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Coronas Y Destinos

Coronas Y Destinos

Status: Terminada
Genre:Edad media / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: CrisCastillo

Natalie, una princesa destinada a un matrimonio político para sellar una paz falsa, huye la noche de su compromiso disfrazada de soldado. Bajo el nombre de Derek, se une a la frontera en guerra contra Ylirion, buscando escapar de una vida enjaulada y elegir su propio destino. Descubierta casi de inmediato por la dureza del frente y la desconfianza de sus superiores, deberá demostrar con sangre y acero que no es una impostora, sino alguien dispuesto a perderlo todo por la libertad.

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01

La espada le pesaba en el cinturón como un ancla de hierro, un peso ajeno y hostil que Natalie aún no había logrado asimilar. Se observó en el espejo empañado de las caballerizas, el único lugar donde su reflejo no sería delatado por las doncellas ni los cortesanos. El cabello castaño, su orgullo, estaba ahora sucio y amontonado bajo un casco de cuero viejo que olía a sudor y a otro hombre. Su piel canela, acostumbrada a los sedas y lociones, lucía cubierta por un polvo fino que simulaba el barro seco de las batallas. Y sus ojos marrones, antes llenos de una melancolía contenida, ahora debían mostrar la dureza de un soldado.

Ya no era la princesa Natalie. Tenía que convertirse en Derek, un caballero sin linaje, sin pasado y sin futuro, cuya única misión era desaparecer. Afuera, la música de la fiesta de compromiso resonaba como una burla. Cada nota era un recuerdo del príncipe de Ylirion, el hombre cuyo rostro apenas conocía pero cuyo nombre ya condenaba el suyo. Un matrimonio para sellar una paz que él mismo estaba a punto de romper; los rumores de que Ylirion reunía tropas en la frontera norte eran más ciertos que las promesas de su padre.

Ajustó la coraza de cuero endurecido, que le oprimía el pecho con un recordatorio constante de su engaño. Este disfraz no era solo una máscara para burlar a un matrimonio; era su única oportunidad de no ser una pieza en el tablero de los hombres. Si su destino era ser usada, prefería ser usada como un soldado más en la batalla, con una espada en la mano y una muerte rápida, antes que como una reina en una jaula dorada. Con un último suspiro, Natalie enterró a la princesa y dejó que Derek tomara el control. Abrió la puerta de las caballerizas y se adentró en la noche.

El aire frío de la noche le azotó el rostro, un bienvenido contraste con el bochorno de las caballerizas y el calor sofocante de su coraje recién encontrado. Derek caminó con paso firme, aunque cada nervio de su cuerpo gritaba para que corriera. No podía. Un soldado no huía; se retiraba. Se deslizó por los senderos traseros del castillo, evitando las farolas que iluminaban los jardines donde los nobles continuaban su festejo, ignorantes de la deserción que ocurría bajo sus narices.

Llegó al puesto de guardia en la muralla este, el más alejado de la fiesta. El centinela, un veterano de ojos cansados y barba canosa, la miró con desdén.

—¿Tú? —gruñó, escupiendo al suelo—. Pareces más un paje que un refuerzo para la frontera.

Derek apretó la mandíbula, recordando las lecciones de su instructor.

—La necesidad no elige rostros, solo manos que empuñen acero —respondió, sorprendida por la ronquedad de su propia voz. Le entregó el pergamino falsificado, el sello de su padre replicado por el maestro de espías de la corte.

El guardia examinó el documento a la luz de una antorcha, frunciendo el ceño.

—El Capitán Tomás no acepta a cualquiera. Espero que seas tan bueno con la espada como tu padre dice.

—Soy mejor —mintió Derek, sintiendo un nudo de miedo en el estómago.

Con un encogimiento de hombros, el guardia le abrió el portón. —El camino es peligroso, sobre todo con las patrullas de Ylirion merodeando. Te espera un caballo en el bosque, como se ordenó.

Derek asintió y cruzó el umbral, dejando atrás el único mundo que había conocido. El olor a pino y tierra húmeda la envolvió mientras se adentraba en la oscuridad de los árboles. Por primera vez en su vida, estaba verdaderamente sola. No había doncellas, ni tutores, ni las paredes doradas de su prisión. Solo había ella, el frío de la noche y el peso de la espada que, de alguna manera, ya no se sentía tan ajeno.

Caminó durante lo que pareció una eternidad, siguiendo las instrucciones memorizadas hasta encontrar un claro donde un corcel negro estaba atado a un árbol. Mientras acariciaba su crin, escuchó el crujido de una rama a sus espaldas. Su mano voló a la empuñadura de la espada, y sus ojos marrones se fijaron en la sombra que emergía de entre los árboles. No era un animal.

