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Le Mandé Mi Novela Prohibida a Mi Jefe

Le Mandé Mi Novela Prohibida a Mi Jefe

Status: En proceso
Genre:CEO / Arrogante / Romance de oficina / Atracción entre enemigos / La mimada del jefe
Popularitas:24k
Nilai: 5
nombre de autor: maria

Kiara Jiménez sólo quería desahogarse de su jefe frío, exigente e insoportable. Así que hizo lo que jamás admitiría en voz alta: escribió una novela adulta con Darío Zárate como protagonista.

El problema fue que, por error, no la subió a la plataforma.

Se la mandó a él.

Una noche de alcohol, vergüenza y deseo termina en la cama del hombre que más quería evitar. Kiara intenta fingir que todo fue un accidente, pero Darío no parece dispuesto a dejarla escapar. Entre ascensos inesperados, una prometida celosa, secretos familiares y amenazas que la persiguen, Kiara tendrá que decidir si Darío es su peor error… o el único hombre capaz de protegerla cuando todo se derrumba.

NovelToon tiene autorización de maria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

Capítulo 1

Cuando abrí los ojos, todavía sentía la noche pegada al cuerpo.

No era un recuerdo completo.

Era calor.

Era cansancio.

Era la marca de unas manos en mi piel y un perfume masculino hundido en las sábanas del hotel.

La cabeza me palpitaba por el alcohol. La habitación seguía borrosa, como si todo tuviera doble contorno: el techo blanco, la lámpara junto a la cama, las cortinas cerradas, mi propia respiración.

Intenté moverme.

Una punzada baja, íntima, me hizo quedarme quieta.

Entonces me llegaron pedazos de la noche.

Una cama demasiado suave.

Mi cuerpo inquieto bajo otro cuerpo.

Una mano caliente sujetándome la muñeca, no con brusquedad, sino con una firmeza que me hacía temblar más que si hubiera apretado fuerte.

Sus dedos habían recorrido mi piel despacio, como si conocieran el ritmo exacto para volverme loca.

Yo había soltado un sonido pequeño, roto, imposible de reconocer como mío.

Tenía los ojos húmedos.

No sabía si por el alcohol, por el calor que me quemaba desde adentro o por esa sensación insoportable de querer huir y, al mismo tiempo, acercarme más.

Después, esa mano dejó mi muñeca.

Bajó a mi clavícula.

Más abajo.

El recuerdo me atravesó con tanta fuerza que apreté las sábanas entre los dedos.

Yo había intentado tomarle el brazo para detenerlo.

O para sostenerme.

Ni siquiera estaba segura.

Él me había levantado el rostro con los dedos.

—¿Quién soy?

La voz había sido baja.

Ronca.

Demasiado cerca de mi oído.

Pero mi cabeza no servía. Mi cuerpo iba antes que mi razón. Lo único que hice fue buscar su boca con torpeza, con una urgencia vergonzosa, chocando dientes y labios hasta que el dolor me hizo respirar de golpe.

Entonces él dejó de preguntar.

Me sostuvo el labio inferior con el pulgar.

Y me besó de verdad.

No como mi intento desesperado.

Como un hombre que sí sabía lo que hacía.

Me faltó el aire.

Sentí que la cabeza me explotaba en fuegos artificiales rosados, ridículos, calientes.

Y después...

Después sólo recordaba cansancio.

El cuerpo pesado.

El colchón.

El agua del baño.

Sus brazos levantándome cuando yo ya no tenía fuerza ni para quejarme.

Me dormí sin saber en qué momento la noche terminó de tragarse mi vergüenza.

Ahora, en la mañana, la vergüenza había vuelto.

Con intereses.

Me llevé una mano a la sien y busqué mi celular en la mesita de noche.

No lo encontré.

Mis dedos tocaron piel.

Piel tibia.

Firme.

Viva.

—¿Qué es esto?

El sueño se me fue de golpe.

Intenté incorporarme, pero una mano me sujetó la muñeca.

—¿Anoche no tuviste suficiente? —dijo una voz masculina, ronca, con una pereza peligrosa—. ¿Tan temprano y ya estás inquieta?

Se me heló la espalda.

