Después de su único novio a los 26 años, no ha tenido suerte en el amor, y aunque luego se enamoró de un compañero de trabajo, él solo se burló de sus sentimientos, por lo que decidió dejar al amor en el último puesto de su lista para ser feliz.
Actualmente, con cuarenta años, Aldana quiere sentir lo que jamás ha tenido; un sentimiento complejo y lleno de placer, pero no tiene con quién.
Para conseguir lo que desea, le pedirá ayuda a su mejor amigo; ahora bien, ¿qué será lo que necesita de él? ¿consejos, contención, ayuda, o algo más?
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Abandonando su hogar
Un día más, en el que solamente ha trabajado y vuelto a casa, haciendo la misma rutina de cada lunes.
Cerrando la puerta principal a su espalda, suelta un largo suspiro de cansancio por el ajetreado inicio semanal. Camina hasta el sofá y deja sus pertenencias, para luego sacarse los altos tacones que compró.
Una mala decisión, a decir verdad. No por la compra, sino el haberlos usado hoy, aún sabiendo lo mucho que haría.
No puede negar que son cómodos, pero el problema es que caminar constantemente, durante ocho horas, han acabado con sus pies.
Ya descalza, se dirige hasta la cocina mientras deshace su peinado de bailarina de ballet. Sí, esos grandes moños o chongos que se arman, donde no se les escapa ni un solo cabello.
Toma un vaso de agua para hidratarse en este pesado clima veraniego y prepara una sencilla comida para alimentarse. Después de unos minutos, va hasta el baño, higiéniza su boca y prepara la tina para un relajante baño.
El celular siempre está a su alcance, más que nada cuando tarda mucho tiempo en el agua, puesto que se relaja tanto que llega a dormirse. Bastante peligroso, claramente. Más que nada para alguien que vive sola.
Como de costumbre, cierra los ojos y apoya la cabeza en la orilla de la cómoda bañera, para descansar; cuando casi logra conseguirlo, el celular empieza a sonar, por lo que abre los ojos y estira el brazo alcanzándolo, notando el nombre de su mejor amigo.
—Hola, Lalo— saluda neutral. No es que le moleste su interrupción, pero quería estar en silencio con sus pensamientos.
— ¿ESTÁS EN TU DEPARTAMENTO?— grita mientras ella escucha de fondo las sirenas de los bomberos.
Supone que todavía está trabajando, aunque lo raro es que esté llamando en medio de ello.
—Sí, estoy en el baño— afirma diciéndole parte de la verdad. —¿Por qué preguntas?
—¡SAL YA!
—¿Por qué?— cuestiona preocupada, se levanta y sale del agua.
Coloca la llamada en altavoz y trata de vestirme rápidamente, aún sin secarse. Que dicho sea de paso, es muy difícil.
— LOS PISOS SUPERIORES ESTÁN INSENDIÁNDOSE. SAL DE AHÍ, ESTAMOS YENDO.
Aldana corta la comunicación y hace lo que le ha dicho su amigo. Sabe que él jamás jugaría con algo tan importante.
Saliendo de su departamento puede sentir el olor a humo, así que corre hasta la puerta de algunos vecinos y las golpea como desquiciada, gritando lo obvio.
—¡FUEGOOOOO!
Algunos abren enseguida y otros tardan un poquito más, pero se dan cuenta y salen con lo indispensable. Sus familias.
Tal vez no están todos afuera, pero ciertamente no es recatista, bombero o un héroe para arriesgar su vida, sin ningún tipo de seguridad. Así que, cuando los camiones de bomberos llegan, ellos actúan.
Gonzalo viene en un auto oficial, ya que ha sido ascendido a Jefe de batallón, ó sea, quién los manda a realizar sus tareas y supervisar, sin necesidad de ingresar a los incidentes.
—¿Estás bien?— cuestiona vistiendo su uniforme, mientras la toma por los hombros, mirándola de pies a cabeza, preocupado.
—Sí— confirma ella.
