Tras la partida de Noemí, un silencio tenso llenó la casa. Marcela, con una mezcla de resentimiento y miedo, se enfrentó a Don Milton. "¿Qué sucede?", preguntó, su voz apenas un susurro, intentando ocultar la creciente inquietud que la invadía. Don Milton, con una sonrisa que no alcanzaba a disimular la malicia que brillaba en sus ojos, comenzó su relato; cada palabra pronunciada con una lentitud calculada, una lentitud que aumentaba la tensión en el ambiente.
Describió cómo, trabajando hasta tarde en su propio negocio, había sido testigo involuntario de la salida de Marcela y su hija del local. Pero había visto a alguien más, una figura que se escabulló en la oscuridad, una figura que había desaparecido en la noche. Sus palabras, aunque vagas, sembraban la semilla de la sospecha, la duda, el miedo. Marcela, intentando mantener la compostura, fingió una comprensión que no sentía, una comprensión que se desvanecía con cada palabra de Don Milton. Su mente trabajaba frenéticamente, intentando encontrar una explicación, una salida, una forma de escapar de la trampa que se le estaba tendiendo.
Sin embargo, la pregunta de Don Milton la desnudó: "¿Y qué piensa usted?", preguntó, su voz impregnada de una malicia casi palpable. Marcela, en ese instante, comprendió que Don Milton sabía más de lo que decía, que su aparente inocencia era una máscara que ocultaba una verdad mucho más siniestra. El calor le subió a la cara, una oleada de sudor la recorrió, y tuvo que secarse la frente con un pañuelo para disimular su nerviosismo. Pero su intento de mantener el control se desvaneció con la siguiente frase de Don Milton: "Simplemente, pensaba que quizás esa persona había sido culpable del incendio, o pudo tener que ver, quién sabe".
Las palabras de Don Milton, como cuchillos afilados, penetraron la armadura de control que Marcela había construido con tanto esfuerzo. La imagen de esa figura desconocida, esa figura que había escapado en la oscuridad, la perseguía, la aterraba. "¿Acaso usted vio su rostro? ¿Sabe quién es? Así lo denuncio", exclamó Marcela, su voz temblorosa, su mente desbordada por el miedo y la desesperación.
Pero la respuesta de Don Milton fue un golpe directo al estómago, un golpe que la dejó sin aliento, sin fuerzas, sin defensa. "Pues, quiero que sepa que mucho tiempo estuve esperando este momento. Sé lo que pasó, y esta noche vas a ser mía". Las palabras resonaron en el silencio, cargadas de una amenaza velada, una amenaza que se extendía más allá de la violencia física, una amenaza que se adentraba en su alma, en su miedo, en su culpa.
El espacio entre las habitaciones, aunque amplio, no era suficiente para protegerla de la amenaza inminente. La posibilidad de que Noemí escuchara, la posibilidad de que su secreto fuera descubierto, la posibilidad de que su hija fuera testigo de su humillación, la paralizaba. Pero la desesperación, la soledad, el peso de su culpa, la llevaron a tomar una decisión, una decisión que la llenó de un horror helado, una decisión que la condenaba a una noche de terror. La mano de Don Milton, áspera y tosca, se posó sobre la suya, una mano que la arrastraba hacia un abismo de humillación y desesperación. Influenciada por la soledad, por la culpa, por el miedo, por la necesidad de ocultar su secreto, Marcela se dejó llevar, se desvistió lentamente, con movimientos mecánicos, como un autómata, entregándose a un hombre que la veía como un trofeo, un trofeo que había esperado por mucho tiempo. Don Milton, con una voracidad que inspiraba terror, la besó con violencia, con una pasión enfermiza, una pasión que no era amor, sino dominio, posesión, un acto de venganza por la vida que había llevado hasta ese momento. En ese instante, la posibilidad de gritar, de pedir ayuda, se desvaneció, eclipsada por el miedo, por la culpa, por la desesperación. Su hija estaba al otro lado de la pared, ajena a lo que estaba sucediendo, ajena al horror que se desarrollaba a pocos metros de ella. Don Milton, con sus manos ásperas, la acarició, la manoseó, la humilló, mientras ella, paralizada por el miedo, se entregaba a su destino, a otra noche que marcaría su vida para siempre. El silencio de la casa se convirtió en un eco de su propia desesperación, un eco que resonaba en sus oídos, un eco que la perseguiría para siempre.
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