Meghan Whitmore, hija del recién electo presidente de Estados Unidos y brillante abogada, siempre ha vivido entre poder y estrategia. Desde la muerte de su madre y su hermano, ella se convirtió en el mayor apoyo de su padre... y en su punto más vulnerable.
Cuando una amenaza logra infiltrarse en la Casa Blanca, su seguridad se refuerza con un nuevo jefe de protección: el capitán Ethan Cole, un militar frío y disciplinado que solo cree en el deber. Lo que comienza como una misión profesional pronto se convierte en una tensión imposible de ignorar.
Pero mientras las amenazas se vuelven más personales y secretos del pasado salen a la luz, Meghan y Ethan descubrirán que el mayor riesgo no está en los enemigos externos... sino en cuando los sentimientos comienzan a ganar terreno y todo el país los está observando.
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Capitulo 1
UN MES EN EL PODER -
Meghan Whitmore
Hace un mes que mi padre juró como presidente de los Estados Unidos.
Treinta y un días desde que el mundo decidió que nuestro apellido debía sostener el peso de una nación.
Y si alguien cree que el poder llega como una celebración eterna, se equivoca.
El poder llega como insomnio.
Me despierto antes de que suene la alarma. Siempre. A las 5:30 a.m., cuando la Casa Blanca todavía respira en silencio y los jardines parecen irreales bajo la luz azul del amanecer. A veces me quedo mirando el techo unos segundos, recordándome dónde estoy.
No en el apartamento que compartía con mis compañeros de la universidad.
No en el bufete donde trabajaba hasta hace tres meses.
Sino aquí. En la residencia presidencial.
En la casa blanca, lo que se supone que debo llamar casa por estos próximos años, así que si...
En casa.
O lo más parecido a una.
Me visto con precisión: traje sastre marfil, tacones discretos, cabello recogido. Imagen impecable. La hija del presidente no puede improvisar.
Cuando bajo al comedor privado, mi padre ya está allí, con una taza de café y tres carpetas abiertas frente a él.
—Llegas tarde, Meghan—dice sin levantar la vista.
Miro el reloj.
—Son las 6:07.
—Exacto. Siete minutos tarde.
Levanto una ceja.
—Demandaré al servicio secreto por no sincronizar mejor los relojes.
Eso le arranca una sonrisa. Esa sonrisa que no le muestra a las cámaras.
—Si demandas a mi equipo el primer mes, el Congreso va a pensar que crie a una fiscal despiadada.
—Criaste a una abogada brillante —corrijo, tomando asiento frente a él—. Es distinto.
Levanta la vista entonces. Y durante un segundo ya no es el presidente. Es solo mi padre.
—¿Dormiste?
—Lo suficiente.
—Eso significa que no.
Suspiro.
—Papá, llevas un mes gobernando una potencia mundial. Si tú no duermes, yo tampoco.
Su expresión cambia apenas. Hay orgullo ahí. Y algo más delicado. Algo que compartimos desde el accidente.
Desde que quedamos solo nosotros.
—Hoy tienes la reunión con el comité judicial, ¿verdad? —pregunta.
—A las nueve. Voy a presentar el análisis constitucional sobre la reforma energética. Si lo hacemos mal, nos demandan en dos estados antes del almuerzo.
—Y si lo haces bien...
—Ganamos veinte votos clave en el Senado.
Asiente, satisfecho.
—Sabía que debía contratarte.
—No me contrataste. Me criaste.
Su mano cruza la mesa y aprieta la mía un segundo.
No dice nada. No hace falta.
A las 8:45 ya estoy en el Ala Oeste.
Mi oficina no es grande, pero tiene vista parcial al jardín sur. En la pared hay diplomas que los medios adoran mencionar: Harvard. Columbia. Reconocimientos legales.
Lo que no cuelga en la pared son las noches en que estudié hasta llorar después de que mamá y Daniel murieran.
Eso no luce bien en fotografías oficiales.
—Señorita Whitmore —dice Clara, mi asistente, entrando con una Tablet—. El equipo jurídico ya está reunido.
—Perfecto. ¿El senador Brooks confirmó asistencia?
—Sí, aunque pidió limitar preguntas de la prensa.