No sólo porque había un hombre en mi cama.

Porque conocía esa voz.

La había escuchado demasiadas veces en juntas, detrás de un escritorio impecable, diciéndome que mi reporte no servía, que mi propuesta tenía que rehacerse, que mi criterio de diseño todavía era inmaduro.

Darío Zárate.

Mi antiguo jefe directo.

O, mejor dicho, el que yo quería convertir en antiguo jefe, porque apenas ayer había presentado mi renuncia.

Por una razón.

Una razón horrible.

Una razón que, en ese momento, mi cerebro todavía no se atrevía a mirar de frente.

Me envolví en la sábana y salí disparada de la cama.

No llegué muy lejos.

Caí al suelo junto al borde, arrastrando media colcha conmigo. El golpe me sacó un gemido y, al mismo tiempo, el movimiento me hizo sentir un dolor difícil de explicar sin querer desaparecer de la faz de la tierra.

Darío, en cambio, estaba demasiado tranquilo.

Se incorporó en la cama con esa calma suya que en la empresa siempre me sacaba de quicio.

El cabello ligeramente desordenado.

Los ojos todavía pesados de sueño.

El pecho desnudo.

Y en los hombros, sobre la piel firme, varias marcas rojas.

Rasguños.

Mis rasguños.

Se me vació la cabeza.

No podía moverme.

No podía hablar.

No podía fingir que aquello era una pesadilla porque, si lo era, tenía demasiados detalles.

—¿En qué piensas? —preguntó Darío, con la voz baja.

Pensaba en morirme.

Pero no se lo dije.

Me aferré a la sábana como si fuera una armadura.

—Director Zárate... —dije, con la dignidad rota y la garganta seca—. ¿Usted qué hace aquí? Qué coincidencia.

—Sí —respondió él, sin expresión—. Qué coincidencia.

Su tono era el mismo de siempre.

El mismo que usaba cuando me devolvía una carpeta entera para rehacerla desde cero.

Y luego dijo algo que casi me ahogó con mi propia saliva.

—Anoche me mandaste mensajes por WhatsApp. Dijiste que ibas a enseñarme en persona algunas técnicas para que no me abandonaran las señoras ricas y no acabara trabajando en la zona roja.

Me lancé sobre la cama con la poca fuerza que tenía y le tapé la boca con una almohada.

—¡No lo diga!

Darío no se movió.

O sea, sí se movió.

Pero sólo lo necesario para quitarse la almohada con una mano, como si yo fuera un trámite menor.

Yo, en cambio, quería abrir la ventana y salir de la vida.

Porque esa era la razón de mi renuncia.

Desde que Darío Zárate había llegado al Grupo Zárate un año atrás, mi existencia laboral se había vuelto una cadena de reportes rechazados, propuestas corregidas y juntas donde él encontraba errores que yo ni siquiera sabía que podían existir.

Era trabajador, frío, exigente hasta la crueldad y obsesionado con cada detalle.

En un año, las presentaciones y planes que me hizo rehacer podrían haber formado una torre más alta que yo.

Yo estaba cansada.

Agotada.

Enojada.

Y una noche, con todo ese resentimiento atorado en la garganta, abrí una cuenta en una plataforma de romance adulto.

Empecé a escribir una novela.

El protagonista se llamaba Darío.

Sí.

Darío.

En mi historia, Darío no era el director impecable que venía del extranjero y caminaba por la oficina como si todos los demás fuéramos bocetos mal hechos.

Era un hombre de origen trágico, un chico hermoso de la zona roja, tratado como objeto, pasando de una mujer rica a otra, escrito sin censura y con un lenguaje tan atrevido que las lectoras se volvieron locas.

La historia subió rápido en el ranking.

Los comentarios pedían más.

Y yo, para mi desgracia, disfrutaba escribiéndola.

Hasta que anteayer me llamaron a trabajar de emergencia. Salí tarde, con los ojos ardiendo y la cabeza llena de pendientes. Llegué a casa, terminé el capítulo casi dormida y, al querer publicarlo, hice clic donde no debía.

No lo subí a la plataforma.

Lo envié al correo laboral de Darío Zárate.

