En la efervescente Buenos Aires colonial, donde el dominio de poder se pierde en las redes del amor, la obsesión y la lucha de clases. La posesión colisionan en una época de profundos cambios y un latente anhelo de libertad.
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Capítulo 1: Heredera del dolor
Argentina, Virreinato del río de la Plata 1790.
La gran casona de Don Elías de Toledo se erguía en el corazón del Virreinato del río de la Plata como un monumento a la opulencia y el poder. Sus muros gruesos y de aspecto grotesco parecían impenetrables, pero en realidad eran testigos silenciosos de un sufrimiento que pocos osaban susurrar. El aire estaba cargado de un olor a madera vieja y a humo de tabaco, y el sonido de los esclavos trabajando en el patio interior era un murmullo constante.
Don Elías, un hombre influyente en el Virreinato, era conocido por su arrogancia y crueldad. Su sed insaciable de dominio lo llevaba a comprar esclavos sin distinción, sometiéndolos a jornadas extenuantes y a una disciplina brutal. Las esclavas eran objeto de su depravación, y el alcohol desdibujaba la última pizca de humanidad en él. Los gritos y los llantos de las mujeres resonaban en la noche, y el miedo se cernía sobre la casa como una sombra.
En este infierno, llegó un día Kaelen, una mujer arrancada de su tribu en las costas de África. Sus ojos profundos parecían contener el eco de una selva lejana, y su espíritu era una fuerza salvaje que se negaba a ser domesticada por completo. Kaelen conoció el infierno en vida bajo el yugo de Don Elías, una agonía diaria que su cuerpo soportaba, lo cual empujó a su mente a un refugio de locura.
Sin embargo, incluso en ese velo de locura, una chispa de esperanza se aferraba a su corazón. Cuando Kaelen descubrió que estaba embarazada, concibió el plan más desesperado. Haría cualquier cosa para proteger a su hijo de la misma suerte que ella. La idea de que su hijo creciera en ese infierno la llenaba de una determinación feroz.
Don Elías, al enterarse de la noticia, estalló en furia. Rugió amenazas de acabar con la criatura apenas naciera. No habría otro esclavo, menos aún un descendiente bastardo, que llevara la sangre de los Toledo. Pero la voluntad de Kaelen, forjada en el dolor, era inquebrantable.
El día del nacimiento, el aire estaba cargado de vida y muerte. Kaelen dió a luz a una niña pequeña y hermosa, y en ese momento, tomó una decisión. Vertió veneno en la copa de Don Elías, liberándose de su infierno terrenal con un acto final de rebeldía. Luego, consciente de su destino corrió hacia el pequeño lago y con las mismas sábanas que solía lavar, buscó la última libertad, colgándose de uno de los viejos árboles.
La pequeña niña quedó al cuidado de una amiga esclava, una mujer leal que con el corazón destrozado prometió proteger a la pequeña a toda costa. La mujer, cuyo nombre era Águeda, había sido testigo de la crueldad de Don Elías y había visto el sufrimiento de Kaelen. Ahora, se sentía responsable de cuidar a la hija de su amiga y haría cualquier cosa para mantenerla a salvo.
La noche cayó sobre la casona, y la sombra de la muerte se cernió sobre la casa. Pero en el patio interior, una pequeña luz de esperanza seguía ardiendo. La niña, a quien Águeda había llamado Esperanza, sería el símbolo de una nueva vida, una vida que lucharía por sobrevivir en un mundo cruel y despiadado.