La hora inesperada

El silencio ensordecedor que seguía al golpe sordo resonaba en los oídos de Marcela. Un silencio que contrastaba brutalmente con el frenesí que se agitaba en su interior. "¿Estás bien? Juan, Juan, ¿estás bien?", gritó, su voz apenas un susurro perdido en la inmensidad del local. La imagen del mueble antiguo desplomando con un crujido ominoso sobre la figura de Juan se repetía una y otra vez en su mente, grabada a fuego en su retina. "¡Juan, Dios mío, Noemí, ayúdame!", imploró, su voz ahora cargada de un terror visceral que le helaba la sangre.

Pero sus súplicas se perdieron en el espacio, absorbidas por el ruido ensordecedor del televisor que Noemí, ajena al horror que se desarrollaba a pocos metros, había encendido en la sala de espera. El brillo artificial de la pantalla proyectaba sombras danzantes sobre las paredes, creando una atmósfera irreal que contrastaba con la aterradora realidad que Marcela enfrentaba.

"¿Qué voy a hacer? Juan, ¿me oyes? ¡Despierta!", susurró Marcela, la desesperación apoderándose de ella. Las palabras se le atascaban en la garganta, convirtiéndose en un nudo de angustia que le apretaba el pecho. Aún sin terminar la frase, la humedad fría del suelo se filtró entre sus dedos; un escalofrío que no provenía del frío nocturno, sino del horror que se cernía sobre ella. Intentó mover el pesado mueble, pero el suelo resbaladizo, mojado por la sangre que aún no había logrado identificar, la hizo caer. En la penumbra, atribuyó la humedad a la transpiración y los nervios, pero la imposibilidad de mover el mueble la obligó a levantarse, decidida a buscar ayuda en la sala.

Al salir, la visión la golpeó con la fuerza de un mazo. Su cuerpo, sus ropas, estaban cubiertos de una sangre roja, viscosa y pegajosa. La sangre de Juan. La certeza la golpeó con la fuerza de un puñetazo en el estómago. Un escalofrío recorrió su cuerpo, paralizándola por un instante. Las manos le temblaban, las piernas le fallaban, envueltas en un frío inexplicable, un frío más profundo que cualquier invierno. Cada paso que daba hacia la sala le parecía un esfuerzo titánico, cada respiración un jadeo sofocado.

Mientras tanto, en la sala, Noemí, presa de los nervios por la demora, apagaba y encendía la televisión, acomodaba y desordenaba los objetos que la rodeaban, presa de una impaciencia creciente. La espera se le hacía eterna, la incertidumbre la carcomía por dentro. Finalmente, decidida a romper la tensión sofocante, salió a tomar aire y comprar algo para beber, dejando a Marcela sola con su horror.

Cuando Marcela, finalmente, logró llegar a la sala, la encontró vacía. El vacío era tan profundo como el terror que la consumía. Intentó llamar a urgencias, pero sus manos temblorosas le impedían marcar el número. La desesperación la empujaba a la acción. Tenía que encontrar a Noemí, y tenía que contarle la verdad, por más terrible que fuera. Con una determinación que parecía sobrenatural, fue a la habitación donde yacía Juan, limpió la escena lo mejor que pudo, con movimientos torpes y mecánicos, y cerró la puerta con llave, encerrando la tragedia dentro.

Justo unos minutos antes de que Noemí regresara, Marcela logró limpiarse, simulando un baño apresurado. Su hija entró, despreocupada, preguntando por Juan. La respuesta de Marcela fue una mezcla de mentiras y evasivas, una red de engaños tejida con la desesperación.

"¿Dónde estabas, Noemí? ¿Dónde te habías metido?", preguntó Marcela, su voz apenas un susurro.

"Salí a comprar algunas bebidas para compartir contigo y con Juan. ¿Qué te pareció? ¿No es un amor y todo un caballero, mamá?", respondió Noemí, su inocencia una daga clavada en el corazón de Marcela.

"Mira, la verdad que no lo sé. Fuimos a buscar el mesón, pero cuando quise llamarlo ya no estaba. Pensé que se habían ido los dos, entonces aproveché y me bañé, ya que se hacía tarde. Mañana vuelvo a trabajar sin retrasos", mintió Marcela, su voz traicionada por un temblor apenas perceptible.

"De verdad", respondió Noemí. "¿Y dónde habrá ido? Voy a llamarlo."

Noemí salió a la puerta, marcando el número de Juan, sin escuchar la respuesta, sin escuchar el silencio que resonaba aún dentro del local. Salió a buscarlo sin despedirse, dejando a Marcela sola con su secreto. Marcela, con la mente en blanco, con la imagen de la sangre aún grabada en su memoria, logró conservar la calma, cerrar el local e irse a casa como si nada hubiera pasado, sin pensar, quizás por el shock, en la posibilidad de que Juan aún pudiera estar vivo. Al llegar a su casa, tan cerca del local, el horror de lo sucedido aún no había logrado penetrar por completo su conciencia. El silencio de su hogar era tan pesado como el secreto que cargaba en su interior, un secreto que la acompañaría para siempre.

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Comments

Eret Lopez

Eret Lopez

ESTÁ MUYYY ENREDOSA que LE VAYA BIEN

2025-02-25

1

Aracelis León García

Aracelis León García

no entiendo porque la mentira si fue una mentira

2025-03-21

0

Amelia Mirta Fernández

Amelia Mirta Fernández

la VERDAD, NO ENTIENDO NADA. NO HAY COMENTARIOS.

2024-11-24

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