—Bienvenido al frente, muchacho —dijo una voz femenina, áspera como la piedra—. Soy la Sargenta Kaelen. El Capitán Tomás me envió a evaluarte. Porque aquí, en la frontera con Ylirion, no hay lugar para principes de juguete.

Derek se irguió, la mano todavía en la empuñadura.

—No soy un príncipe. Solo un soldado.

Kaelen se rió, un sonido seco y sin alegría. Salía de las sombras, una mujer alta y enjuta, con el cabello tan corto que casi no existía y una cicatriz que le surcaba la mejilla desde la ceja hasta la comisura de los labios. Vestía una malla de acero oxidada sobre cuero, y movía con la misma facilidad que un depredador nocturno.

—Las palabras son baratas, “Derek”. Tu pergamino dice que eres huérfano de un noble caído, pero no hay noble que caiga sin dejar un rastro. El Capitán Tomás desconfía de los fantasmas.

—No soy un fantasma —replicó Derek, sintiendo cómo el pánico comenzaba a trepar por su garganta—. Solo quiero luchar.

—¿Luchar? ¿O escapar? —Kaelen dio un paso hacia ella, sus ojos grises analizándola como si pudieran ver a través del polvo y la suciedad, hasta el vestido de seda que Natalie llevaba puesto hace apenas unas horas—. Los muchachos como tú suelen huir de algo. Una deuda, un crimen… o un matrimonio. Pero aquí no hay dónde ocultarse. O matas o mueres. Así que vamos, muéstrame lo que vales. Sin armadura, solo acero.

Antes de que Derek pudiera protestar, Kaelen desenvainó su propia espada con un silbido letal. El metal brilló bajo la luz de la luna, una serpiente de acero lista para atacar. El corazón de Natalie martilleaba en su pecho, pero Derek parpadeó. Asintió, lentamente, y desenvainó su propia arma, que de repente se sentía peligrosamente pesada e inadecuada. El primer desafío no sería contra el ejército de Ylirion, sino contra la mujer que decidiría si viviría lo suficiente para ver el amanecer.

Derek adoptó la posición de guardia que le había enseñado su instructor, con las piernas ligeramente flexionadas y el peso distribuido uniformemente. El equilibrio, le había dicho, es la base de todo. Pero ahora, frente a la mirada penetrante de Kaelen, sus piernas temblaban y el sudor frío le perlaba la frente bajo el casco de cuero. La sargenta no se movió. Simplemente la observó, como un gato acechando a un ratón inexperto, analizando cada uno de sus nerviosos micro-movimientos.

—Ataca —ordenó Kaelen, su voz un susurro cortante—. No voy a pasar toda la noche esperando a que te decidas.

Derek tragó saliva, el sonido seco rompiendo el silencio del bosque. Sabía que la defensiva era su punto más fuerte, que su técnica era precisa pero carecía de la ferocidad de un soldado de verdad. Sin embargo, una orden era una orden. Avanzó con paso cauteloso y lanzó un tajo descendente, calculado y limpio, directamente hacia el hombro de Kaelen.

La sargenta no se inmutó. Con una elegancia insultante, desvió el golpe con el filo de su espada, usando el ímpetu de Derek para hacerla girar sobre sí misma. El acero resonó con un chillido agudo que vibró hasta los huesos de Natalie. Antes de que Derek pudiera recuperar su postura, sintió un golpe seco en el costillar. No era el filo, era el pomo de la espada de Kaelen. El aire le escapó de los pulmones en un jadeo doloroso y cayó de rodillas, la visión nublada por el dolor y la humillación.

—Preciso —dijo Kaelen, paseándose a su alrededor como si fuera un trofeo de caza—. Demasiado preciso. Me has dicho que no eres un príncipe, pero luchas como uno. En la sala de entrenamiento, ese golpe habría ganado un aplauso. En el campo de batalla, te habría dejado el cuello expuesto para que un enemigo más pragmático que yo te lo cortara.

Derek se apoyó en la espada para levantarse, el dolor ardía en su costado. La ira, una emoción que rara vez se le permitía sentir, comenzó a reemplazar al miedo. No era ira contra Kaelen, sino contra sí misma, contra su formación, contra toda una vida de perfección estéril. Se puso de pie, esta vez más erguida.

—De nuevo —siseó Derek, y esta vez su voz sonó diferente, cargada con una nueva determinación.

