H e n r i e t t a...
Mientras recorríamos los pasillos del palacio en dirección hacía el salon de Té, el Duque se mantuvo en silencio. Su porte erguido y la seriedad en su rostro lo hacían lucir aún más imponente de lo habitual. De pronto, detuvo sus pasos frente a una ventana que daba al amplio jardín imperial. Me giré hacia él, esperando que dijera algo.
—Mi Señora— Dijo finalmente, con una voz que parecía estar cuidadosamente medida para no alarmarme. —Antes de que lleguemos a la reunión con mi Madre, hay algo que necesito que sepas.
Sentí que mi corazón dio un pequeño vuelco. Su tono era algo distante, y esa faceta de él siempre lograba inquietarme. Aunque por otra parte sentía una gran curiosidad, quizás al fin obtendré una pista qué me ayude a saber el pasado de la anterior Henrietta.
—¿Sucede algo Duque?— Pregunté, intentando no sonar demasiado ansiosa.
Él suspiró, desviando la mirada hacia el jardín antes de regresar sus ojos hacia mí.
—La Emperatriz Viuda... mi madre... tiene un carácter fuerte y una forma de decir las cosas que puede ser bastante directa— Su ceño se frunció ligeramente, como si las palabras le costaran más de lo esperado. —Es posible que te haga comentarios que te resulten... hirientes.
Me quedé helada. Sospechaba qué quizás Henrietta y la Emperatriz Viuda no se llevaban bien, pero ahora que eso se le ha sido confirmado por el Duque, ¿como se supone que lo enfrentaría?
—¿Por qué lo haría?— Pregunté, con una voz que sonó más débil de lo que me hubiera gustado.
—Ella no cree que haya perdido la memoria— Su tono fue franco, pero no cruel. —Para ella, todo esto es una actuación. Piensa que aún eres la misma persona que antes, y eso no la deja en paz.
El peso de sus palabras cayó sobre mí como una losa. No era difícil imaginar el por qué. La anterior Henrietta lastimo mucho al Duque y a Hender, también me imagino que a los demás, y si lo que me comento Annalise, existe La posibilidad qué el Marquesado Firetz apoyo al Segundo Príncipe en la Batalla por el Trono, también eso hizo que la Emperatriz Viuda no me mirara bien.
—Yo...— Intente decir algo, pero fui interrumpida por el Duque.
—Necesito hacerle saber algo— Reinhard dio un paso hacia mí, su voz más baja, más personal. —Trate de no enfrentarse a ella, no aquí, no ahora.
Asentí lentamente, de todos modos, quizás tendria demasiado miedo para aceptar.
—Si ella dice algo malo, yo estaré allí para ayudarle— Continuó, con una firmeza que me dejó sin aliento. —No permitiré que nadie la trate de una manera que no merece, ni siquiera mi Madre.
Su mirada era tan inexplicable, como si quisiera dejarme claro que, pase lo que pase, él estaría de mi lado.
—Así que por favor, confíe en mí, ¿de acuerdo?
Mis labios temblaron al formar una débil sonrisa. En ese momento, más que nunca, sentí la sinceridad en sus palabras.
—Está bien Duque— Respondí, aunque una parte de mí seguía temiendo lo que estaba por venir. —Confiaré en usted.
Él me observó unos segundos más, como asegurándose de que entendiera la profundidad de su promesa. Luego, con un leve asentimiento, volvimos a avanzar, mientras que yo intentaba calmar el torbellino de emociones que me llenaba por completo.
Cuando entramos al salón de té, mis sentidos fueron inmediatamente capturados por el ambiente. El aroma suave y cálido del té mezclado con un tenue toque floral llenaba el aire, mientras el sonido sutil de la porcelana al chocar se mezclaba con el murmullo de las voces. Sentí una ligera tensión en mis hombros; sabía que este encuentro sería crucial, pero no estaba preparada para lo que mis ojos encontrarían al cruzar la puerta.
