La llamada que recibió Alicia esa mañana fue un momento aterrador y lleno de ansiedad. Después de intentar comunicarse con Ben sin éxito, decidió llamar a Jony en busca de respuestas. Cuando Jony le aconsejó que encendiera el televisor y viera las noticias, Alicia no sabía qué esperar.
Mientras sintonizaba el televisor y escuchaba el informe sobre el robo en la casa de Ben, su corazón se hundió. La terrible noticia de que los padres de Ben habían sido encontrados muertos y que su amigo estaba desaparecido la dejó en estado de shock. Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas mientras imaginaba lo que Ben y su familia debieron haber pasado esa noche.
La llamada y la noticia posterior marcaron un punto de inflexión en la vida de Alicia y sus amigos. La preocupación y el miedo se apoderaron de ellos, y la incertidumbre sobre el papel del libro celta en esta tragedia los atormentó. Ahora, más que nunca, necesitaban desentrañar los misterios que rodeaban el libro y descubrir si estaba relacionado de alguna manera con lo que le había sucedido a Ben y su familia.
En la oscuridad de la noche, la casa de Ben se encontraba en un silencio inquietante. Mientras su familia dormía, ajena al peligro que se avecinaba, los intrusos se acercaban sigilosamente, aprovechando la quietud de la madrugada.
Los ladrones, moviéndose con precisión y cuidado, lograron sortear las medidas de seguridad de la casa. Forzaron una ventana trasera para ganar acceso al interior. Las sombras se deslizaron por pasillos oscuros y habitaciones silenciosas, moviéndose como fantasmas en busca de su botín.
La casa estaba decorada con obras de arte y muebles elegantes que hablaban de la prosperidad de la familia de Ben. Los ladrones no tardaron en encontrar la caja fuerte en la habitación de los padres. Con habilidad, la forzaron y extrajeron su valioso contenido: dinero en efectivo, joyas de gran valor y documentos importantes.
Sin embargo, la situación dio un giro siniestro cuando los intrusos entraron en la habitación de los padres de Ben. La pareja, inocente y vulnerable mientras dormía, se enfrentó a una pesadilla. Los ladrones, aparentemente dispuestos a cualquier cosa para evitar testigos, llevaron a cabo un acto atroz.
Cuando la policía llegó a la escena después de recibir una llamada anónima, encontraron un panorama desgarrador. Los padres de Ben yacían sin vida en su cama, víctimas de la brutalidad de los ladrones. La casa estaba en completo desorden, con muebles volcados y pertenencias dispersas por todas partes.
Lo que más sorprendió a las autoridades fue la desaparición de Ben. El joven no estaba en la casa, y su paradero era un misterio. La noticia de esta tragedia sacudió a la comunidad y dejó a todos conmocionados. La búsqueda de Ben se convirtió en una prioridad urgente, mientras la casa de los horrores se sometía a una minuciosa investigación en busca de pistas que pudieran llevar a la captura de los responsables.
Aquella noche, cuando las sombras de la casa se alargaron y el silencio de la madrugada se hizo más denso, Ben se encontró atrapado en una pesadilla despierta que lo sumió en un abismo de miedo y paranoia. En medio de la penumbra, los muebles familiares adquirieron contornos fantasmagóricos, como si se hubieran transformado en seres acechantes que observaban cada uno de sus movimientos con malicia. Los objetos cotidianos, que solían traerle comodidad y familiaridad, ahora parecían conspirar en su contra, arrojando sombras distorsionadas y emitiendo susurros ininteligibles que se deslizaban por el aire y se filtraban en sus oídos.
El corazón de Ben latía con fuerza, como si quisiera escapar de su pecho y alejarse de la inquietante presencia que llenaba su habitación. Cada latido resonaba en sus oídos como un tambor de guerra, anunciando un peligro que no podía ver pero que podía sentir en lo más profundo de su ser. A pesar de la sensación de agobio, Ben no podía apartar la mirada de las sombras en movimiento, como si estuviera hipnotizado por el espectáculo macabro que se desarrollaba ante sus ojos.
Las sombras, que se retorcían y danzaban caprichosamente, parecían desafiar las leyes de la física. Algunas adoptaban formas grotescas y amenazadoras, mientras que otras se convertían en figuras humanas que se desvanecían antes de que pudiera enfocar la mirada en detalle. Ben se dio cuenta de que estaba atrapado en una pesadilla viviente, donde la realidad y la fantasía se entrelazaban de una manera perturbadora.
Cada pequeño ruido en la casa, el crujir de las maderas viejas o el susurro del viento afuera, se amplificaba en su mente, convirtiéndose en un eco ominoso que resonaba en su conciencia. La casa parecía cobrar vida propia, como si estuviera respirando y acechando en las sombras, esperando el momento adecuado para revelar su verdadera naturaleza.
La respiración de Ben se volvió superficial, y sus manos temblaban mientras intentaba comprender lo que estaba sucediendo. Nunca había experimentado una sensación tan abrumadora de terror, y sabía que algo estaba terriblemente mal en ese lugar que solía considerar su refugio seguro. Sus pensamientos se volvieron confusos, y la línea entre la realidad y la alucinación se desdibujó aún más.