—¿Por qué estás mojada?— alza una de sus cejas pensando que tal vez sucedió algo.
—Cuando me llamaste, estaba en la bañera. — responde— Solo me vestí y salí.
—Está bien, hiciste lo correcto— asiente. —Llama a tu hermano, seguramente podrá venir a buscarte.
—Pero...
—Aunque nosotros apaguemos el fuego, ustedes no pueden volver a entrar. Hay procedimientos que se deben respetar. — le informa con pena.
Ella asiente automáticamente, pero recuerda una cosa muy importante.
—Lalo, estoy en los primeros pisos y el fuego está arriba... — empieza llamando su atención, obteniendo una mirada interrogante de su amigo— Necesito ir por mi maletín de trabajo. Sabes que mis jefes pueden despedirme y...
—¿Dónde los dejaste?— cuestiona después de suspirar.
— En el sofá.
—Yo iré por él, pero tú te quedas aquí — la señala con su dedo índice —No hagas locuras.
La pelirroja acepta su pedido, quedándose parada donde ha estado los últimos cinco minutos.
Él se coloca su casco protector y lleva una máscara de oxígeno en su mano, por las dudas que la necesite. Pocos minutos después, vuelve con el maletín y un pequeño bolso, que ella no sabe porqué lo trae, pero reconoce como suyo.
—He vaciado tu cartera en el maletín y te traje ropa para que vayas unos días con Aarón.
—¡Gracias!— lo abraza con delicadeza y lo suelta suavemente, sabiendo que debe seguir en su labor.
Es consciente de que ese es su trabajo, pero no está obligado a entrar por cosas materiales, menos documentos. Sin embargo, él lo hizo de igual manera, por ella.
Gonzalo procede a dar más indicaciones y ayuda a los recatistas por la cantidad de personas que están en los pisos superiores. Aldana, mientras tanto, llama a un taxi para ir a un hotel y desde allí, llamará a su hermano para que sepa lo que sucedió con su edificio.
Cuando el taxista le confirma llegar en unos minutos, recibe una llamada entrante de Aarón, por lo que responde de inmediato.
—Hermanito...— saluda entusiasmada, pero él la interrumpe.
— ¿Estás bien?— pregunta preocupado —Recién veo los mensajes de Gonzalo.
—Estoy sana y salva— lo tranquiliza— ¿Qué te dijo Lalo?— no entiende en qué momento, su amigo, pudo llamar al pelirrojo, pero supone que pudo ser antes de llegar a ella.
— ¿Dónde estás? — cuestiona— He salido del despacho e iré a buscarte. Ya hablamos con Yura y sabes que tienes una habitación propia en casa.
— Sigo en la misma calle de mi edificio, pero he llamado a un taxi y me quedaré en un hotel.
—No bromees — dice seriamente— Eres mi hermana y me sentiré más tranquilo si estás con nosotros.
— No es necesario...— voltea a ver que su transporte ha llegado.
— No te subas al taxi, desde aquí puedo ver tus intensiones— interrumpe su hermano.— Sé que amas tu independencia, pero hazlo por mí. Acepta nuestra invitación para dejarnos un poquito más tranquilos. Además, Yu me pidió a su mejor amiga ahora que está muy sensible.
—¿Le pasa algo?— cuestiona confundida— Espera. Hablaré con el chófer.
La pelirroja se acerca al taxista y se disculpa por llamarlo, ya que al final su hermano la recogerá, pero no es un viaje completamente perdido, puesto que sus vecinos quieren aprovecharlo y buscar un hotel para quedarse hasta que puedan volver a su hogar.
Una suerte para el hombre que ha manejado hasta allí. Además, sacará buenos ingresos por los tantos viajes que le han pedido las personas que están en medio de la calle.
— Ya estoy de nuevo— avisa ella.
—Estoy a unas cuadras. Después te cuento lo que ha sido la convivencia con Yu.
—Aquí te espero.
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Aldana Suárez, 40 años.