Alana muere tras su deporte favorito. reencarna en el cuerpo de una mujer de la nobleza. Una mujer que al ver la situación del reino decide actuar para cambiarlo todo.
Pero esperen... Ella no actuará sola. Ayudará al villano a obtener poder y consigo, asegurar su futuro.
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Capitulo 1: El deporte extremo.
“No recordé el dolor de inmediato. Lo primero que regresó fue el frío. Un frío que no mordía la piel, sino que se metía en los huesos, que entumecía los pensamientos y hacía que respirar fuera una tarea consciente."
Alana supo que algo iba mal incluso antes de abrir los ojos. Había nieve. Mucha. Demasiada. Intentó moverse, pero su cuerpo no respondió. Su última memoria apareció con violencia: la pendiente, el viento cortándole el rostro, la velocidad, el error mínimo que lo cambió todo. Un segundo de más. Un giro mal calculado. Y un árbol que apareció de frente a ella sin aviso. No hubo tiempo para frenar.
Luego nada. Porque vivir la vida al extremo lleva sus riesgos y ella lo sabía. El esquí alpino se llevó su vida.
—Despierta...
La voz no era conocida. Tampoco era la suya.
Abrió los ojos de golpe.
El techo era alto, decorado con molduras claras. No era un hospital. No había luces artificiales ni el sonido constante de máquinas. El olor era distinto: madera, cera, telas limpias. Giró la cabeza con dificultad y vio cortinas gruesas, muebles antiguos, una habitación demasiado grande para una sola persona.
—Oh, gracias a Dios… —dijo una joven acercándose—. Pensé que la fiebre volvería.
Alana intentó hablar. El nombre no era el suyo.
—¿Dónde…? —su voz salió ronca, más suave de lo que esperaba.
La joven sonrió con alivio. Tenía el rostro cansado de tanto cuidar, pero los ojos atentos. Vestía de manera elegante, sin ostentación.
—En casa. En tu habitación.
Casa.
Eso no era su casa.
Intentó incorporarse, pero un mareo la obligó a recostarse de nuevo. La mujer apoyó una mano firme sobre su hombro.
—Tranquila. El médico dijo que debías descansar. Te golpeaste fuerte.
Alana cerró los ojos. Respiró despacio. Algo no encajaba. Todo era demasiado real para ser un sueño, demasiado ordenado para una alucinación.
—Madre —dijo la muchacha con suavidad—. Iré a avisar a padre.
“Madre."
Ese pensamiento encendió algo en su mente. Recuerdos que no eran suyos comenzaron a acomodarse como piezas obligadas. Nombres. Lugares. Un apellido.
Boyer.
Cuando volvió a abrir los ojos, estaba sola. Se incorporó con cuidado y caminó hasta un espejo grande apoyado contra la pared. Lo que vio la dejó inmóvil.
No era su rostro.
La mujer que la observaba tenía el cabello rubio claro, largo, cuidadosamente peinado. Ojos grandes, expresivos, de un color miel suave. Rasgos finos, piel clara. Era hermosa, pero no era Alana.
—Esto no puede ser… —susurró.
El corazón le latía con fuerza. Reconoció ese rostro. No porque lo hubiera visto antes, sino porque lo había leído. Una historia. Un mundo ficticio. Una novela que conocía demasiado bien.
Anabel Boyer.
—No… —negó en voz baja.
Sintió un nudo en el estómago. No estaba soñando. No estaba delirando. Cada detalle coincidía. La habitación. La época. El estatus. Los Boyer eran una familia noble menor, al servicio directo de la corona.
—Estoy dentro de la historia… —murmuró.
La puerta se abrió.
—Anabel —dijo un hombre entrando—. ¿Cómo te sientes?
Era alto, de porte serio. Vestía con pieles y abrigo de lobos, pero su postura hablaba de disciplina y deber. El jefe de familia. Lord Boyer.
Ella se giró despacio. No podía dejar que notaran nada extraño. No todavía.
—Mejor —respondió con cautela.
Él la observó unos segundos, evaluándola.
—Has tenido suerte. Una caída así pudo haber sido peor. No seas torpe la próxima vez.
Asintió. Su mente trabajaba rápido. Necesitaba adaptarse. Sobrevivir primero pensar después.
—Lo sé —dijo—. Gracias por preocuparte.
El hombre pareció relajarse apenas. Eso le confirmó que iba por buen camino.
Los primeros días fueron una prueba constante. Cada gesto, cada palabra, debía ser medida. Anabel observaba, escuchaba y aprendía. La nobleza era distinta a todo lo que conocía. No solo por la ropa o las costumbres, sino por la distancia. Todo estaba marcado por jerarquías.
