Segunda vez

La noche se cernía sobre la casa, densa y opresiva, como una manta húmeda que sofocaba cualquier intento de escape. Marcela, con los nervios desatados, observaba a Don Milton. Su sonrisa, antes amable y condescendiente, ahora era una mueca de satisfacción, una mueca que revelaba la verdadera naturaleza del hombre que se había presentado como un vecino preocupado. Sus palabras, sus insinuaciones, habían sido una trampa cuidadosamente elaborada, una trampa en la que Marcela había caído sin darse cuenta.

El miedo, la culpa, la desesperación, se mezclaban en su interior, creando un torbellino de emociones que la paralizaban. Pero en medio de ese caos, una chispa de rabia, una rabia que había estado latente durante mucho tiempo, se encendió. La rabia por la injusticia, la rabia por la humillación, la rabia por la traición. Y en ese instante, la rabia se convirtió en acción.

Con una rapidez sorprendente, Marcela tomó el jarrón de porcelana más cercano, un jarrón pesado y ornamentado, y se lo estrelló contra la cabeza de Don Milton. El golpe fue seco, contundente, y el jarrón se hizo añicos, salpicando el suelo con fragmentos de porcelana y sangre. Don Milton se desplomó sin un sonido; su cuerpo inerte yacía en el suelo, un testimonio silencioso de la violencia que acababa de ocurrir.

El silencio que siguió fue ensordecedor, un silencio que contrastaba brutalmente con el torbellino de emociones que asaltaban a Marcela. El miedo, la culpa, la rabia, la desesperación, se mezclaban en su interior, creando un cóctel explosivo de sentimientos. Pero en medio de ese caos, una determinación fría y calculadora comenzó a tomar forma. Tenía que deshacerse del cuerpo, tenía que ocultar la evidencia, tenía que proteger a su hija.

Con una fuerza sobrehumana, Marcela arrastró el cuerpo inerte de Don Milton hasta el jardín interior de su casa. El jardín, un espacio pequeño y oculto, era un lugar perfecto para esconder el cuerpo. El suelo, cubierto de tierra y hojas secas, parecía absorber la sangre que manaba del cuerpo sin vida. Marcela, con la ayuda de una pala vieja y oxidada, cavó un hoyo poco profundo, un hoyo que apenas alcanzaba a cubrir el cuerpo de Don Milton. El trabajo fue duro, extenuante, pero Marcela no se detuvo. La determinación, alimentada por el miedo y la culpa, la impulsaba hacia adelante.

Una vez que el cuerpo estuvo enterrado, Marcela cubrió el hoyo con tierra y hojas, intentando borrar cualquier rastro de su crimen. El jardín, antes un lugar tranquilo y sereno, ahora era un escenario de horror, un escenario que guardaba un secreto oscuro y terrible. Marcela, agotada y llena de horror, se quedó allí, observando su obra, una obra que la marcaría para siempre. El silencio del jardín, el silencio de la noche, el silencio de su propia alma, se unieron en un solo y profundo lamento. El peso de su secreto, el peso de su culpa, el peso de la muerte, la aplastaban.

Quién iba a imaginar que una diseñadora tan talentosa, admirada por sus novias, ahora solo podía pensar en cómo deshacer lo hecho, en cómo reaccionar de otra manera. Le dolía el haber subestimado al vecino que la había acosado, el saber que él conocía la verdad sobre Juan, el horror de haberse acostado con él en la misma casa donde su hija dormía. El peso de la culpa, el peso del secreto, el peso del cuerpo de Milton, la aplastaban.

En la sala comedor, la prueba contundente de su cambio radical yace: el cuerpo de Milton, un peso muerto de cien kilos, con olor a tabaco y colonia baratos, la torturaban con una pregunta constante: "¿Por qué lo hice?". Y su hija se despertaría pronto. El tic-tac del reloj parecía marcar el ritmo de su desesperación.

El teléfono de Noemí sonó insistentemente. No era Juan, era de Don Carlos, el padre de Juan. Noemí, aún adormilada, respondió con cautela.

Noemí: Hola, Don Carlos, estaba dormida. ¿Qué sucede?

Carlos: Querida, ¿cómo estás? No puedo contactar a Juan. ¿Sabes algo? ¿Todo bien?

Noemí: Creo que él me estaba llamando también; tengo llamadas perdidas suyas. Debe estar muy ocupado.

Carlos: Entiendo. Los invito a cenar mañana a mi mansión por mi cumpleaños. A las nueve de la noche. No falten. Dile a Juan que me llame cuando pueda. Será una cena íntima, solo nosotros tres. La mansión está ubicada en la colina al sur de la ciudad, la reconocerás fácilmente. Espero que puedan venir.

Noemí: Gracias, Don Carlos. Estaremos ahí.

Pero Noemí sentía que quizás no asistirían. Era raro que Juan solo llamara y no enviara su habitual "Hola, Bebe". Pensó que la vida de su madre era muy diferente a los lujos a los que Juan estaba acostumbrado, y que quizás esa diferencia estaba creando una brecha entre ellos. Se fue a duchar, dejando un mensaje: "¿Cómo estás, amor?". En el fondo, una inquietud profunda la carcomía.

Mientras tanto, Marcela había arrastrado el cuerpo de Milton al patio trasero, improvisando un escondite improvisado, típico de los suburbios. Consideraba entregarse a la policía, o bien enterrar o quemar el cuerpo antes de que el olor lo delatara. La invitación a cenar, una cena que probablemente nunca ocurriría, se sumaba a su carga de culpa, a su sensación de estar atrapada en una red de mentiras y consecuencias. La imagen de su hija, inocente y desprevenida, la llenaba de un dolor profundo. ¿Cómo podría enfrentar la verdad, cómo podría enfrentar a su hija, cómo podría enfrentar su futuro? El peso del secreto, el peso de la culpa, el peso de la muerte, la aplastaban. El silencio de la casa se rompía solo con el sonido de su respiración agitada, una respiración que reflejaba el terror que la consumía, un terror que la acompañaría para siempre.

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