Santiago Reyes tiene veinte años, estudia literatura en la UNAM y no le debe nada a nadie. Hasta que León Villanueva —CEO de uno de los grupos empresariales más poderosos de México— decide que Santiago le pertenece.
Lo que comienza como una seducción imposible de rechazar se transforma en una pesadilla: una mansión cerrada con llave, cámaras en cada esquina y un hombre que dice "te amo" mientras le quita la libertad.
Santiago intenta escapar. Una vez. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.
Cada intento fracasa. Cada castigo es peor que el anterior. Pero Santiago no se rinde.
Hasta que un día, León abre la puerta.
Y Santiago descubre que lo más aterrador no es estar encerrado con un monstruo.
Es darse cuenta de que el monstruo ha aprendido a amarte de verdad.
NovelToon tiene autorización de Sofía Marquez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 1
Capítulo 1: El observador
La primera vez que León Villanueva vio a Santiago Reyes Mendoza, no se acercó.
Se quedó dentro de la camioneta negra, con el vidrio polarizado a medio subir y la mirada fija en el muchacho que cruzaba la explanada de Ciudad Universitaria con una mochila gastada al hombro y un vaso de café de la tienda de la facultad entre las manos.
Era otoño en la Ciudad de México. Las jacarandas ya no estaban en flor, pero las hojas secas se acumulaban junto a los pasillos, y el aire de la mañana tenía ese frío ligero que obligaba a los estudiantes a caminar con los hombros encogidos. Santiago no parecía tener prisa. Avanzaba leyendo un libro abierto, esquivando personas con una facilidad distraída, como si conociera de memoria cada grieta del camino.
León sí tenía prisa. Siempre la tenía. En Grupo Villanueva lo esperaban tres juntas, una videollamada con inversionistas de Monterrey y un contrato que llevaba dos semanas atorado por culpa de un abogado torpe.
Pero no movió la camioneta.
—Señor Villanueva —dijo Don Rafael desde el asiento del conductor—, si salimos ahora todavía llegamos a Reforma antes de las nueve.
León no respondió.
Santiago se detuvo frente a una banca para acomodarse la agujeta. Dejó el libro abierto sobre su rodilla, sujetó el vaso entre los dientes y se inclinó con una torpeza suave que hizo que un mechón de cabello le cayera sobre la frente. Un grupo de estudiantes pasó junto a él riéndose. Uno lo saludó con la mano.
Santiago levantó la vista, sonrió y contestó algo que León no alcanzó a escuchar.
La sonrisa le duró apenas dos segundos.
Eso fue suficiente.
—Cinco minutos —ordenó León.
Don Rafael asintió sin preguntar. Trabajaba para la familia Villanueva desde hacía años y sabía reconocer cuándo una orden no admitía conversación.
Santiago terminó de atarse la agujeta, tomó su libro y siguió caminando hacia la Facultad de Filosofía y Letras. Llevaba una sudadera blanca, sencilla, demasiado grande para su cuerpo delgado. No tenía nada llamativo encima. Ni reloj caro, ni zapatos de marca, ni ese aire de jóvenes ricos que León conocía tan bien porque había crecido rodeado de ellos.
Y aun así, algo en él obligaba a mirar dos veces.
Tal vez era la manera en que cargaba sus libros contra el pecho, como si fueran lo único verdaderamente suyo. Tal vez era esa calma rara en medio del ruido del campus. O tal vez era la forma en que sonreía sin ofrecerse por completo, amable pero distante, como alguien que había aprendido a no esperar demasiado de nadie.
León apoyó dos dedos sobre la puerta.
Podía bajarse. Podía cruzar la explanada, inventar una pregunta, ofrecer una disculpa por interrumpirlo. Podía hacerlo. Estaba acostumbrado a obtener acceso a cualquier persona, cualquier lugar, cualquier puerta.
Pero esa mañana no lo hizo.
Solo observó.
Santiago entró al edificio sin saber que acababa de convertirse en el centro de una vida que todavía no conocía.
Dentro del salón, el mundo era otro.
—A ver, Reyes Mendoza —dijo la profesora Claudia, golpeando la mesa con un plumón—. Usted que siempre trae cara de haber leído hasta las notas al pie, ¿nos explica por qué este narrador no es confiable?
Varios compañeros voltearon a verlo. Santiago cerró el libro con cuidado y se enderezó en la silla.
—Porque no miente todo el tiempo —respondió—. Si mintiera en cada línea, sería fácil descartarlo. Lo peligroso es que dice suficientes verdades para que uno quiera creerle.
La profesora sonrió, satisfecha.
—Exacto. El engaño más efectivo siempre viene envuelto en algo que parece honesto.
Algunas risas bajas recorrieron el salón. Santiago bajó la mirada a sus apuntes, pero también sonrió. Le gustaban esas clases. Le gustaba la sensación de que, por dos horas, su vida se reducía a un texto, una discusión, una idea. Nada de renta atrasada. Nada de llamadas de bancos preguntando por deudas que no eran suyas. Nada de pensar en qué iba a cenar si la tarjeta no pasaba.
