La vida de Emma cambia cuando el señor Rodrigo, tras más de 40 años trabajando en la empresa, decide jubilarse. Buscando a alguien joven y conocedor de su área para sustituirlo, elige a su asistente, quien ya tiene más de 10 años de experiencia trabajando a su lado. Aunque su elección podría convertir a Emma en la candidata perfecta para convertirse en la nueva madre de los hijos del presidente.
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Capítulo 1
—Maldita sea, estoy llegando tarde —dijo Emma, apresuradamente, con una rebanada de pan en la boca mientras intentaba terminar de abotonarse la blusa. Tomó su bolsa de la mesa de la cocina y, con los documentos desordenados bajo el brazo, salió corriendo de su departamento. Había pasado la noche trabajando en esos papeles, y ahora el tiempo jugaba en su contra.
Su trabajo estaba a solo unas cuadras, pero la urgencia con la que se movía la hacía parecer que estaba corriendo un maratón. Esquivaba a las personas en la acera, pero no siempre con éxito. Algunos transeúntes lanzaron miradas irritadas al sentir su hombro chocar con ellos. Fue en una de esas carreras frenéticas que casi termina bajo las ruedas de un coche. A punto de cruzar un semáforo en rojo, un hombre mayor, de cabello blanco y bastón, la detuvo con suavidad.
—Ten cuidado, hija. Es mejor perder un minuto de tu vida, que la vida en un minuto —dijo con voz calmada, mirando el semáforo.
Emma, avergonzada, masticó el trozo de pan que aún tenía en la boca y murmuró una disculpa. Se acomodó los papeles que traía, intentando salvar un poco de dignidad mientras esperaba a que la luz cambiara. Cuando finalmente pudo cruzar, volvió a correr hasta la entrada de la empresa. Como era su costumbre, llegaba un poco tarde, algo que su jefe, el señor Castillo, siempre le reprochaba.
Al empujar la puerta de la entrada, se le cayeron algunos documentos importantes. Se agachó rápidamente para recogerlos, sin darse cuenta de que alguien más estaba entrando en ese momento. Al levantarse de golpe, su frente chocó con el pecho de un hombre.
—¡Ay! Lo siento mucho, no quise… —comenzó a disculparse cuando levantó la mirada y vio que la persona que había golpeado era nada menos que Dominic, el presidente de la empresa.
—Mujer, fíjate por donde vas —gruñó Dominic, llevándose la mano a la nariz que sangraba ligeramente. —¿Sabías que podrías perder tu trabajo por esto?
—¡Presidente, discúlpeme, por favor! No fue mi intención, se lo prometo. Esto no volverá a pasar —dijo Emma, tartamudeando de nervios mientras mantenía la mirada fija en el suelo, incapaz de enfrentarse a los ojos del presidente.
—No sabía que en esta empresa contrataban huracanes —dijo Dominic con un tono sarcástico antes de continuar su camino hacia el ascensor, ignorando las miradas de los empleados que le saludaban.
—Lo que me faltaba, ahora tengo ganada una condena perpetua —murmuró Emma, recogiendo los archivos del suelo mientras avanzaba por el pasillo, cabizbaja.
Al llegar a la oficina de operaciones, fue recibida con una carcajada burlona.
—¡Ja, ja, ja! Eres tan estúpida, te van a terminar despidiendo —se burló Nicole, su amiga y compañera de trabajo, mientras le ayudaba con algunos archivos que casi se le caían de nuevo.
—Ay, ya cállate, Nicole —respondió Emma, molesta, pasándole más documentos para que le ayudara a cargar.
—Te juro que lo tienes ganado —dijo Nicole riéndose—. Anda, vámonos, que el señor Castillo nos está esperando.
Llegaron a la oficina del señor Castillo, donde él ya las esperaba con un periódico en la mano, listo para usarlo en su asistente. Al verla entrar, sin perder un segundo, le dio un golpecito suave en la cabeza.
—¿Por qué siempre te tardas si vives tan cerca? —preguntó el señor Castillo con un tono que mezclaba reproche y afecto.
—Lo siento, señor Castillo, es que… bueno, tuve un pequeño percance en la entrada —respondió Emma, apurada, mientras le explicaba el incidente con el presidente.
Nicole, mientras tanto, aprovechó para entregarle los demás archivos que traía y, con una sonrisa traviesa, le dijo a Emma:
—Esta vez, compórtate adecuadamente.
—¡Vete al diablo, Nicole! —dijo Emma, sacándole el dedo medio mientras Nicole estallaba en carcajadas.
El señor Castillo, tan acostumbrado a este tipo de intercambios, volvió a golpearla suavemente en la cabeza con el periódico.
—Esto no es una guardería, jovencita.
Emma hizo un puchero, pero pronto cambió su semblante. Sabía que el señor Castillo quería hablar de algo serio, algo que le había generado curiosidad en los últimos días. Se sentó en la silla frente al escritorio de su jefe, quien giró para sentarse en su propia silla, observando detenidamente las cifras subrayadas en los documentos que Emma había entregado.
—Aquí hay algo que no cuadra —dijo Emma, señalando una serie de números—. Creo que alguien está cometiendo fraude. Estas facturas pasan desapercibidas y eso está creando un desbalance en las cuentas.
El señor Castillo la miró, sorprendido. Su expresión de preocupación se convirtió en una sonrisa satisfecha.
—Emma, acabas de pasar la prueba —dijo con tono serio pero a la vez con cierto orgullo.
—¿Prueba? ¿De qué está hablando, señor Castillo?
—Estaba pensando en jubilarme, Emma. No quiero pasar mis años dorados encerrado entre estas paredes. Quiero disfrutar de la vida con mi esposa. Pero antes de irme, necesito encontrar a alguien que me suceda en el departamento. Había pensado en ti, pero a veces tu inmadurez me hacía dudar. Sin embargo, tu profesionalismo es indiscutible. Por eso, Emma, quiero que seas mi sucesora.
Emma quedó en silencio, procesando lo que acababa de escuchar. Su jefe confiaba en ella lo suficiente como para entregarle las riendas del departamento. De pronto, todas las bromas y las preocupaciones sobre su distracción se desvanecieron. El peso de un departamento caía sobre ella, sin embargo, era algo de lo que no se lo podía creer.