina y se detuvo frente a la casa. Tragué saliva y retrocedí un paso, nerviosa.
La puerta del conductor se abrió y bajó un hombre alto, de traje, con el cabello oscuro un poco despeinado y una expresión de cansancio marcada en el rostro. Tenía el celular en la mano y lo miraba como si no pudiera creer que hubiera tantas llamadas perdidas.
—¿Briana? —preguntó, con voz grave, apenas cruzamos miradas.
Asentí enseguida, sintiendo un alivio inmenso.
—Sí… soy yo.
Él suspiró y se pasó una mano por el cabello.
—Perdón, lo siento muchísimo. Salí tarde del trabajo y olvidé cargar el teléfono.
Me quedé mirándolo, todavía con el corazón acelerado. Ese era Maicol. El hombre con el que compartiría los próximos meses de mi vida, el padre de los dos niños a los que debía cuidar.
No supe qué decir. Entre el cansancio, el susto y la confusión, lo único que pude hacer fue sonreír débilmente.
—Está bien… pensé que iba a quedarme afuera toda la noche.
Él soltó una risa breve, un poco incómoda, y negó con la cabeza.
—No, claro que no. Pasa, por favor. Bienvenida a casa.
Y entonces, mientras subía el escalón y cruzaba la puerta azul, sentí que de verdad estaba comenzando algo nuevo. Una vida distinta. Una vida que no tenía idea de cómo iba a cambiarme.
Enorabuena autora tu historia me parecio una gran historia de amor. Al estilo que antes se usaba antes que viniera la tecnologia. Una mirada aqui otra mirada alla. Y el amor creciendo entre ellos aun ritmo lento pero bien firme. Donde todo el miedo desaparece cuando las personas implicadas acepta como todo lo que es Amor del mas dulce