Sin esperar otra orden, se abalanzó. Pero esta vez no hubo técnica ni precisión. Fue un torbellino de movimientos desesperados. Un tajo horizontal seguido de una estocada baja, un giro para intentar un golpe por la espalda. Todo fue caótico, salvaje y fácilmente predecible. Kaelen la desarmó con la misma facilidad con la que un adulto quita un juguete a un niño. La espada de Derek voló por el aire y se clavó en el suelo a varios metros de distancia. Kaelen detuvo el filo de su arma a un centímetro de la garganta de Derek, que había vuelto a caer al suelo, esta vez de espaldas, jadeando.

—Mejor —dijo Kaelen, una pizca de respeto en su voz—. Al menos has dejado de intentar impresionarme y has empezado a intentar sobrevivir. Pero la furia sin control es tan inútil como la técnica sin propósito.

Se apartó, guardando su espada con un movimiento fluido. Se acercó al arma de Derek, la sacó de la tierra y la lanzó a sus pies.

—Levántate, muchacho. Acompáñame. El Capitán Tomás querrá conocerte.

Derek recogió su espada, el mango resbaladizo por el sudor y el humilde polvo. Sin decir palabra, siguió a Kaelen a través del bosque, cada paso un recordatorio de su derrota. Caminaron en silencio durante casi una hora, alejándose del camino principal y adentrándose en un terreno más escarpado y rocoso. Finalmente, llegaron a una pequeña hondonada oculta por un muro de espinos. En el centro, varias hogueras consumían leña con crepitar, y a su alrededor, docenas de figuras se movían en la penumbra: hombres y mujeres afilando armas, reparando armaduras, comiendo en silencio. Era un campamento militar, pero no como los que Natalie había visto en los desfiles. Este olía a tierra, a metal y a desesperanza.

Kaelen la condujo hasta la tienda más grande, una de lona gruesa y remendada. Apartó la pesada tela y la empujó hacia dentro.

—Capitán, traigo al nuevo recluta.

Derek entró y sus ojos tardaron un momento en adaptarse a la tenue luz de las velas. La tienda estaba llena de mapas, pergamino enrollado y armas de todo tipo. Detrás de una mesa de madera basta, un hombre de mediana edad con el pelo oscuro salpicado de canas y la cara surcada por arrugas de preocupación levantó la vista. Sus ojos, de un azul profundo e inteligente, se clavaron en Derek con una intensidad que hizo que la de Kaelen pareciera un juego de niños.

—Así que eres el fantasma del que me hablaron —dijo el hombre, que sin duda era el Capitán Tomás—. Huérfano de un noble sin nombre. Tu espada se movió con la precisión de un cortesano, pero tu último ataque tuvo la rabia de un hombre con algo que perder. Dos caras que no encajan. Quiero que me digas quién eres, de verdad. Porque aquí, con la guerra de Ylirion respirándonos en la nuca, las mentiras se pagan con sangre. Y la tuya, muchacho, tiene un aroma muy particular. El aroma de la realeza.

El mundo de Natalie se detuvo. Las palabras del Capitán Tomás no fueron una acusación, sino una sentencia dictada en la quietud de la tienda. Cada mapa, cada arma en las paredes, cada sombra danzante parecía burlarse de su torpe intento de engaño. Su mente, entrenada para el protocolo y la diplomacia, se quedó en blanco. Negarlo sería una mentira más, una afrenta a la inteligencia del hombre que la observaba. Admitirlo era una sentencia de muerte.

Su instinto le gritó que huyera, que desenvainara la espada y luchara hasta el último aliento, pero su cuerpo, agotado por la humillación y el viaje, se negó a moverse. Entonces, algo dentro de ella cambió. La princesa aterrorizada que quería vivir vio que su única esperanza era que Derek, el soldado ficticio, estuviera dispuesto a morir.

Derek se arrodilló lentamente, sin quitar los ojos del capitán. La postura no era de súbdito a rey, sino de soldado a su comandante.

—Mi nombre es Derek —dijo, y su voz, aunque temblorosa al principio, ganó firmeza con cada sílaba—. Hijo de nadie. Huérfano de la guerra del este. Mi padre era un caballero menor, mi madre una campesina. Murieron cuando las tropas de Ylirion arrasaron nuestra aldea. Todo lo que tengo es esta espada y mi lealtad a cualquier hombre que luche contra ellos.

Kaelen, que permanecía en silencio junto a la entrada, soltó una risa corta.

—Una historia bonita, Capitán. Demasiado bonita.