Los Boyer no eran poderosos, pero eran respetados. Servían a la corona con lealtad. Comenzando con la cabecilla de los Boyer, Arturo, conocido por ser un machista de primera, luego a Anabel, esposa comprometida por deber a él, antes de que su cuerpo fuera poseído por Alana. Era una mujer sumisa y obediente ante los insultos de su marido. Por último, su hija Grecia. Obediente ante todo e inocente.
Y la corona pertenecía a los Goel.
Eso sí lo recordaba Anabel con claridad de la historia y de los recuerdos.
La familia real era cruel. No en público, no de manera evidente. Pero gobernaban con mano dura, indiferentes al sufrimiento del pueblo. Los impuestos eran abusivos. Las leyes favorecían a los nobles mayores. Los plebeyos no tenían voz para alzarse.
Para Anabel eso le revolvía el estómago.
—¿Estás segura de que te sientes bien? —le preguntó su hija una tarde—. Desde la caída pareces más callada.
—Solo estoy pensando —respondió ella.
Y era verdad.
Con el paso de los días, la adaptación fue más sencilla. Sus recuerdos como Anabel estaban ahí, disponibles cuando los necesitaba. Sabía cómo comportarse, cómo hablar, qué se esperaba de ella. Pero su conciencia no era la misma. Y eso marcaba la diferencia.
El día de la presentación en palacio llegó antes de lo que le hubiera gustado.
El carruaje avanzaba por las calles empedradas. Desde la ventana, Anabel observaba la ciudad, aquí, en este reino, siempre nevaba. Pero lo que más le llamó la atención fue ver pobreza, miradas cansadas, niños trabajando donde no deberían. Y luego, al cruzar los muros del palacio, el contraste fue brutal.
Todo era mármol, oro, jardines perfectamente cuidados.
—Recuerda tu lugar —dijo su marido—. Estamos aquí para servir.
Ella asintió.
El salón del trono obligaba silencio. Los nobles se alineaban con precisión. Nadie hablaba más de lo necesario. En lo alto, el rey y la reina ocupaban sus asientos. A su lado, el príncipe.
Anabel lo reconoció de inmediato.
Arrogante. Frío y joven, pero ya con la soberbia de quien nunca ha sido cuestionado.
—Anabel Boyer —anunció un heraldo.
Avanzó. Cada paso era pesado. No por miedo, sino por la carga simbólica de lo que representaba ese lugar.
El príncipe la miró de arriba abajo sin disimulo.
—Arrodíllate.
La orden fue seca, sin emoción.
Anabel apretó los dientes.
Sabía que debía hacerlo. La historia decía que debía hacerlo. Los Boyer eran leales. No tenían margen para desobedecer.
Se arrodilló.
El suelo estaba frío. El gesto le resultó humillante, no por orgullo personal, sino por lo que significaba. No era una muestra de respeto mutuo. Era sometimiento.
—Levántate —dijo él después de unos segundos—. Eso es todo.
Nada más. Ninguna palabra amable. Ningún interés real.
Cuando se incorporó, levantó la mirada apenas lo suficiente para verlo a los ojos. Él frunció el ceño.
—¿Tienes algo que decir? —preguntó con desdén.
—No, alteza —respondió con calma.
Pero dentro de ella algo se afirmó con claridad.
Esto no iba a seguir igual.
Mientras se retiraba junto a su familia, escuchó los murmullos. La corte era experta en observar detalles. En juzgar.
—Esa mujer mira demasiado —susurró alguien.
—No parece asustada —dijo otro.
Anabel no respondió. No necesitaba hacerlo.
Esa noche, en su habitación, se sentó frente al espejo otra vez. Observó su reflejo un largo rato. Una mujer de 38 años, infelizmente casada (porque así lo muestra en los recuerdos de la original) con una hija.
¿Que podía hacer?
Se levantó y caminó hacia la ventana. La luna iluminaba el pueblo entero lleno de nieve.
—Pero voy a cambiar esto —añadió—. Aunque la historia diga lo contrario.
No era una heroína. No pretendía salvar el mundo de un día para otro. Pero tampoco iba a aceptar un destino escrito por otros.
Alana había amado la justicia. Y Anabel Boyer no iba a olvidarlo.
—Crearé una nueva historia—susurró.— A partir de esta.
Y por primera vez desde que despertó en ese cuerpo, sonrió.
La verdad de esta historia es que los protagonistas ya ganaron. Se volvieron reyes y en su codicia ahora son los villanos que atormentan en pueblo.
Después del final de una historia, no todo es felices por siempre.
James se fue tranquilo haciendo casi todo lo q quería hacer con su pequeña esposa y protegiéndola hasta el final, ambos estaban enamorados y pidieron mostrarse y entregarse su amor completamente, Grecia aprecio y logro conocerlo aún más antes de partir, él se fue sin remordimiento y sin sufrimiento, se fue feliz y ella lo recordara x siempre pues espero q un bebé haya quedado ahí