Había pasado un año desde que Geisa había abandonado a su marido, el jeque Ali Hasam y echaba de menos a aquel hombre guapo, arrogante y apasionado, pero ¿de qué serviría volver a él si no era capaz de darle lo que él tanto necesitaba: un hijo y heredero? Cuando Ali la engañó para que regresara, Geisa se sintió furiosa y confundida. ¿Por qué la quería a su lado mientras luchaba con su padre por el trono de Jezaen ? Porque sólo podría triunfar si les demostraba a sus enemigos que tenía una esposa fiel y embarazada...
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Capítulo 1
Vestido con ropa de montar, botas de cuero, pantalones de ante, camisa blanca y un gutrah sujeto a su cabello oscuro por un agal negro, el jeque Ali Hasam-Qadim entró en su despacho privado y cerró la puerta. Cruzó la habitación y dejó una carta procedente de Inglaterra sobre las otras tres que había en la mesa. Luego, se acercó a la ventana y miró más allá de las extensiones de higueras del oasis de al-Qadim, hacia las dunas que dominaban el horizonte con su presencia majestuosa y amenazante. No importaba lo sofisticados que fueran los métodos de riego. Una tormenta de arena podía arruinar el duro trabajo de muchos años.
Ali ahogó un suspiró. Conocía bien las leyes del desierto y las respetaba. Respetaba el poder de aquel paisaje, y su derecho a ser él único dueño de su destino. Y, en esos momentos, lo que más deseaba era ensillar a su caballo Zandor, y galopar hacia esas dunas para que le dictaran su futuro.
Pero sabía que era imposible. Las cuatro cartas del escritorio le exigían que tomara sus propias decisiones. Y fuera de aquellas cuatro paredes, esperaban un palacio, su padre, su hermanastro, y un millar de personas que insistían en tomar parte de su destino.
Zandor tendría que esperar. Ali se volvió y miró las cartas. Solo había abierto la primera, rechazando su contenido nada más leerlo, y le había resultado muy difícil ignorar el resto.
Pero el tiempo de esconder la cabeza en la arena se había acabado.
Un golpe en la puerta llamó su atención. Seguramente sería su fiel ayudante Faruk , un hombre bajito y delgado, que siempre vestía la tradicional túnica azul y blanca.
-Pasa, Faruk -le ordenó en tono impaciente. A veces le resultaba irritante el riguroso cumplimiento que Faruk seguía del protocolo.
La puerta se abrió y Faruk hizo una reverencia, antes de entrar en el despacho y cerrar a su paso. Caminó sobre la lujosa alfombra que cubría el suelo de mármol y se detuvo a un metro del escritorio.
Ali bajó la vista hacia la alfombra. Estaba allí por orden de Geisa, su esposa, quien no sentía predilección alguna por la austeridad decorativa. Además de la alfombra había hecho adornar el despacho con cuadros, cerámica y esculturas, todo ello realizado por los artistas del pequeño estado de Jezaen , en el Golfo Pérsico.
Pero en esos momentos Ali solo podía fijarse en las piezas occidentales que Geisa había comprado. Una mesa baja y dos mullidos sillones bajo la ventana, donde ella lo había hecho sentarse varias veces al día a contemplar el paisaje mientras tomaban el té.
Irritado, se quitó el gutrah de la cabeza y se sentó tras el escritorio.
-Está bien -le dijo a Faruk-. ¿De qué se trata?
-No son buenas noticias, señor -dijo su ayudante-. El jeque Abel ha reunido a ciertas... facciones en su palacio de verano. Nuestro espía ha confirmado que el tono de las conversaciones reclama su más urgente atención.
-¿Y mi mujer? -preguntó Ali con el rostro imperturbable.
-La señora sigue en España, señor, trabajando con su padre en el nuevo complejo de San Esteban. Está supervisando el amueblado de las casas de los alrededores.
Era lo que mejor sabía hacer, pensó Ali, quien de inmediato se imaginó una larga melena sedosa del color del crepúsculo, un rostro de porcelana con unos brillantes ojos verdes y una sonrisa arrebatadora.
«Confía en mí», le solía decir. «Mi trabajo es darle vida a los lugares vacíos».
Vida. La vida se había ido de su despacho cuando ella lo abandonó.