Es una historia de un matrimonio por contrato entre un CEO frío y una mujer que acepta casarse por necesidad. Lo que empieza como un acuerdo sin amor se convierte en una relación intensa donde ambos terminan enamorándose, pero deben enfrentar traiciones, separación y pérdida de memoria que ponen a prueba su relación.
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capitulo 1
Elena Rossi nunca pensó que su vida cambiaría en una oficina.
Mucho menos en una que no parecía tener alma.
El edificio era de vidrio y acero, tan impecable que resultaba intimidante. Todo reflejaba perfección… orden… control. Como si las emociones no estuvieran permitidas dentro de esas paredes.
Como si las personas que trabajaban ahí tampoco las tuvieran.
Elena apretó suavemente la correa de su bolso mientras el ascensor subía en silencio. Cada número que se encendía en la pantalla le recordaba lo lejos que estaba de su realidad… y lo cerca que estaba de perderla por completo.
Tenía 25 años.
Y ya había perdido demasiado.
Sus padres habían muerto hacía tres años en un accidente que no dejó nada más que deudas… y dos niñas que dependían completamente de ella.
Sofía.
Luna.
Eran lo único que tenía.
Y no iba a fallarles.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Último piso.
El aire ahí arriba se sentía distinto. Más frío. Más pesado. Como si incluso respirar costara más.
La secretaria levantó apenas la vista.
—El señor… la está esperando.
Elena asintió.
No necesitaba escuchar su nombre para saber de quién hablaba.
Ese nombre ya pesaba demasiado en su cabeza.
Caminó hacia la puerta.
Negra.
Imponente.
Cerrada.
Como él.
Golpeó dos veces.
—Adelante.
La voz grave desde el interior no tenía emoción.
Elena abrió la puerta.
Y lo vio.
De pie junto a la ventana, con la ciudad extendiéndose detrás de él como si le perteneciera.
Traje oscuro.
Postura impecable.
Presencia dominante.
Leonardo Volkov.
31 años.
Dueño de una de las empresas más poderosas del país.
Un hombre del que se decía muchas cosas.
Que no sonreía.
Que no perdonaba.
Que nunca perdía.
No la miró de inmediato.
Como si su presencia no fuera relevante.
—Llegaste puntual.
No era un elogio.
Era un dato.
Elena cerró la puerta.
—Usted también.
Silencio.
Él giró levemente la cabeza.
Y sus ojos…
Eran exactamente como decían.
Vacíos.
No fríos por actitud.
Fríos por naturaleza.
—Sentate.
Ella obedeció.
No estaba ahí para negociar desde una posición de poder.
Estaba ahí… porque lo necesitaba.
Leonardo caminó hasta el escritorio, tomó una carpeta y la dejó frente a ella.
—Leé.
Elena bajó la mirada.
Y sintió cómo el estómago se le contraía.
Contrato matrimonial.
Las palabras parecían irreales.
Pero no lo eran.
Pasó las páginas lentamente.
Cláusulas.
Condiciones.
Restricciones.
Todo escrito como si no se tratara de un matrimonio… sino de una transacción.
—¿Esto es en serio? —preguntó, sin poder evitarlo.
—No hago bromas.
Su tono fue seco. Cortante.
—Necesito una esposa —continuó—. No una relación. No afecto. Una imagen.
Elena levantó la vista.
—¿Una imagen?
—Eventos sociales. Prensa. Apariciones públicas. —la miró fijo—. Dos años.
Eso la hizo fruncir el ceño.
—¿Dos años?
—Es el tiempo necesario para consolidar ciertos acuerdos empresariales.
Claro.
Negocios.
Todo era negocios.
—¿Y por qué yo?
—Porque necesitás el dinero.
Directo.
Sin suavizarlo.
Elena apretó los labios.
—Eso no es una explicación.
—No sos conocida. No tenés historial problemático. Proyectás estabilidad. —se inclinó levemente hacia ella—. Y no estás en condiciones de rechazar.
El golpe fue certero.
Porque era verdad.
Demasiado.
Elena bajó la mirada hacia las cifras.
Eran absurdas.
Suficientes para cambiar la vida de sus hermanas.
Para darles todo lo que ella no había podido desde que sus padres murieron.
—Mis hermanas —dijo en voz baja—. No pueden vivir conmigo.
—Ya está resuelto.
Elena levantó la vista de golpe.
—¿Cómo que ya está resuelto?
—Vivienda. Educación. Cuidadora permanente. —su tono no cambió—. Todo cubierto.
El corazón le dio un vuelco.
Él ya lo había planeado todo.
Incluso antes de que ella aceptara.
—¿Y qué tengo que hacer?
—Cumplir el rol. —respondió—. Sonreír cuando sea necesario. Acompañarme. No generar escándalos.
Elena tragó saliva.
—¿Y en privado?
Esa vez…
Hubo una pausa.
Breve.
Pero suficiente.
—En privado… no existís.
El golpe fue silencioso.
Pero brutal.
—Habitaciones separadas. —continuó—. No interferimos en la vida del otro.
Ella sostuvo su mirada.
—¿Incluye… otras mujeres?
—Sí.
Sin culpa.
Sin vergüenza.
Sin nada.
Elena sintió algo tensarse dentro de su pecho.
No era celos.
No todavía.
Era… dignidad.
—Entonces esto no es un matrimonio.
—No. —la miró sin emoción—. Es un contrato.
Elena cerró la carpeta.
Sus manos temblaban.
Pero su voz no.
—¿Por cuánto tiempo dijiste?
—Dos años.
Dos años viviendo con un hombre que no la vería.
Que no la tocaría.
Que no la elegiría.
Pero que le daría a sus hermanas una vida.
El silencio cayó entre ellos.
Pesado.
Inevitable.
Leonardo no la presionó.
Porque sabía.
Sabía que ella no tenía muchas salidas.
Elena respiró hondo.
Pensó en Sofía.
Pensó en Luna.
Pensó en todo lo que ya había perdido.
Y en lo que no podía permitirse perder ahora.
—Quiero una condición.
Eso lo hizo observarla con más atención.
—Decí.
—Si quiero irme… me voy. Sin consecuencias.
Leonardo la analizó unos segundos.
Como si evaluara su valor.
—Acepto.
Así de simple.
Elena tomó la lapicera.
La sostuvo.
Ese era el punto sin retorno.
Firmar significaba entrar en una vida vacía.
En un matrimonio frío.
En una jaula elegante.
Pero también significaba salvar a sus hermanas.
Cerró los ojos un segundo.
Y firmó.
Cuando terminó…
Ya no había vuelta atrás.
Leonardo tomó el contrato.
Lo revisó.
Y asintió.
—Bienvenida, señora Volkov.
No hubo sonrisa.
No hubo calidez.
No hubo nada.
Solo un título.
Solo un acuerdo.
Solo el inicio de algo que ninguno de los dos entendía todavía…
Pero que estaba destinado a romperlos.