El Caos del Capitán
En la Universidad de Saint Jude, las apariencias no solo engañan... te destruyen.
Ian Thorne es el dios de la duela. El capitán de baloncesto con la sonrisa perfecta, el carisma que ilumina auditorios y el rugido de una motocicleta negra que anuncia su llegada. Todos creen conocerlo. Pero cuando las luces se apagan y la multitud se dispersa, el "chico de oro" se desvanece. En su lugar queda un hombre de pocas palabras, mirada gélida y una lengua tan afilada como un bisturí. Ian tiene una regla de oro: nadie lo toca. Su espacio personal es una fortaleza blindada, y su curiosidad por la anatomía humana es puramente científica... hasta que ella aparece para alterar toda su estructura.
Sky es el incendio que nadie pidió, pero que todos se detienen a mirar. Loca, atrevida y absolutamente sinvergüenza, vive la vida sin filtros ni frenos. Está cansada de los chicos predecibles y de las promesas vacías. Ella busca un reto, algo que no pueda descifrar a simple vista.
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Capítulo 1: El enigma sobre dos ruedas
La Universidad de Saint Jude no era conocida por su silencio, pero el rugido de una Yamaha negra entrando al estacionamiento central solía silenciar hasta las conversaciones más animadas.
Ian Thorne apagó el motor y se quitó el casco, dejando que su cabello negro cayera con ese desorden perfectamente calculado que volvía locas a las chicas de la primera fila del gimnasio. Con sus casi dos metros de altura, Ian era el sol alrededor del cual orbitaba el equipo de baloncesto y media facultad.
—¡Thorne! —gritó un compañero, lanzándole una pelota desde lejos.
Ian la atrapó con una mano, mostrando una sonrisa ladeada y llena de carisma.
—Cuidado, Evans. Si la pierdes aquí, no esperes que el capitán te la recupere en la duela —bromeó, su voz cargada de ese humor ligero que todos conocían.
Sin embargo, cuando una chica se acercó demasiado para intentar acomodarle el cuello de la chaqueta, Ian dio un paso atrás casi imperceptible, manteniendo la sonrisa pero con una frialdad instantánea en la mirada.
—No me toques, por favor. La simetría es importante y me tomó tiempo lograr este desastre —dijo, suavizando el rechazo con un chiste sobre su aspecto, aunque por dentro la incomodidad le recorriera la columna.
A unos metros de distancia, sentada sobre una mesa de picnic y no en la banca, Sky observaba la escena con una paleta de cereza en la boca. A su lado, sus tres mejores amigas —la pelinegra intensa, la rubia dramática y la pelirroja sarcástica— no paraban de parlotear sobre sus respectivos novios.
—¿Otra vez mirando al "Rey del Aire"? —le pinchó la pelirroja—. Olvídalo, Sky. Es guapo, pero demasiado... perfecto.
—No es la perfección lo que miro —murmuró Sky, con sus ojos chispeantes de travesura—. Es que acaba de rehuir a un toque como si fuera ácido, pero hace un segundo estaba riendo como si fuera el alma de la fiesta. Eso es un reto, chicas. Y saben que odio estar aburrida.
Sky se puso de pie de un salto, ajustándose la falda corta y con esa confianza descarada que la caracterizaba.
—Está soltera porque nadie le aguanta el ritmo —susurró la rubia, viendo cómo su amiga caminaba directamente hacia la zona de las motocicletas.
Ian ya no sonreía. Estaba solo, apoyado en su moto, revisando su celular con una expresión sombría y reservada, muy distinta a la que mostraba hace cinco minutos. Llevaba sus pantalones cargo y la cadena de plata brillaba contra su playera negra.
—¿Sabías que el fémur es el hueso más resistente del cuerpo? —soltó Sky, deteniéndose a solo unos centímetros de su espacio personal.
Ian levantó la vista. Sus ojos eran afilados, analíticos. No había rastro del chico bromista.
—Y también es el que más tarda en sanar si alguien decide meterse donde no lo llaman —respondió él. Su voz era ahora un susurro seco, cortante—. Estás muy cerca. Atrás.
Sky, lejos de asustarse, dio un paso más, desafiante.
—Me gustan los huesos difíciles de romper. Y me gusta más tu cara de "odio al mundo" que la que usas para las fotos del anuario.
Ian guardó el teléfono y se irguió, rodeándola con su sombra. Su lengua, siempre afilada en la intimidad, no tuvo piedad:
—Buscas atención porque tus amigas están ocupadas con hombres de verdad y tú solo tienes una boca grande y un ego desesperado. No me interesas, psicópata. Muévete.
Sky sonrió de oreja a oreja. Aquello no era un insulto para ella, era una invitación.
—Interesante. El capitán tiene garras.