"Nuestras familias se han odiado por generaciones, pero ahora, él tiene el poder de destruirme... o salvarme.
Mi padre cometió el error de su vida y la única forma de pagar la deuda es entregándome a Damian Volkov, el hombre más despiadado de la ciudad y mi rival desde la infancia. Él no quiere mi dinero; quiere mi libertad, mi obediencia y, sobre todo, quiere verme quebrada bajo su control.
Juré que lo odiaría hasta mi último aliento, pero en la oscuridad de su mansión, el deseo es una traición que no puedo controlar. Damian juega sucio, y yo... estoy empezando a disfrutar del castigo.
¿Podrá el odio sobrevivir a la pasión, o terminaré destruida por el hombre que juré jamás tocar?"
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El precio de un apellido
El frío de Venecia en febrero se filtraba por las grietas de los muros de mármol del Palazzo Cavalli, pero no era el clima lo que hacía que Alessandra temblara. Era la humillación.
Frente a ella, sobre el escritorio de caoba que había pertenecido a su abuelo, descansaba un fajo de documentos legales que olían a final. Su padre, con las manos entrelazadas y la mirada fija en sus zapatos lustrados, no se atrevía a verla a los ojos.
—Dime que es una broma, papá —la voz de Alessandra era un susurro afilado—. Dime que no nos has vendido.
—No es una venta, Alessandra… es una reestructuración de la deuda —balbuceó el hombre, aunque sus palabras carecían de convicción.
—Es una entrega. —Ella golpeó el papel con el índice—. El 90% de las acciones de la naviera y la propiedad física de este palacio a nombre de… —se le detuvo el aliento al leer el nombre— Damian Volkov.
El nombre supo a sangre en su boca. Los Volkov no eran solo rivales; eran el cáncer que había consumido la fortuna Cavalli durante décadas. Y Damian… él era la versión más letal de su estirpe. Recordaba sus ojos grises de la infancia, fríos como el acero, observándola desde el otro lado de los canales con una promesa de destrucción que hoy, finalmente, se cumplía.
En ese momento, las pesadas puertas dobles del salón se abrieron sin previo aviso.
El aire en la habitación pareció succionarse. Damian Volkov entró con la arrogancia de quien sabe que ya es dueño de todo lo que pisa. Vestía un traje negro hecho a medida que acentuaba su figura imponente y una calma que resultaba más aterradora que cualquier grito.
—Llegas tarde a tu propia ejecución, Giorgio —dijo Damian, ignorando por completo a Alessandra mientras se acercaba al escritorio.
—Damian, por favor, tenemos los documentos listos, solo… —su padre empezó a levantarse, pero la mano de Damian, apoyada firmemente sobre el hombro del viejo, lo obligó a sentarse de nuevo.
Fue entonces cuando Damian giró la cabeza. Sus ojos recorrieron a Alessandra con una lentitud insultante, desde sus tacones caros hasta el collar de perlas que adornaba su cuello altivo.
—Alessandra —pronunció su nombre como si fuera un pecado—. Te ves exactamente como te recordaba. Orgullosa. A punto de quebrarte.
—Puedes quedarte con los barcos, Damian. Puedes quedarte con las piedras de esta casa —respondió ella, dando un paso al frente, con la barbilla en alto a pesar del pavor que sentía—. Pero no me hables como si fuera parte del inventario.
Damian soltó una risa seca, un sonido carente de humor que le erizó la piel. Se acercó a ella, invadiendo su espacio personal hasta que Alessandra pudo oler su perfume: sándalo, tabaco y poder.
—Ese es el problema, cara —susurró él, inclinándose para que solo ella pudiera escucharlo—. Tu padre no solo apostó la empresa. Apostó tu libertad para evitar la cárcel. A partir de esta noche, no eres una Cavalli libre. Eres mi propiedad.
Él extendió una mano, rozando con el dorso de sus dedos la mejilla de Alessandra. Ella quiso apartarse, pero su cuerpo traicionero se congeló ante el contacto.
—Prepara tus cosas. El infierno que tanto me juraste en la infancia acaba de mudarse a mi mansión.