Mi mirada fue inmediatamente hacia la mujer sentada elegantemente en la parte derecha de la mesa. La Emperatriz Eliana Lianchester de Wiendron. Era… perfecta. Su cabello rubio cenizo, tan claro que parecía casi blanco bajo los rayos del sol que entraban por los ventanales, caía en un lacio muy suave. Sus ojos, de un azul tan puro como el cielo despejado, estaban mirándome. Había algo en ellos, una calidez que parecía genuina, pero también una profundidad que no podía descifrar. Su piel era como la porcelana más fina, impecable y luminosa, y su sonrisa, tan amable, me hizo sentir que quizá este encuentro no sería tan difícil como había imaginado. No era solo su belleza, sino la forma en que todo a su alrededor parecía irradiar elegancia y calma. Su postura, sus gestos refinados al levantar la taza de té, eran la definición misma de la gracia imperial.
Entonces, mi atención se desvió hacia el hombre a su lado. El Emperador Leonard François de Verace. Por un instante, me sorprendió lo mucho que se parecía al Duque, aunque rápidamente noté las diferencias. Su cabello negro, tan oscuro que parecía absorber la luz, estaba perfectamente peinado hacia atrás, contrastando con el estilo más relajado que el de Reinhard. Sus ojos verdes esmeralda, tan familiares, brillaban de serenidad y sabiduría. Había algo en su porte que era diferente a Reinhard; aunque ambos compartían la misma imponente presencia, Leonard emanaba una calidez tranquila, casi acogedora, mientras que Reinhard siempre tenía un aire más formal.
Observándolos a ambos, no pude evitar sentirme fuera de lugar. Sin embargo, el leve apretón de la mano de Reinhard sobre la mía me devolvió al presente. Respiré hondo y recordé sus palabras. Este era el lugar donde debía estar. Aunque mi corazón latía con fuerza, di el siguiente paso, lista para enfrentar lo que este encuentro me deparara.
Y al mirar un poco más al centro la vi... ahí estaba ella. Mi corazón dio un vuelco al contemplarla por primera vez. Era una mujer cuya sola presencia imponía respeto y admiración. Pese a su edad, se mantenía como un monumento viviente de elegancia y nobleza.
Cabello rojizo, casi como un fuego apagado por el tiempo, caía con suavidad sobre sus hombros, contrastando con su piel clara y sin mácula. Pero lo que realmente capturó mi atención fueron sus ojos. Verdes Turquesa muy hermosos, irradiaban una fuerza que era difícil sostener. En ellos se reflejaba un carácter firme, una determinación que parecía ser tan antigua como el propio Imperio.
Su vestido, de un tejido delicado y perfectamente elaborado, parecía haber sido diseñado para resaltar su impecable figura. Bordados en tonos dorados se entrelazaban con el rojo profundo de la tela, reflejando tanto su posición como su refinado gusto. Cada uno de sus movimientos, desde el modo en que alzaba la mano hasta cómo inclinaba ligeramente la cabeza al saludar, parecía cuidadosamente coreografiado. Era demasiado obvio que esta mujer era la Emperatriz Viuda, Madre del Actual Emperador y la Madre Adoptiva del Duque, Eleonora Ecklart de Flemur.
Me sentí empequeñecer bajo su mirada selectiva, una mirada que parecía atravesarme por completo. Aunque su expresión era controlada, pude sentir el juicio implícito en sus ojos. Me observaba no como a una igual, sino como a alguien que debía demostrar su valía.
Era demasiado evidente que Eleonora era más que una mujer noble; era la representación viviente de la fuerza y la gracia que habían sostenido al Imperio. Y yo, de pie frente a ella, me sentí vulnerable, como si con un solo gesto pudiera despojarme de todo el esfuerzo que había puesto para ganarme a mi familia.
—¡Reinhard! ¡Cuñada! Es un placer tenerlos aquí— Dijo Eliana mientras avanzaba hacia nosotros con elegancia. Leonard la siguió de cerca, con una sonrisa que recordaba a la de un hermano mayor cariñoso.
—Rei— Saludó Leonard con tono jovial. Luego dirigió su atención a mí. —Cuñada, es un gusto volver a verla.
Incliné ligeramente la cabeza, intentando no mostrar mi nerviosismo.
—Gracias, Su Majestad. Es un honor estar aquí.
