Renata,es solo una empleada en la mansión de los Morana, una mujer que parece no tener pasado y que soporta las humillaciones más amargas por una sola razón: el amor que siente por el hijo del dueño. Por él, es capaz de cualquier sacrificio, incluso de aceptar un matrimonio forzado con un hombre despiadado que jura hacer de su vida un infierno.
Todos la ven como una mujer débil, una "nadie" sin recursos que se deja pisotear. Pero, ¿por qué Renata nunca llora? ¿Por qué sus ojos brillan con una determinación que no pertenece a una sirvienta?
Mientras el mundo intenta quebrarla, Renata guarda un secreto que podría destruir imperios. Ella ha puesto una fecha límite para su silencio... y cuando el reloj marque la hora, todos los que la humillaron descubrirán que la "pobre empleada" era la única persona a la que nunca debieron traicionar.
¿Quién es realmente Renata y qué poder oculta tras su uniforme de trabajo?
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Capitulo 24
El cielo de París estaba teñido de un gris plomizo que amenazaba con una tormenta eléctrica, un reflejo exacto del estado de ánimo de Damián Bustamante. El jet privado de la familia había cruzado el Atlántico en tiempo récord. Dentro de la cabina de lujo, el ambiente era de una calma gélida.
Renata estaba sentada frente a su consola, sus dedos moviéndose con la precisión de un cirujano. Ya no vestía como la Primera Dama; llevaba un traje táctico de cuero negro, ajustado y funcional, que resaltaba su figura de depredadora.
—El troyano ha hecho su trabajo —dijo Renata, sin apartar la vista de la pantalla—. Andrés intentó abrir el maletín en un piso franco cerca de la Plaza Vendôme. En el momento en que el escáner de retina falló, el virus se infiltró en la red del consorcio "Europa Libre". Tengo su ubicación exacta, Damián. Y lo mejor... tengo acceso a sus cámaras de seguridad.
Damián se acercó a ella. No llevaba traje, sino una camisa negra de seda con los primeros botones desabrochados, revelando la cadena de oro que ella le había regalado. Su posesividad se había transformado en un aura de protección absoluta. Se colocó detrás de ella, apoyando sus manos en el respaldo de su silla, encerrándola.
—Quiero que me des a Ferrara, Renata —gruñó él, su aliento rozando su oreja—. El archivo puede esperar. Pero ese hombre se atrevió a tocarte y a pensar que podía sacarte de mi lado. Ese es un pecado que solo se paga con la vida.
—Lo tendrás, Damián —respondió ella, girándose para mirarlo con una chispa de malicia en los ojos—. Pero antes, vamos a ver cómo se desmorona su mundo.
El piso franco era un ático de lujo con vistas a la columna Vendôme. Andrés Ferrara estaba allí, rodeado de tres analistas de sistemas que sudaban frío frente a computadoras cuyas pantallas parpadeaban en rojo.
—¡Arréglalo! —gritaba Andrés, golpeando la mesa—. ¡Esa mujer no pudo haberme engañado así! ¡Soy su mentor!
—No, Andrés —la voz de Renata resonó a través de los altavoces de las computadoras del ático, hackeando el sistema de audio—. Fuiste mi mentor. Pero yo soy la mujer que sobrevivió a los Morana y que ahora tiene el poder de un país entero. Te volviste predecible. Te volviste arrogante.
Andrés se quedó paralizado, mirando a la cámara de seguridad del rincón.
—¿Dónde estás, Renata? —preguntó él, intentando recuperar su compostura.
—Estoy justo detrás de la puerta —respondió ella.
En ese instante, la puerta blindada del ático voló por los aires. No fue una explosión sutil; fue la fuerza bruta de Damián Bustamante, quien entró como una tromba, seguido por sus hombres. Los analistas levantaron las manos de inmediato, pero Andrés sacó un arma.
Damián fue más rápido. De un solo disparo preciso, le voló el arma de la mano a Ferrara. El espía cayó al suelo, gritando de dolor, sujetándose la muñeca destrozada.
Renata entró al salón, caminando con la elegancia de una pantera. Se detuvo frente a Andrés, mientras Damián lo levantaba del suelo por el cuello, estampándolo contra el ventanal que daba a la ciudad de las luces.
—París es hermoso en esta época del año, ¿verdad, Ferrara? —dijo Damián, apretando el agarre—. Es una pena que no vayas a ver el amanecer.
—Renata... por favor —suplicó Andrés, mirando a su antigua alumna—. Podemos negociar... el consorcio tiene millones... puedo darte lo que quieras...
Renata se acercó a él y le acarició la mejilla con un gesto casi tierno, antes de propinarle una bofetada que le cortó el labio.
—Lo que yo quiero, Andrés, ya lo tengo —dijo ella, entrelazando su mano con la de Damián—. Tengo el poder, tengo mi archivo y tengo al único hombre que es lo suficientemente loco como para amarme por lo que soy, no por lo que puedo darle.
Damián miró a Renata, sus ojos brillando con un deseo oscuro.
—¿Qué hacemos con él, mi reina? —preguntó Damián, su pulgar presionando la tráquea de Andrés—. ¿Lo lanzamos por la ventana o prefieres que lo enviemos de vuelta a nuestro sótano especial?
Renata miró el maletín de titanio que Andrés había robado.
—No —dijo ella—. El consorcio "Europa Libre" ya ha sido expuesto. He enviado sus identidades a la Interpol y a la FSB rusa. Andrés ya no es un espía útil; es un hombre muerto caminando. Damián, deja que la justicia poética se encargue.
Damián soltó a Andrés, quien cayó al suelo tosiendo y temblando.
—Tienes diez minutos antes de que la policía francesa y los agentes rusos lleguen aquí —dijo Renata, mirando su reloj de lujo—. Yo que tú, empezaría a correr. Aunque sabemos que no llegarás muy lejos.
Mientras salían del edificio, Damián detuvo a Renata en el portal de mármol. La lluvia empezaba a caer sobre París, mojando su traje táctico. Él la tomó de la nuca y la besó con una ferocidad que borraba cualquier rastro del pasado.
—Nadie más —susurró él contra sus labios—. Ningún espía, ningún político, ningún fantasma del pasado volverá a interponerse entre nosotros.
—Nadie, Damián —respondió ella—. El archivo está a salvo. El consorcio está destruido. Solo nos queda una cosa por hacer.
—¿El qué? —preguntó él, su posesividad brillando bajo las luces de la calle.
—Volver a casa y celebrar nuestra boda. Quiero que el mundo vea cómo nos convertimos oficialmente en los dueños de todo.
Damián sonrió, una sonrisa de triunfo absoluto. La cacería en París había terminado, y con ella, el último obstáculo real para su felicidad retorcida y poderosa.
—A casa, entonces —dijo él, subiéndola al coche blindado—. Prepárate, Renata. Porque nuestra boda no será una fiesta... será una coronación.
Vamos a ver qué pasa con el Presi