Reencarné en un mundo omegaverse medieval… como un omega masculino.
Todo iba más o menos bien hasta que descubrí dos problemas: 1️⃣ El alfa más atractivo del reino puede escuchar mis pensamientos.
2️⃣ Yo pienso demasiadas tonterías, especialmente cuando está cerca.
Mientras intento fingir que nada pasa (leyendo libros con mucha concentración), él no solo escucha TODO… sino que además me molesta a propósito, con una sonrisa molesta, voz peligrosa y una paciencia sospechosa.
Entre reencarnación, nobles aterradores, padres alfa sobreprotectores, política, proyectos sociales y pensamientos que jamás debieron ser escuchados…
¿Cómo se supone que un omega sobreviva sin pensar cosas como:
“¿Por qué este alfa es tan sexy?”
💭
Comedia, romance, omegaverse y malentendidos garantizados.
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CAPÍTULO 22 Cuando fingir normalidad se vuelve un deporte extremo
Elio Renard Valemont pasó la noche en vela.
No porque el castillo fuera ruidoso —a esas horas, el palacio se aquietaba como una bestia cansada—, sino porque su mente no sabía callarse.
💭 “Omega destinado.”
💭 “Lazo del alma.”
💭 “Escuchar pensamientos.”
Cada vez que cerraba los ojos, esas palabras se le aparecían como si estuvieran escritas en el techo de su habitación. Se giró de un lado a otro, abrazando la almohada como si pudiera estrangular la idea hasta que dejara de existir.
—Genial —murmuró al final—.
—Ahora mi vida tiene banda sonora mística.
Cuando amaneció, decidió que iba a fingir normalidad con la convicción de alguien que sabe que va a fallar, pero igual lo intenta.
Se levantó, se vistió con ropa sencilla, se miró al espejo.
—No pienses nada raro —se ordenó—.
—No pienses nada raro.
💭 “¿Y si me está escuchando ahora?”
Se quedó congelado.
—No —susurró—.
—Eso no ayuda.
El pasillo lo recibió con su murmullo habitual. Criados que iban y venían, el eco de pasos, el roce de telas. Elio caminó como si cada pensamiento fuera un secreto de Estado.
💭 “No pienses en él.”
💭 “No pienses en lo incómodo que fue.”
💭 “No pienses en que… bueno, sí es bastante atractivo.”
Se detuvo.
—No pienses en eso —se dijo en voz baja.
Llegó al comedor con una tensión tan visible que incluso Lysenne lo notó.
—¿Dormiste mal? —preguntó, con voz suave.
—Digamos que mi cerebro decidió organizar una reunión nocturna sin consultarme —respondió Elio.
Seraphiel aún no había llegado.
Elio no supo si eso lo tranquilizaba o lo inquietaba más.
Cuando por fin apareció, el mundo pareció detenerse un segundo. No fue algo dramático: solo el roce de la puerta al abrirse, el sonido de sus pasos al acercarse a la mesa. Pero para Elio, todo se sintió amplificado.
—Buenos días —saludó Seraphiel.
—Buenos días —respondió Elio, demasiado rápido.
Se sentaron frente a frente.
El silencio se estiró como un hilo a punto de romperse.
💭 “No pienses nada.”
—¿Dormiste? —preguntó Seraphiel, con cuidado.
—Sí —mintió Elio—.
—Como una persona emocionalmente estable.
Seraphiel esbozó una sonrisa pequeña, casi triste.
—Me alegra.
Comieron en silencio incómodo durante unos segundos.
—Sobre ayer… —empezó Seraphiel.
—No —lo interrumpió Elio—.
—No ahora.
Seraphiel asintió, respetando el límite.
El castillo, ajeno al drama interno de Elio, siguió con su rutina. Y eso, de alguna manera, hacía que todo se sintiera más surrealista.
Durante la mañana, Elio evitó mirar a Seraphiel más de lo necesario. Caminó rápido por los pasillos, se refugió en la biblioteca, fingió estar muy ocupado revisando libros que no estaba leyendo.
💭 “No pienses que se ve bien cuando se concentra.”
Cerró el libro de golpe.
—Esto es tortura mental.
En la biblioteca, el silencio era tan denso que parecía escuchar su propio corazón. El olor a pergamino viejo y polvo le resultaba reconfortante, pero ni eso lograba calmar el torbellino de pensamientos.
—Si puede escucharme… —murmuró—.
—entonces estoy…
—completamente expuesto.
—No lo estoy haciendo ahora.
Elio dio un salto.
Seraphiel estaba apoyado en una estantería cercana, con los brazos cruzados.
—No te escucho cuando no quiero —añadió—.
—Y cuando puedo evitarlo.
Elio lo miró con una mezcla de alivio y vergüenza.
—Eso no suena muy tranquilizador, pero gracias por intentarlo.
Seraphiel sonrió, con cansancio honesto.
—No quiero que te sientas observado.
—No es justo para ti.
Elio respiró hondo.
—Entonces… ¿por qué no me lo dijiste antes?
Seraphiel bajó la mirada.
—Porque no quería que me miraras distinto.
Elio sintió un nudo en el pecho.
—Eso es…
—un poco tarde.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue pesado, cargado de cosas no dichas.
—No te estoy pidiendo que creas en el destino —dijo Seraphiel al final—.
—Solo… que sepas que no planeé esto.
Elio apoyó la espalda en la estantería opuesta.
—Yo tampoco planeé convertirme en parte de una profecía romántica.
Seraphiel soltó una risa breve, nerviosa.
—Suena ridículo cuando lo dices así.
—Porque lo es —respondió Elio—.
—Ridículo y aterrador.
Se miraron en silencio.
—Necesito tiempo —repitió Elio—.
—Para no sentir que mis pensamientos ya no me pertenecen.
Seraphiel asintió.
—Tómalo.
—No te voy a forzar a nada.
Elio lo observó un momento más.
—Y…
—gracias por decirme que no me escuchas ahora.
Seraphiel inclinó la cabeza, casi en señal de respeto.
—Siempre que quieras privacidad… la tendrás.
Elio soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
Tal vez el destino era una palabra grande y pesada.
Tal vez no estaba listo para aceptarla.
Pero al menos, por primera vez desde que escuchó esa conversación en el pasillo,
no se sentía completamente atrapado en una historia que no había elegido.