Levante la mirada y mis ojos se encontraron con los de la Emperatriz Viuda. Quien miraba con una mezcla de desdén y escrutinio. No necesitaba palabras para entender lo que pensaba. El aire a mi alrededor pareció volverse más pesado. Hice un esfuerzo por mantener la compostura, pero cada segundo bajo su mirada se sentía como una eternidad. Apreté ligeramente el brazo de Reinhard, buscando un ancla.
—Bienvenidos— Dijo finalmente la Emperatriz Viuda, su voz firme y cargada de autoridad. —Espero que hayan tenido un buen viaje.
Incliné la cabeza una vez más, sintiéndome pequeña bajo su mirada.
—Sí, Su Majestad. Fue un viaje tranquilo— Respondí.
Ella asintió, aunque su expresión no cambió. Su atención pasó a Reinhard y lo saludó con más amabilidad. Sentía que este encuentro no era más que el comienzo de algo mucho más complicado. Pero estaba lista. O al menos, eso quería creer.
La tensión en la sala se hacía palpable, aunque las palabras eran educadas y los gestos cuidadosos. Mientras Leonard y Eliana charlaban amablemente con Reinhard sobre los preparativos de la ceremonia, sentí cómo la mirada de Eleonora se posaba en mí una vez más.
—Duquesa— Dijo finalmente, su voz tan fría como la mirada que me lanzaba. —Debo admitir que es sorprendente verla aquí, tan... diferente, después de todo no se a dignado aparecer en este palacio desde hace casi 8 años.
La sala cayó en un incómodo silencio. No era necesario ser un experto para entender que las palabras de la Emperatriz Viuda estaban cargadas de reproche. Me tensé, consciente de que todos los ojos estaban ahora sobre mí.
—Su Majestad— Respondí, inclinando ligeramente la cabeza. —Es un honor estar en el Palacio Imperial y tener la oportunidad de...
—¿De qué, exactamente?— Fui interrumpida por la Emperatriz Viuda, con un tono que hizo que mi voz se quedara atrapada en mi garganta. —¿De demostrar un cambio repentino que nadie puede explicar? ¿De intentar compensar años de dolor con unos meses de cortesía superficial?
Sentí cómo mis manos se cerraban en puños bajo la mesa. No podía culparla por su desconfianza. Sabía lo que Henrietta había sido antes de mi llegada, y lo que esa versión de mí había hecho. Pero escuchar esas palabras tan directas era más difícil de lo que imaginé.
El Duque, que hasta ese momento había permanecido callado, levantó la cabeza y clavó sus ojos en su madre.
—Madre— Dijo con voz firme, aunque contenida. —Creo que ha sido suficiente.
Eleonora lo miró con sorpresa, pero no dejó de lado su severidad.
—¿Suficiente, Reinhard? ¿Acaso he dicho algo que no sea cierto? Esta mujer, por años, fue una sombra oscura en tu vida y en la de Hender. ¿Acaso debo fingir que no sé quién es?
—No, no debe fingir— Respondió Reinhard, con una calma peligrosa. —Pero tampoco tiene derecho a juzgarla tan abiertamente ahora.
Los ojos de la Emperatriz Viuda se estrecharon.
—¿Me estás diciendo cómo debo comportarme?
—No, Su Majestad— Respondió Reinhard, haciendo énfasis en el título con un respeto gélido. —Solo le recuerdo que Henrietta es mi esposa y la Madre de Henderson. Y aunque entienda su preocupación, no permitiré que la trate con desprecio, al menos no delante de mí.
Un leve murmullo recorrió la sala. Leonard observaba la escena con atención, mientras Eliana tomaba la mano de su esposo, como para evitar que interviniera.
Eleonora, por su parte, pareció debatirse entre el orgullo y la sorpresa. Su expresión no cambió, pero su postura rígida traicionaba su incomodidad.
—¿De verdad crees que todo esto es genuino, Reinhard?— Preguntó finalmente, con un tono más bajo, pero no menos cortante. —¿Que una persona puede cambiar tanto de la noche a la mañana?
El Duque apretó ligeramente los puños, pero su voz permaneció firme.
—Lo que crea o no crea es irrelevante. Lo que importa es lo que he visto. Henrietta ha cambiado, y si no fuera así, no estaría defendiendo su lugar aquí.
