Dónde está Milton?

-Hola policía, policía 911? Quisiera reportar la desaparición de Milton Juárez, mi hermano. Ha desaparecido hace más de 48 horas.

- Policía: Por supuesto, ¿cómo es su nombre?

- Alberto Juárez: Alberto Juárez. Mi hermano es Milton Juárez. Es dueño de una pequeña tienda de artículos de cuero en Catamarca.

La desaparición de Milton había generado una onda expansiva que Alberto no había previsto. Si bien él siempre había considerado a su hermano un hombre solitario y un tanto peculiar, la ausencia de Milton había impactado a la comunidad de Catamarca de una manera inesperada. Los clientes de la tienda, dependientes de Milton para sus propios negocios, habían sido los primeros en notar su ausencia y levantar la alarma. Ellos fueron los que, sin quererlo, removieron la alfombra que Marcela había dejado cuidadosamente en su lugar, ignorando las consecuencias de sus acciones. Marcela, la diseñadora, siempre había considerado a Milton un viejo acosador, solitario y entrometido. Pero esta vez, las cosas eran diferentes. Milton tenía familia, y su desaparición no pasaría desapercibida. La preocupación de Alberto se mezclaba con una sensación de culpabilidad latente; siempre había estado distante de su hermano, y ahora, frente a la posibilidad de que le hubiera pasado algo terrible, el arrepentimiento lo carcomía por dentro.

Además de la denuncia, Alberto decidió investigar por su cuenta, visitando la tienda y la casa de su hermano, desconfiando de la eficacia de la policía local. La denuncia cayó en manos del detective Miguel Marea y su compañera, la ambiciosa Azul Ordóñez, quien, ansiosa por un ascenso, le pidió a Miguel que investigara el lugar mientras ella redactaba el informe de otro caso, un caso que, en su opinión, era mucho más importante que la desaparición de un simple comerciante de Catamarca. Azul, con su afán por destacarse, interrogó a los vecinos, pero nadie pudo aportar información precisa, excepto Bety, la vecina curiosa, una mujer con una imaginación desbordante y una capacidad innata para conectar los puntos, aunque a veces de manera errónea. Bety mencionó que en el incendio frente a la tienda de Milton, la afectada había sido Marcela, la diseñadora. Aunque sin certezas, Bety intuía una conexión entre ambos, una conexión que, en su mente, se había transformado en una apasionada relación clandestina. Azul, con esta nueva pista, aunque dudosa de su veracidad, decidió seguirla, impulsada por su ambición.

Mientras tanto, en Buenos Aires, Marcela y Noemí llegaban en avión, un avión que las transportaba a un futuro incierto. Noemí, impaciente por reunirse con Juan, tomó un taxi directamente hacia la Mansión Richi, un lugar que representaba para ella la promesa de un futuro brillante y lleno de amor.

Marcela, resignada, sabía que lo que había dejado atrás era más que una alfombra sucia; era una vida irremediablemente cambiada, una vida que ya nunca sería la misma. La ansiedad de Noemí la hizo olvidar, momentáneamente, las consecuencias de sus actos. Al subirse al taxi, solo tenía un objetivo: continuar por el camino que había elegido, un camino oscuro y lleno de peligros. Antes de llegar a la mansión, acordó con Noemí que buscarían un lugar para alojarse y no molestar a los futuros suegros. Noemí se bajó del taxi frente a la mansión, mientras que Marcela, con la mente nublada por la culpa y la desesperación, continuaba el viaje.

Marcela le pidió al taxista que la llevara a un lugar apartado de la ciudad, un lugar donde pudiera disfrutar de la compañía del amable, aunque algo curioso, conductor, un lugar donde pudiera, al menos por un instante, olvidar el peso de sus culpas. Pero el taxista no paraba de mirarla, haciéndola recordar la mirada acosadora de Milton; fue un detonante que hizo rebosar el vaso de su tormento. A medida que se alejaban de la ciudad, un deseo de liberación, un impulso incontrolable, la llevó a quitarse la ropa lentamente, como si quisiera despojarse de su propia piel, de su propia identidad. Su blusa y sostén cayeron en el asiento del taxi, y sus senos y piernas quedaron expuestos a la mirada del conductor. Sus insinuaciones seductoras, la temperatura del interior del vehículo, y la tensión creciente, llevaron al taxista a un estado de inconsciencia, a un estado de abandono total. Marcela, totalmente desnuda, aprovechó la situación para acabar con él, utilizando un pequeño cuchillo que llevaba consigo, un cuchillo que había guardado durante años, un cuchillo que ahora se convertía en su instrumento de liberación. La última sonrisa del taxista, antes de morir ahogado, fue el cierre de un ciclo de violencia y desesperación. Marcela, ahora sola, se adentraba en un nuevo capítulo de su vida, un capítulo aún más oscuro y lleno de incertidumbre. El viaje a Buenos Aires, lejos de ser una escapada, se había convertido en una huida hacia la nada, una huida hacia la oscuridad. Y en esa oscuridad, Marcela se encontró consigo misma, con su propia naturaleza oscura y violenta.

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