El viaje

Tras leer el último mensaje de Juan, Noemí comenzó a preparar sus maletas para el cumpleaños de su suegro. La comunicación con Juan, exclusivamente a través de mensajes, había sido errática y llena de silencios incómodos, pero la necesidad de verlo era imperiosa. Extrañaba sus besos, las risas compartidas, las interminables conversaciones sobre la vida, y sobre todo, la pasión que los unía. Sin embargo, también debía convencer a su madre de viajar y dejar el negocio que tanto esfuerzo les había costado construir, un negocio que, tras el incendio, se mantenía precariamente en pie. Su mente era un torbellino de pensamientos contradictorios, pero una idea se mantenía firme: debía reunirse con Juan, aunque la incertidumbre sobre la veracidad de sus mensajes la carcomía por dentro.

Mientras tanto, Marcela buscaba justificaciones para sus acciones, intentando construir una narrativa que le permitiera conciliar sus actos con su conciencia. Se decía que había actuado por instinto, impulsada por las circunstancias, que no había tenido otra opción. Tras ducharse, intentando purificar su cuerpo y mente, anhelaba hablar con Noemí, intentar explicar algo, o quizás toda la verdad. Lo que la desconcertaba era el contenido de los mensajes entre su hija y Juan, ya que, en teoría, su amado se encontraba en un silencio eterno, un silencio que solo podía ser roto por la ficción de los mensajes. Esperaba ansiosamente el regreso de Noemí para aclarar la situación, aunque sabía que todo había sucedido con una rapidez vertiginosa, una rapidez que la había dejado sin aliento. El cuerpo de Juan había desaparecido sin dejar rastro tras el incendio, y la irrupción de Milton en su vida, después de tantos años de indiferencia, era un enigma que la perseguía sin descanso. Milton, con sus miradas acosadoras, siempre le había transmitido una sensación inquietante, como si ocultara algo. Marcela estaba convencida de que Milton sabía más sobre aquella fatídica noche, y ella no tuvo otra opción que proteger su negocio y su relación con su hija. Con suerte, Noemí solo pensaría que Juan se había arrepentido y había huido, una desaparición sin explicación, algo común en este país, un país donde la impunidad reinaba y donde la verdad se ocultaba tras una cortina de silencio.

En ese momento, sintió la llave girar en la cerradura. Un escalofrío la recorrió.

Marcela: ¿Hola? ¿Quién es?

Noemí: Yo, mamá. Salí un momento y te tengo buenas noticias. Juan me envió otro mensaje. No podemos rechazar la invitación de su padre. Vamos a la fiesta en Buenos Aires.

Marcela: Bien, entiendo, pero no entiendo por qué tengo que ir yo también. ¿Qué te ha dicho Juan en sus mensajes?

Noemí: Quiere que estemos juntas. Dice que es importante para él que su padre nos conozca oficialmente, que formalicemos la relación. Además, me insiste en que necesito tu compañía.

Marcela quedó impactada; la incertidumbre la asfixiaba. La posibilidad de que Juan estuviera vivo, de que estuviera manipulando a Noemí, la paralizaba. Si seguía vivo, podría usar la fiesta para culparla del "accidente" y terminar con la relación de su hija. El frío la invadió de nuevo, y al mirarse en el espejo, vio su rostro pálido, un rostro que en el pasado había inspirado sus diseños, pero que ahora solo reflejaba inseguridad y miedo. Tras un silencio cargado de tensión, Noemí, con la voz entrecortada por la emoción y la ansiedad, dijo:

Noemí: Mamá, no me puedes dejar sola. Por favor. Necesito que estés ahí conmigo.

Marcela, con la voz temblorosa y sin otra opción, respondió: – Está bien.

Pero en el fondo, un plan siniestro comenzaba a gestarse en su mente. La idea de escapar, de dejar atrás todo el horror, se hacía cada vez más fuerte. Tenía algo de dinero ahorrado, a pesar del incendio y los asesinatos. Era la mejor salida, pensó. Después explicaría todo. Pero por ahora, debía fingir, debía seguir adelante. Debía proteger a Noemí, aunque fuera con una mentira. Y sin más, comenzó a preparar las maletas para un viaje de apariencia sin retorno, un viaje que, en realidad, había comenzado aquella noche que jamás olvidaría, una noche que había marcado su vida para siempre, una noche que la perseguía sin descanso, una noche que la había transformado en alguien que ya no reconocía. El peso de la culpa, el peso del secreto, el peso de la muerte, la aplastaban, y sin embargo, allí estaba, preparándose para una nueva mentira, una nueva fachada, una nueva etapa de su vida, un futuro incierto que se extendía ante ella como un camino sin retorno, un camino que podría llevarla a la redención o a la perdición. El tiempo, solo el tiempo, lo diría.

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