Las palabras de Reinhard me sorprendieron tanto que apenas pude reaccionar. Lo miré de reojo, intentando entender si su defensa era por compromiso o si realmente había algo más detrás de ellas.
La Emperatriz Viuda lo estudió por unos segundos, luego desvió su mirada hacia mí.
—Si lo que dices es cierto, entonces no será difícil demostrarlo. Pero ten cuidado, Madame Henrietta. No me convencerás con palabras dulces ni gestos superficiales. Solo con acciones.
Incliné la cabeza una vez más, esta vez con más firmeza.
—Lo entiendo, Su Majestad. No espero ganarme su confianza de inmediato, pero le aseguro que no tomaré este lugar a la ligera.
Eleonora asintió ligeramente, aunque sus ojos seguían mostrando desconfianza.
Leonard, quizás sintiendo la tensión, decidió intervenir.
—Madre, creo que todos estamos de acuerdo en que el pasado no puede cambiarse. Pero quizás deberíamos concentrarnos en el presente. Hoy estamos aquí para celebrar a Theodore y Henderson, ¿no es así?
Eliana asintió rápidamente, sonriendo con suavidad.
—Es cierto, y no podemos permitir que nada arruine esta ocasión.
La Emperatriz Viuda soltó un leve suspiro, aunque no dijo nada más. Reinhard, por su parte, me dirigió una breve mirada antes de volver a su habitual expresión neutral. Sentí un peso menos en el pecho, pero sabía que este era solo el primer paso. La Emperatriz Viuda no se había rendido, y quizás nunca lo haría.
El resto de la reunión continuó con más tranquilidad, pero la tensión seguía presente, como un eco de lo que había ocurrido. Mientras todos hablaban, me prometí a mí misma que demostraría que había cambiado. No solo por Henderson, ni siquiera solo por Reinhard. También por mí.
Dejamos el salón de Té y cada uno de nosotros se fue por nuestro lado. Pasaron un par de horas y los preparativos para la ceremonia se desarrollaban con rapidez en el Palacio Imperial. Sirvientes y miembros de la corte se movían de un lado a otro, ultimando los detalles de lo que sería un evento memorable. El aire estaba impregnado de una mezcla de nerviosismo y anticipación, y aunque Henderson parecía emocionado por lo que vendría, yo no podía evitar sentirme un poco fuera de lugar.
Mientras ayudaba a Hender a elegir su atuendo para la ceremonia, un sirviente se acercó a mí con una leve reverencia.
—Su Excelencia— Inclino su cabeza. —Su Majestad la Emperatriz Viuda ha solicitado su presencia en el Pabellón de Rosas.
Mis manos se detuvieron en seco al acomodar la capa de Hender. El corazón me dio un vuelco, recordando la mirada severa que Eleonora me había dirigido antes. Mis manos temblaron y Hender pareció notar eso de inmediato.
—Madre, ¿estas bien?— Preguntó Henderson, mirándome con preocupación.
Sonreí suavemente y acaricié su cabello.
—Claro que sí, Hender— Acaricie su cabello. —No te preocupes por mí, solo concéntrate en estar listo para tu gran día.
Con un último vistazo a mi hijo, salí del cuarto y seguí al sirviente hasta el Pabellón de Rosas, un Jardín cerrado lleno de plantas trepadoras y flores de vivos colores. Allí, la Emperatriz Viuda me esperaba, sentada en un banco de piedra con una taza de té en las manos.
—Siéntate— Dijo, sin levantar la mirada.
Obedecí, aunque el ambiente se sentía tan frío como la última vez que habíamos hablado.
—Sé que Reinhard te defendió hace unas horas— Comenzó, dejando la taza a un lado. —Pero no te confundas, eso no significa que hayas ganado mi confianza.
Suspiré, ya esperando algo así.
—No espero que lo haga de inmediato, Su Majestad.
Eleonora giró su mirada hacia mí, esta vez llena de una intensidad que me atravesó como una daga.
—¿Crees que basta con unas pocas sonrisas y palabras amables para borrar el daño que has hecho? ¿Crees que mereces el amor de mi hijo después de todo el sufrimiento que le has causado?