En su mente, surgió la pregunta desgarradora: ¿Era él quien estaba perdiendo la cordura o la casa misma estaba poseída por alguna entidad maligna? Sus recuerdos de las historias de fantasmas y leyendas urbanas que había escuchado en su infancia se agolparon en su mente, añadiendo más capas de miedo a su experiencia.
A medida que la noche avanzaba y las sombras se alargaban, Ben se sintió completamente atrapado en una pesadilla que no parecía tener fin. El tiempo se volvió elástico, y cada minuto se estiraba como una eternidad. Anhelaba la llegada del amanecer como si fuera su única esperanza de escapar de aquel oscuro tormento.
En un acto de desesperación, se arrastró hacia un rincón oscuro de su habitación, El rincón al que se había arrastrado se sentía como un refugio en medio de la tormenta, pero también como una ratonera en la que el depredador se acercaba sigilosamente. La oscuridad en ese rincón era más densa que en cualquier otro lugar de la habitación, como si la sombra misma se hubiera solidificado allí. Ben tenía miedo de respirar demasiado fuerte, como si el sonido de su propia respiración pudiera atraer la atención de lo que lo acechaba.
Sus ojos, en busca de cualquier señal de lo desconocido, escudriñaban la penumbra. Cada sombra, cada movimiento de la cortina que ondeaba con la brisa nocturna, se convertía en una amenaza potencial. Su mente estaba en un estado de hiperalerta, y cualquier sonido mínimo era amplificado hasta convertirse en un estruendo ensordecedor en sus oídos.
La puerta de su habitación parecía una barrera frágil que separaba lo desconocido de él, pero también se convirtió en su única vía de escape. Ben sabía que, en algún momento, tendría que enfrentar lo que estaba allá afuera. Aun así, el temor paralizante lo mantenía inmóvil en su rincón, y el sudor frío empapaba su frente.
El tiempo se volvió borroso mientras permanecía en ese estado de terror. No sabía si habían pasado minutos u horas desde que se había refugiado en el rincón. Pero la sensación de que algo se acercaba, algo que estaba más allá de su comprensión, se hizo más intensa con cada latido de su corazón.
Entonces, en medio del silencio opresivo, un susurro comenzó a llenar la habitación. Era un murmullo incomprensible, una serie de palabras que no tenían sentido en ningún idioma que Ben conociera. El sonido no provenía de una fuente clara; parecía surgir de las sombras mismas, como si las sombras tuvieran una voz propia y malévola.
Ben sintió un escalofrío recorriendo su columna vertebral mientras el susurro continuaba, cada vez más insistente. No podía discernir las palabras, pero la sensación de que esas palabras llevaban consigo una maldición indescriptible lo llenaba de pavor. Era como si las sombras mismas intentaran arrastrarlo hacia su oscuro abrazo, como si estuvieran llamándolo a un destino desconocido y aterrador.
El miedo se convirtió en una presencia tangible, envolviéndolo como una mortaja. Cerró los ojos con fuerza, deseando con desesperación que todo fuera una pesadilla de la que pronto despertaría. Pero la sensación de lo desconocido, de lo siniestro, no desapareció. Estaba atrapado en un mundo de sombras y pesadillas, sin esperanza de escapar.
El instante en que Ben escuchó las palabras "El precio debe pagarse", una oleada de terror lo envolvió por completo. Una parte de su mente le decía que debía salir de allí, que debía enfrentar a los ladrones y huir de la casa lo antes posible. Pero la otra parte de su mente, la parte que había sido marcada por el misterioso libro celta, lo mantenía paralizado.
La voz seguía susurrando en su cabeza, retumbando como un eco oscuro y siniestro. "El precio debe pagarse", se repetía una y otra vez. La habitación se oscureció aún más, como si las sombras que antes solo eran sombras, cobraran vida y lo rodearan.
Ben intentó gritar, pero su voz se quedó atrapada en su garganta. Sus extremidades se volvieron pesadas, como si una fuerza invisible las arrastrara hacia abajo. Se dio cuenta de que estaba siendo arrastrado hacia la misma oscuridad que lo había atormentado anteriormente. Era como si la habitación misma estuviera devorándolo.
La sensación de impotencia y terror era abrumadora. Intentó luchar, forcejeando contra la corriente oscura, pero era inútil. Cada movimiento que hacía parecía llevarlo más profundamente en la oscuridad. Los ladrones y el robo ya eran una preocupación secundaria. Lo que más lo atemorizaba era la voz implacable en su mente y la certeza de que algo siniestro lo aguardaba en las profundidades de la negrura.
Y, entonces, ocurrió. Su cuerpo se hundió por completo en la oscuridad, y la sensación de ser devorado lo consumió por completo. Ben había desaparecido sin dejar rastro, como si la misma oscuridad se lo hubiera llevado consigo.
La casa quedó en silencio una vez más, y los ladrones continuaron saqueando sus pertenencias sin tener idea de lo que había sucedido. Ben había pagado un precio impensable por su deseo, y su destino se había sellado en las sombras de su propia habitación. El misterio del libro celta se profundizaba aún más, y sus amigos estaban cada vez más desesperados por encontrar respuestas antes de que fuera demasiado tarde.
El sentimiento de miedo y desesperación que llenó la habitación de Ben esa noche dejó una impresión indeleble en la casa, como si hubiera absorbido la oscuridad que lo había atormentado. La tragedia que siguió solo profundizó la sensación de que la casa estaba marcada por una presencia inhumana y aterradora.
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