Cuando desperté y lo vi, ya era demasiado tarde.

Ese mismo día no fui a la oficina.

Escribí mi renuncia con las manos temblando.

Por la noche, Luna Bravo me llevó a Blue Mood, un bar en la Roma, y después de escuchar toda la historia se rió como si mi tragedia fuera el mejor chiste del año.

—No estés tan triste —me dijo, dándome palmadas en el hombro mientras se carcajeaba—. Una vida entera pasa rápido.

Gracias, Luna.

Gran consuelo.

Yo bebí.

Bebí mucho.

Luego, al parecer, llamé a Darío Zárate.

Y terminé despertando después de haberme acostado con el protagonista real de mi propia novela adulta.

Miré hacia la ventana.

Sexto piso.

Si saltaba...

Tal vez no me moría.

Peor.

Tal vez sólo me rompía algo y tenía que seguir viviendo para enfrentar a Darío.

Estaba reuniendo el valor absurdo de levantarme hacia la ventana cuando su celular vibró sobre la mesita.

Darío contestó.

—¿Bueno?

Yo no quería escuchar.

De verdad no.

Pero la habitación era demasiado silenciosa y la voz al otro lado era femenina.

Suave.

Bonita.

Me quedé inmóvil, todavía envuelta en la sábana.

¿Novia?

Darío Zárate tenía demasiada popularidad en la empresa para alguien tan difícil de tratar. Decían que la alta dirección había pagado una fortuna para traerlo del extranjero, y antes de verlo yo había imaginado a un señor mayor, con canas y mal carácter.

Pero no.

Era joven.

Demasiado guapo.

De esos hombres que, parados junto a una mesa de juntas, parecían más listos para una pasarela que para revisar presupuestos.

Y aun así, casi nunca hablaba de su vida privada.

Siempre frío.

Siempre distante.

Siempre imposible de leer.

Difícil.

Muy difícil.

1
Marín Orozco
quiero leer el final ya tengo varias novelas así y pues se pierde la emoción
Marín Orozco
hola a mi no me gusta criticar por qué me encanta leer y las novelas están muy bonitas pero por qué no terminan si eso es todo cuando menos digan fin 👏
Patri Carpi
5 veces le dijo lo mismo
Norma Vales
Demasiado problemas, muy inocente la principal protagonista y parece qué o aprende ,así sigue los capítulos repetidos.Deje porque aburre
Carmen Patricia More
están ablando de un mueble o de una persona que machista.y la protagonista que no tiene carácter pero poner un alto párese una adolescente sonrojando sé por todo
Carmen Patricia More
están ablando de un mueble o de una persona que machista.y la protagonista que no tiene carácter pero poner un alto párese una adolescente sonrojando sé por todo
Yadira
Por fin los dos se defienden, ya era hora
marta gallegos
Me gustaba la novela , Pero ver así de tonta a la protagonista .... porque no se lleva la abuela con ella ? era sabido que el padre iba a ir con la abuela . y además porque no lo denuncia ? y la otra tontera es que cuando el padre la invito' con agua , ella tomo' . Noooo... se me fue el entusiasmo
Carmen Aldana
🥰🥰🥰
Carola Videla 😈🇦🇷
caradura
Carola Videla 😈🇦🇷
amor propio, una materia pendiente? estúpida
Mariscal Morin
Hay no, porque hacen esto?
Mariscal Morin
Que bueno que siempre le ayuda 🩷❤️🩷❤️
Mariscal Morin
Kiara, te toca subir de nivel, y ahí la oportunidad 🩷👏👏👏👏👏👏
Mariscal Morin
😟😟😟😟😟😟😟
Mariscal Morin
Agarrate pinché víbora 🤬🤬🤬🤬🤬
Mariscal Morin
Que le va a hacer esta desgraciada 🤬🤬🤬🤬🤬
Mariscal Morin
👏👏👏👏👏👏👏👏Eso me gusta 😊😊😊
Mariscal Morin
Los buenos también reciben su recompensa ❤️🩷❤️🩷❤️🩷
Mariscal Morin
El se enamoro de ella desde el principio 🩷❤️🩷❤️🩷❤️😊😊😊
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