Sus palabras eran afiladas, y aunque intenté mantener la calma, sentí cómo me temblaban las manos.
—No, no lo creo— Respondí con honestidad. —Pero no estoy aquí para borrar el pasado. Estoy aquí para construir algo nuevo.
La Emperatriz Viuda me miró con escepticismo.
—¿De verdad esperas que crea en tu cambio repentino? Una mujer que ha despreciado a su esposo y a su propio hijo durante años... ahora quiere que le creamos que ha cambiado de corazón.
Tragué saliva, sintiendo el peso de cada palabra.
—Sé que es difícil de creer, Su Majestad. Sé que no tiene razones para confiar en mí. Pero lo que estoy diciendo es la verdad. Puede que no recuerde quién era antes, pero sí sé quién quiero ser ahora. Y quiero ser una esposa y una madre digna de Reinhard y Henderson.
Eleonora se cruzó de brazos, todavía mirándome con dureza.
—Reinhard no merece esto. ¿Sabes cuánto ha sufrido en su vida? Desde su infancia fue tratado con desprecio, incluso por su propio Padre. Y aun así, cuando era un niño, te vio y se enamoró de ti. Pensaba que tú eras la única persona que podría hacerlo feliz.
Mis ojos se abrieron de par en par al escuchar eso. ¿Reinhard... había sentido algo por mí desde que éramos niños?
—¿Por qué me dice esto ahora?— Pregunté con voz temblorosa.
La Emperatriz Viuda soltó una risa amarga.
—Porque quiero que entiendas lo que está en juego. Reinhard te dio su amor, se fue en mi contra cuando dijo que te haría su Esposa después de todo lo que había hecho tu Familia, todos lo tacharon de asesino y aun así lo unico que él dijo era que queria protegerte. Y a pesar de todo, tú lo aplastaste una y otra vez. Ahora vienes diciendo que quieres cambiar, pero dime, ¿qué garantía tengo de que no volverás a hacerle daño?
Todo lo que dijo era demasiada información que procesar, ¿qué debía de hacer? Me va a dar un ataque de ansiedad, tengo miedo... Reinhard... su rostro se me vino a la mente y recordé lo que me había dicho. Recordé a Hender y nuestros momentos, también le dije que estaría bien, así que tomé aire profundamente, tratando de calmar el temblor en mi voz.
—No tengo garantías, Su Majestad. No puedo prometerle que nunca cometeré errores. Pero sí puedo prometerle que lo intentaré con todas mis fuerzas. Porque ellos son mi familia, y quiero recordar quién era para poder amarlos como se merecen.
Por un momento, la Emperatriz Viuda se quedó en silencio, estudiándome con detenimiento. Algo en su expresión cambió ligeramente, como si mis palabras hubieran tocado una fibra sensible.
—Tus palabras...— Murmuró. —Tu expresión tan decidida... me recuerdan a alguien que conocí hace mucho tiempo.
Fruncí el ceño, sin entender.
—¿Recordarle?— Le pregunté.
La Emperatriz Viuda desvió la mirada hacia las rosas que la rodeaban.
—A una amiga muy querida... a alguien que también luchó por su familia contra todo pronóstico.
Sentí un nudo en la garganta, pero antes de que pudiera decir algo más, Eleonora se volvió hacia mí, esta vez con una expresión menos fría.
—¿Una amiga?— Pregunte nuevamente.
—¿Quieres que te cuente una historia?
Me quedé sorprendida por el cambio en su tono, pero asentí lentamente.
—Sí, Su Majestad.
CONTINUARÁ...
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Comments
Madan Blue
quien le pidio a usted eso sra
2025-02-13
2
Angelita
veeeee, qie pasa con todos esos babosos que no la quieren.. quien dijo que le tienen que creer veeeee, es problema de ellos... me cayo mal cuando dijo que era la sombra del otro sopenco.... qie al aptecer hixo algo que la volvio en lo que se convirtio la verdadera.
2025-01-21
2
Quica Romero
Pues conque le crea el esposo e hijo los demás salen sobrando.🤨🤷♀️🙎♀️
Porque lo importante es la opinión y aceptación de los que conviven con ella y no de unos meros espectadores y opinadores de oración.🤨😒
2025-01-01
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