H e n r i e t t a . . .
No puede ser... ¿Esto es la Capital? Dios mío... es realmente ENORME. Nunca pensé que sería así, por la manera en la que estaba descrita me la imagine muy bella, pero sin duda superó completamente mis expectativas.
—¡Ya llegamos!— Grito Hender de la emoción.
—Mi Señora... Bienvenida a Veritas, la Capital de Verace— Dijo el Duque.
Cuando las puertas de la Ciudad Imperial se abrieron, sentí que el aire a mi alrededor cambiaba. Todo era más vibrante, más majestuoso, como si la ciudad misma se asegurara de recordarme que estaba pisando el corazón del Imperio más poderoso del mundo. Por un instante, olvidé mis preocupaciones y mi nerviosismo, y me dejé llevar por la magnificencia de lo que tenía ante mis ojos.
Las calles parecían tejidas con luz, reflejando destellos dorados en cada rincón. Las torretas doradas y los estandartes ondeando al viento parecían bailar con una majestuosidad que me robaba el aliento. Había leído tantas veces sobre la Ciudad Imperial, pero nada, absolutamente nada, podía haberme preparado para esto.
Me incliné hacia la ventana del carruaje, sin importarme si era inapropiado. "Así que este es el lugar donde ocurrió toda la Novela Rosa Carmesí. Es ENORME…". Me sentí diminuta, una pieza más en el vasto tablero de ajedrez que representaba el Imperio.
—Es... hermoso— Escapé a mis pensamientos sin darme cuenta.
Sentí una mirada sobre mí, y al girarme, encontré a Reinhard observándome. Había algo diferente en su expresión, una especie de ternura oculta tras su máscara habitual de seriedad. Aunque no dijo nada, aquella mirada bastó para calentar un rincón de mi pecho. Desde esa noche, o quizás desde que comenzamos a compartir el comedor, o quizás... no lo sé... pero he estado sintiendo este calor qué me hace querer enloquecer.
Hender, en cambio, parecía debatirse entre la emoción y la formalidad. Había notado que era alguien muy orgulloso y serio con los demás, pero conmigo y con Reinhard siempre se comportaba como un niño pequeño... si qué todo había cambiado, aunque creo que no era el único.
—Mamá, hace tiempo que no vienes a la Capital Imperial, ¿qué te parece?— Me preguntó.
—Es muy linda Hender, demasiado hermosa y brillante— Le respondí.
Hender asintió, pero noté que algo brillaba en sus ojos. Quizá un reflejo de orgullo y emoción por mostrarme el cómo había cambiado la Ciudad Imperial desde la última vez que vine... o más bien la Henrietta original, ya que real era mi primera vez aquí. A pesar de la corta edad de mi hijo, ya parecía comprender todo mejor que yo.
Cuando las ruedas del carruaje cruzaron el puente hacia el Palacio Imperial, sentí que mi respiración se detenía. Los jardines que lo rodeaban parecían sacados de un cuento de hadas: rosas de todos los colores, esculpidas con tal precisión que parecían cuadros vivientes. Fuentes adornadas con esculturas de figuras heroicas lanzaban chorros de agua cristalina, creando un murmullo constante que parecía susurrar historias del pasado.
Y el palacio… El Palacio Imperial se alzaba frente a mí como un gigante invencible. Sus columnas de mármol se alzaban hacia el cielo, sosteniendo un techo decorado con mosaicos que brillaban con los colores del amanecer. Cada detalle, desde los vitrales que contaban historias hasta las puertas imponentes talladas a mano, me hablaba de siglos de poder y tradición.
El carruaje se detuvo y los sirvientes se acercaron rápidamente, inclinándose ante Reinhard. Sus movimientos eran precisos, casi mecánicos, como si hubieran sido entrenados toda su vida para este momento. Sin embargo, a mí apenas me dirigieron una mirada. Me sentí extraña, me hicieron sentir que no era más que una extraña en este lugar, una figura que no pertenecía a este mundo de nobleza y grandeza.
El Duque y Hender bajaron antes que yo, note que el Duque quería darme la mano para ayudarme a bajar, pero Hender se adelantó primero, y al mirar hacia atrás, me ofreció su mano para ayudarme. Mi corazón dio un pequeño vuelco ante el gesto, pero acepté con una sonrisa, y al Duque no le quedo nada más que admitir la derrota por su hijo.
—Gracias, Hender— Murmuré, viendo cómo sus mejillas se teñían de un leve rubor antes de apartar la vista.
Al tocar el suelo, me invadió una mezcla de nervios y emoción. Este era el lugar y el momento donde cambiarían nuestros destinos. Y aunque el futuro parecía incierto, sentí un renovado propósito. "Haré todo lo que esté en mi poder para proteger a mí Hender… y quizá también a mi esposo."
El Duque nos miro fijamente con una cierta mirada de tranquilidad. A pesar de su habitual semblante frío, noté que su mirada no se apartó de mí mientras yo contemplaba el Palacio. Por un instante, sentí que veía más allá de la fachada, como si pudiera entender los pensamientos que guardaba detrás de su mirada distante.
El silencio fue interrumpido por un grupo de Sirvientes que se nos acercó, inclinándose profundamente.