Solo palabras.
Cuando terminó la clase, guardó sus cosas con rapidez. En el pasillo lo alcanzó una compañera de lentes redondos y cabello recogido en una coleta.
—Santi, ¿vas a ir al café de Coyoacán el viernes? Van a leer poesía y creo que tú deberías participar.
—¿Yo? No, gracias. Me gusta leer, no sufrir en público.
—Exagerado. Es un micrófono, no un pelotón de fusilamiento.
—Justo así empieza la tragedia.
Ella soltó una carcajada y le dio un empujoncito en el brazo.
—Piénsalo. Tus textos son buenos.
—Mis textos son tímidos. Déjalos vivir escondidos.
La compañera se fue riendo. Santiago continuó hacia la salida, revisando su celular. Tenía tres mensajes de Diego Herrera Soto.
Diego:
¿Dónde estás?
Diego:
No me digas que otra vez te saltaste el desayuno.
Diego:
Si te desmayas en Filosofía, no voy por ti. Bueno sí, pero te voy a grabar primero.
Santiago negó con una sonrisa y escribió mientras bajaba las escaleras.
Santiago:
Estoy vivo. Y desayuné café.
La respuesta llegó al instante.
Diego:
Eso no es desayuno, güey. Eso es una amenaza para tu estómago.
Santiago:
Mi estómago y yo tenemos acuerdos privados.
Diego:
Tu estómago va a demandarte.
Santiago guardó el celular antes de reírse más fuerte. Diego era ruidoso hasta por WhatsApp, pero también era el único que notaba si Santiago desaparecía un día entero. En una ciudad enorme, donde todos estaban ocupados sobreviviendo, eso contaba más de lo que él admitía.
Al salir del edificio, el sol ya había subido. La explanada estaba llena de estudiantes, vendedores de dulces, mochilas en el suelo y bicicletas pasando demasiado cerca. Santiago compró una torta sencilla en un puesto y se sentó en una jardinera a comerla antes de su siguiente clase.
No se sentía solo exactamente. Estaba acostumbrado. Desde que llegó a la CDMX, vivir solo había sido menos una tragedia que una rutina: lavar su ropa los domingos, estirar el dinero de la beca, trabajar algunas tardes corrigiendo textos para una editorial pequeña y fingir ante Diego que no se le olvidaba comer.
Su familia era una palabra incómoda.
No tenía a quién llamar para contarle que había sacado diez en un ensayo. No tenía una mamá esperando noticias, ni un papá preguntando por la renta, ni hermanos mandando memes en un grupo familiar. Había aprendido a no mirar demasiado a los estudiantes que hablaban por teléfono diciendo "sí, Ma, ya comí", porque esa clase de nostalgia mordía sin avisar.
Mordió la torta y abrió su libro otra vez.
Un carro pasó lento frente a la entrada de la facultad.
Santiago levantó la vista por reflejo, pero solo vio el destello oscuro de un vidrio polarizado antes de que la camioneta siguiera de largo. No le dio importancia. En Ciudad Universitaria siempre había coches perdidos, padres confundidos, funcionarios que creían que el campus era un estacionamiento privado.
Volvió a su lectura.
A dos calles de distancia, la camioneta se detuvo junto a una zona arbolada.
León miró por el retrovisor hasta que la figura de Santiago desapareció entre los estudiantes. Luego sacó su celular. En la pantalla lo esperaban ocho llamadas perdidas, doce correos urgentes y un mensaje de su asistente preguntando si debía mover la junta.
Los ignoró todos.
—Don Rafael.
—Sí, señor.
—Averigüe su horario.
El conductor tardó apenas un segundo en responder.
—¿El del muchacho?
León giró la cabeza. Su rostro no cambió, pero el silencio dentro de la camioneta se volvió más pesado.
Don Rafael apretó las manos sobre el volante.
—Disculpe. No quise...
—Su nombre es Santiago Reyes Mendoza —dijo León, como si ya lo hubiera sabido desde siempre—. Estudia Literatura. Vive cerca del campus. Quiero saber a qué hora entra, a qué hora sale, con quién se reúne y si alguien lo espera al final del día.
Don Rafael tragó saliva.
—Entendido, señor.
León bloqueó el celular y volvió la vista hacia la ventana. Los árboles pasaban lentos al otro lado del vidrio. La ciudad seguía moviéndose, indiferente, ruidosa, llena de gente que no sabía detenerse.
Él tampoco solía hacerlo.
Pero esa mañana, por primera vez en años, había encontrado algo que no quería dejar pasar.
En la jardinera, Santiago terminó su torta, se limpió los dedos con una servilleta y respondió otro mensaje de Diego sin levantar la vista.
No sintió la mirada que aún lo seguía desde lejos.
No escuchó la orden que acababa de convertir su rutina en una ruta vigilada.
Y cuando una ráfaga fría le erizó la nuca, solo se subió el cierre de la sudadera blanca y pensó que el otoño en la CDMX siempre llegaba sin avisar.