Tomás no le hizo caso. Sus ojos azules seguían clavados en Derek, desarmándola capa por capa.

—La guerra del este fue hace diez años. Tendrías que haber sido un niño entonces. Un niño muy pequeño para ser enviado ahora a la frontera. —Se inclinó hacia adelante, sus codos apoyados en el mapa de la región—. Pero supongamos que miento. Supongamos que tu historia es cierta. Entonces dime, "Derek", ¿cómo es que un muchacho criado en un pueblo polvoriento y un orfanato sabe ejecutar un "quinto" con la precisión de un maestro de esgrima de la corte? Y ¿cómo es que tu piel, aunque cubierta de suciedad, tiene la tersura de alguien que nunca ha conocido el sol de los campos?

Derek sintió el pánico helado recorrerle la espina dorsal. No había respuesta para eso. No había mentira que pudiera explicar una formación que solo una princesa podía recibir. El silencio se hizo denso, pesado. Tomás esperaba, y su paciencia era más aterradora que su ira.

—Yo... —empezó Derek, pero las palabras se le atascaron.

—¡Mientes! —rugió Tomás de repente, golpeando la mesa con el puño. Los rollos de pergamino saltaron y un tintero volcó, manchando de negro un mapa del reino de Ylirion—. Mientes sobre tu nombre, sobre tu pasado, sobre tu motivo para estar aquí. Y lo más peligroso es que mientes bien. Demasiado bien. ¿Quién te envió? ¿El rey? ¿Es esta una de sus trampas, enviando un espía para vigilar a sus soldados desechables? ¿O acaso vienes de Ylirion? ¿Un espía enemigo con una historia tan absurda que nadie podría creerla?

—¡No! —gritó Derek, levantándose de rodillas. La negativa fue visceral, un grito nacido del corazón de Natalie—. ¡No soy de Ylirion! Los odio. Los odio con toda mi alma. Arruinaron mi vida antes incluso de que tuviera una.

La última frase, dicha con una pasión que no pudo fingir, pareció detener el torrente de furia del capitán. Tomás la miró largamente, su expresión cambiando de la ira a una curiosidad profunda y analítica. Se recostó en su silla, frotándose la barbilla.

—Odio... —murmuró—. Esa es una moneda de cambio común aquí. Todos odiamos a Ylirion. Pero tu odio... es personal. No es el odio de un soldado a un enemigo abstracto. Es el odio de alguien a quien le han arrebatado algo precioso. Algo que no se puede reemplazar. Dime, muchacho, ¿qué te quitaron?

Derek vaciló. La verdad era un arma de doble filo. Confesar su identidad la haría vulnerable, pero quizás, solo quizás, su verdad fuera la única carta que le quedaba por jugar. Tomó una decisión.

—No me quitaron una casa ni una familia —dijo Derek, su voz baja pero clara, y por un instante, Natalie asomó en sus ojos marrones, mostrando la vulnerabilidad que había estado ocultando—. Me quitaron mi futuro. Me condenaron a una vida que no elegí. Así que vine aquí. No a espiar, sino a luchar. A morir si es necesario. Pero morir como un hombre libre, no como un esclavo en una jaula dorada.

El silencio volvió a caer en la tienda, pero esta vez era diferente. No era el silencio de la acusación, sino el de la contemplación. Kaelen la observaba con una expresión indescifrable, y por primera vez, parecía menos una carcelera y más una igual.

Finalmente, Tomás asintió lentamente.

—Un futuro... —dijo en voz baja—. Sí, la guerra es buena para arrebatarnos eso. Muy bien, Derek. Sea cual sea tu verdad, has dicho algo que entiendo. Pero la lealtad no se pide con palabras, se gana con hechos. Kaelen te asignará a la patrulla de cenizas. La peor, la más peligrosa. Vigilarás los pasos de montaña, donde las patrullas de Ylirion se cuelan como serpientes. Si sobrevives una semana, quizás empieces a ganarte mi confianza. Si mueres, al menos habrás muerto como dijiste que querías: como un soldado. Ahora, sal de mi vista. Kaelen, encárgate de él.

Derek asintió, sin atreverse a decir más. Se giró y salió de la tienda, con Kaelen pisándole los talones. La noche exterior nunca se había sentido tan fría ni tan liberadora. Había sobrevivido a su primer interrogatorio, pero la verdadera prueba, la de la espada y la supervivencia, acababa de comenzar.

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Anonymus
jummm aquí la traducción fallo y la ilusión de la creatividad murió, bye
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