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Cuando Todo Parecía Perdido

Cuando Todo Parecía Perdido

Status: Terminada
Genre:Autosuperación / Completas
Popularitas:273
Nilai: 5
nombre de autor: Eliany Justo

Sinopsis

Sofía tiene dieciocho años y una beca universitaria que promete cambiarlo todo. Pero nadie le advirtió que el primer día de clases iba a descubrir algo peor que la pobreza: la invisibilidad.
Sofia no es la chica que solo soñaba, ahora es la chica que camina cuarenta minutos con un teléfono que se apaga a media clase que toma apuntes en hojas y llega tarde a su clase porque sale todos los días a vender tortas con su mamá ya muy tarde
Un día su teléfono dejó de funcionar se apaga en medio de un examen virtual que vale el treinta por ciento de la nota, Sofia corre por las calles buscando un enchufe, una sombra, un milagro de dos minutos, no lo encuentra pierde el examen, llora en una esquina y por primera vez se pregunta si su sueño realmente vale el precio de su dignidad.

NovelToon tiene autorización de Eliany Justo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El sobre que pesaba más que el mundo Cap 1

El sobre llegó un día martes en el mes de marzo, cuando el sol recién empezaba a pelar la pintura de la puerta de madera. Lo vi asomado debajo de la chapa oxidada, blanco impecable, como si se hubiera equivocado de dirección. En mi barrio, las cartas no llegan así. Llegan dobladas, manchadas, con destinatarios escritos a lápiz que se borran con la humedad. Pero este sobre era distinto. Tenía el logo de la universidad grabado en relieve. Pesaba. Y yo supe lo que era antes de tocarlo.

—Mamá —dije, con la voz quebrada.

Ella estaba friendo huevos en la cocina. El aceite saltaba. El olor a quemado siempre me recuerda ese día. Salió con la espumadera en la mano, se secó los dedos en el delantal gastado y se quedó mirando el sobre como si fuera una aparición.

—Abrelo, hija —susurró.

Mis dedos temblaban tanto que casi rompo la solapa. Saqué la carta despacio, con el mismo cuidado con que se saca algo frágil de una caja de zapatos. Leí en silencio la primera línea. Luego la segunda. Luego ya no pude seguir porque las letras se empezaron a mover.

“Se le otorga a Sofía Ramírez la Beca de Excelencia Académica para cursar la Licenciatura en Estudios Literarios en la Universidad Nacional.”

No grité. No lloré. Me quedé quieta en el umbral, sintiendo que el pecho se me llenaba de algo parecido al miedo. Porque un sueño que se cumple también pesa. La felicidad, cuando llega después de tanto tiempo de haber dejado de esperarla, tiene un sabor amargo al principio. Como el primer sorbo de café sin azúcar.

Mi madre leyó por encima de mi hombro. Rompió a llorar. Ella sí. Se secaba las mejillas con la espumadera, sin soltarla, mientras me abrazaba fuerte. Dijo:

—Ya lo lograste, mi vida. Ya estás dentro.

Y yo quería sentir solo alegría. Pero en algún rincón de mi estómago, una vocecita me advertía que entrar era solo el primer paso. Que después vendría el resto. Que el sol no perdona a los que caminan sin sombrero.

Esa noche no pude dormir. Me quedé mirando el techo escuchando los perros ladrar en la calle, y en mi mano seguía el sobre. Lo había llevado a la cama. Lo apretaba contra el pecho como si fuera un amuleto contra lo que sabía que se vendría.

Porque yo sabía. Sabía que no tenía computador. Que mi teléfono era prestado y se apagaba con el sol. Que mi tía Elena vivía a cuarenta minutos y su ordenador era más lento que caminar. Sabía que para pagar el pasaje tendría que vender tortas, muchas tortas, bajo la lluvia o bajo el sol.

Sabía todo eso. Y aún así, apreté el sobre más fuerte.

Afuera, el barrio dormía. Y yo, Sofía Ramírez, hija de una vendedora de tortas y de un padre que se fue antes de que aprendiera a atarme los zapatos, decidí algo en esa noche calurosa: iba a entrar. Iba a quedarme. Y si el sol me quemaba la espalda, aprendería a caminar mirando hacia adelante.

El sobre pesaba más que el mundo. Pero yo ya había cargado con cosas más pesadas. Como la ausencia. Como el hambre. Como la mirada de los que dicen “eso no es para gente como vos”.

Doblé la carta con cuidado, la volví a meter en el sobre y lo puse bajo mi almohada. Cerré los ojos. Y por primera vez en meses, sonreí antes de dormir.

 

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