—Bienvenidos al Palacio Imperial, Su Excelencia el Gran Duque, Gran Duquesa y Joven Príncipe. Los aposentos se les han sido preparados, por favor vengan por aquí.
El Duque asintió con la cabeza y comenzó a avanzar, dejando que Henderson y yo lo siguiéramos. Mientras cruzábamos las puertas principales del palacio, una idea cruzó mi mente: "Este lugar está lleno de secretos, que me ayudarán a descubrir la verdad, así que no importa cuánto me cueste... Los descubriré todos."
Cuando cruzamos las puertas principales del Palacio Imperial, una nueva sensación me invadió: el peso de la historia, de las intrigas y del poder que este lugar albergaba. Cada rincón parecía susurrar secretos y promesas de grandeza. Me esforcé por mantener la compostura mientras seguimos a los Sirvientes que nos guiaba a nuestros aposentos, aunque no pude evitar sentir cómo mis pasos resonaban con demasiada fuerza en los pasillos.
Los aposentos que nos asignaron eran simplemente magníficos. El salón principal estaba decorado con tapices dorados y rojos, reflejando los colores de la Familia François, y los muebles parecían ser de la más exquisita manufactura. Un enorme ventanal ofrecía una vista privilegiada de los jardines, que, incluso desde aquí, parecían un océano de flores vivas y perfumadas.
Me acerqué al ventanal casi instintivamente, dejando que mis dedos rozaran el cristal. El reflejo de la luz del sol hacía que las flores parecieran pequeñas joyas. Me permití un pequeño suspiro, intentando calmar la ansiedad que se acumulaba en mi pecho.
—Espero que sea de su agrado, Su Excelencia el Gran Duque y Gran Duquesa. La Habitación del Joven Príncipe está en esta puerta— Señalo la puerta derecha. —Y la de sus Excelencias está en esta otra— Dijo uno de los Mayordomos señalando la puerta izquierda con una reverencia, antes de retirarse tras la indicación breve del Duque.
Hender observaba la sala que estaba entre las Habitaciones con ojos grandes y curiosos. Aunque intentaba mantener una expresión seria, no pudo ocultar su fascinación. Decidí aprovechar el momento.
—Es hermosa, ¿no lo crees Hender?— Comenté, mirando su rostro mientras se acercaba lentamente al ventanal junto a mí.
Él asintió, aunque no dijo nada. Su mirada se perdió por unos segundos en los jardines. Me pregunté qué estaría pensando, si acaso este lugar le resultaba intimidante o inspirador.
Detrás de nosotros, el Duque había tomado asiento en uno de los sillones de terciopelo, su postura relajada, pero su mirada firme, como si siempre estuviera evaluando todo lo que lo rodeaba. Sin duda era impresionante cómo podía llenar una habitación con su presencia sin siquiera alzar la voz.
Un leve golpeteo en la puerta nos interrumpió. Uno de los asistentes del Palacio entró y, con una profunda reverencia, anunció:
—Sus Excelencias— Bajo la cabeza. —La Emperatriz Viuda solicita la presencia de Su Excelencia en el Salón Principal de Té.
Sentí cómo mi corazón se aceleraba. Sabía que este momento llegaría, pero no esperaba que fuera tan pronto.
—Entendido, iremos de inmediato— Respondió el Duque con su habitual tono calmado, antes de levantarse del sillón y dirigirse hacia nosotros.
Me ofreció su brazo, algo que no esperaba. Dudé por un segundo, pero acepté, entrelazando mi brazo con el suyo. Podía sentir la firmeza y calidez de su brazo incluso a través de los guantes. "Reinhard... sé que haremos esto para aparentar... pero aun así, no puedo evitar que mi corazón lata de esta manera...", pensé, pero deseché rápidamente la idea. No era momento para distraerse.
Caminamos juntos hacia el Salón Principal de Té, y cada paso parecía más pesado que el anterior. Cuando llegamos, las enormes puertas se abrieron ante nosotros, revelando un salón amplio, lleno de luz y decorado con majestuosos candelabros de cristal. Mire a mis alrededores sintiéndome muy asombrada por todo y en eso la mujer en el centro de la mesa captó mi atención, por su aspecto sabía perfectamente quien era... ella era la Emperatriz Viuda, Madre del Actual Emperador y la Madre Adoptiva del Duque, Eleonora Ecklart de Flemur.
C O N T I N U A R Á...
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Comments
yuri
autora , me encanta cada capítulo, con cada uno , se va con otro misterio y pocas respuestas pero eso lo hace interesante,por cierto me emociona que podría surgir este entre par de tortolos
2025-02-24
1
Mitsuki G
Ahora sí está Henrietta pudo ver cómo es en verdad la capital que leía quedándose muy atrás la descripción y al parecer los sirvientes no aprecian a Henrietta me preguntó si habrá algunos sirvientas que la queran hacer menos pero Hender la defiende como un buen hijo y a ver qué misterioso nos vas demostrando autora o das más misterios para que uno intenta saberlo con teorías solo espero que Henrietta no se de deje intimidad y Reinhard no sea caballeroso por un deber si no por gusto sinceramente
2024-11-23
7