—Eso significa que está inseguro —respondo, tomando mis documentos—. Bien. Vamos.
La sala de conferencias huele a café fuerte y tensión política.
—Buenos días —digo al entrar.
—Meghan —saluda el asesor legal principal, Thomas Greene—. Estamos listos.
Me siento, abro mi carpeta y proyecto el documento en la pantalla.
—La propuesta actual tiene tres vulnerabilidades constitucionales —empiezo—. Si la oposición quiere bloquearla, atacará por aquí, aquí y aquí.
Señalo cada punto con el láser.
—¿Solución? —pregunta Brooks.
—Reformular la cláusula de supervisión federal y agregar un apartado de autonomía estatal limitada. Les damos margen simbólico sin ceder control real.
Silencio.
Luego Thomas sonríe levemente.
—Eso es... elegante.
—Es legal —corrijo—. Y defendible ante la Corte Suprema.
Brooks me observa con una mezcla de evaluación y sorpresa.
Estoy acostumbrada.
Muchos esperan que sea la hija del presidente. No la estratega.
—Haré las modificaciones hoy mismo —concluyo—. Pero necesito su compromiso público esta noche en la gala.
—¿La gala diplomática? —pregunta él.
—Exacto. Sonríe, habla de cooperación y no menciones impuestos. Déjame el resto a mí.
Cuando salgo de la sala, Clara me mira casi divertida.
—A veces olvido que tienes treinta años y no cincuenta.
—A veces yo también.
Desde pequeña siempre había soñado con colocarme vestidos elegantes, disfrutar de los banquetes, la champagne y de los bailes interminables. Lo hice de pequeña, cuando mi padre llegaba del trabajo y me encontraba con unos vestidos esponjosos y bailamos por mucho rato hasta quedarme dormida, mi madre nos veía desde la puerta de la habitación mientras mi hermano me hacía mala cara.
Ahora...las galas son otro tipo de batalla.
Vestido azul marino. Espalda descubierta. Elegante, no provocativo. Todo calculado.
La prensa grita preguntas cuando entramos al salón principal.
—¡Señorita Meghan! ¿Se postulará en el futuro?
—¿Está influyendo en las decisiones del presidente?
Sonrío sin mostrar dientes.
—Estoy orgullosa de servir a mi país desde el ámbito legal —respondo con calma—. Hoy celebramos la cooperación internacional.
Mi padre se acerca por detrás.
—Perfecta —susurra apenas.
—Ensayé frente al espejo.
—Lo sé. Te vi.
Ruedo los ojos.
—Eso es perturbador, señor presidente.
Él ríe bajo.
Durante la cena, me inclino hacia él.
—Brooks está listo. Confirmará apoyo.
—Lo sabía. Cuando te vi hablar, supe que lo tenías.
—No lo "tengo". Lo convencí.
—Eso es peor.
Nuestros hombros casi se rozan mientras aplaudimos un discurso diplomático.
A veces olvido que el mundo nos observa incluso cuando respiramos.
Esa noche, cuando por fin regresamos a la residencia privada, me quito los tacones con un suspiro, amo usar estos tacones, un privilegio que me encanta, un gusto que siempre quiero darme yo sola pagando, pero que el señor que llamo padre ya lo ha pagado antes que yo, me encanta.
Mi padre afloja su corbata.
—¿Te arrepientes? —pregunta de pronto.
Lo miro.
—¿De qué?
—De entrar en esto conmigo.
Camino hasta la ventana. Las luces del jardín brillan como estrellas artificiales.
—No. —Hago una pausa—. Pero a veces extraño cuando nuestras discusiones eran sobre qué pizza pedir y no sobre política internacional.
Sonríe con nostalgia.
—Tu madre odiaba cuando pedíamos pepperoni extra.
El silencio que sigue es suave. Doloroso, pero suave.
—Lo estamos haciendo bien, papá —digo finalmente—. Siempre estaré contigo en esto, siempre, papi...
- Ay, Meghan... - Se acerca a mi y me abraza fuertemente, si de puertas para afuera es el presidente de los estados unidos, pero aquí es solo mi papi.
Y soy feliz que lo siga siendo.