Destinados

Llenos de adrenalina, Leanne y León se apresuraron a escapar de los soldados que los perseguían por las estrechas calles de Isca. Corrían esquivando obstáculos y girando en cada esquina con destreza.

Leanne, con su fuerza y agilidad salvaje, lideraba el camino, saltando sobre barriles para evitar ser capturada. Mientras tanto, León, con su astucia y habilidades de estafador, buscaba atajos y rutas alternativas para despistar a sus perseguidores.

Los soldados, aunque no los reconocían de inmediato, estaban decididos a capturar a los fugitivos. Se escuchaban gritos y órdenes de los guardias, y el sonido de los cascos de los caballos resonaba en las calles empedradas.

Leanne y León continuaron corriendo sin descanso, tomando giros bruscos y desapareciendo en los callejones más estrechos. Cada vez que un soldado se acercaba, se ocultaban en las sombras, respirando agitados y rezando para no ser descubiertos.

El sonido de las botas de los soldados resonaba cada vez más cerca, aumentando la sensación de peligro inminente.

El corazón de Leanne latía desbocado, y su respiración se entrecortaba mientras corría a toda velocidad. León, con su mente ágil y astuta, buscaba desesperadamente una ruta de escape. Pero, sin darse cuenta, se adentraron en un callejón estrecho y sombrío sin salida aparente.

La tensión se hizo palpable en el aire. Leanne y León se detuvieron abruptamente, sintiendo el aliento de los soldados acercándose peligrosamente. El callejón estaba rodeado por altos muros de piedra, sin ninguna abertura visible.

Los soldados, sedientos de venganza y con rostros despiadados, se acercaban rápidamente, rodeándolos como una jauría de lobos. Leanne y León intercambiaron miradas de preocupación, sabiendo que estaban atrapados y sin escapatoria. Sería una ejecución inmediata.

Con un rugido feroz, Leanne se lanzó hacia adelante, sorprendiendo al primer guardia con su rapidez y ferocidad. Su cuchillo se deslizó con precisión letal, cortando el aire con un silbido amenazante. Antes de que el guardia pudiera reaccionar, Leanne había perforado su mano, a continuación, apuñaló su rostro repetidas veces y tomó su espada.

La sangre salpicó en el aire, tiñendo el callejón de un rojo oscuro. El guardia cayó al suelo con un gemido ahogado, su vida se desvanecía rápidamente. El silencio se apoderó del callejón, solo interrumpido por la respiración agitada de Leanne y los guardias que se formaron rápidamente para enfrentarla como mejor sabían. Uno de ellos rompió la formación gritando unas palabras. Ni Leanne ni León le entendieron, cada uno estaba absorto en sus pensamientos. León sabía que ya no habría vuelta atrás después de contemplar esa escena, contenía las náuseas.

Leanne se batió a duelo contra el guardia, pero en uno de sus ataques la espada que usaba rebotó en la armadura del enemigo, dejándola indefensa, el guardia la atacó con su espada con una estocada llena de odio, pero antes de atravesar su cuello, el hombro y pecho de León se interpusieron en el camino.

El dolor se apoderó del cuerpo de León mientras la espada del guardia se clavaba en su hombro y atravesaba su pecho. Un grito de angustia escapó de sus labios, pero su sacrificio había salvado la vida de Leanne en el último momento.

El guardia, sorprendido por la intervención de León, retrocedió unos pasos, dejando que la espada se deslizara fuera del cuerpo herido. Leanne, en estado de shock se quedó quieta. Por algún motivo ya no quería seguir peleando.

-Que haces idiota, si me lastimé es porque eres mi mayor probabilidad de sobrevivir,! Pelea! -

Los soldados no perdieron el tiempo y tres se acercaron para ejecutar a la salvaje, pero una vez levantaron sus espadas, cayeron de bruces al suelo, como si hubiesen tropezado con algo invisible. El ataque fué tan repentino que todos cayeron. Leanne tomó a León en sus brazos y sin perder ni un segundo de la confusión y desorden entre la armada con gran agilidad abandonó el callejón sin salida, al final del mismo se encontró con un hombre alto y cabellera gris, tenía consigo una herramienta algo grande de la que salía una cuerda de plata por unas bobinas.

-Sígueme joven! -

Leanne, con León aún en sus brazos, siguió al hombre de cabellera gris sin hacer preguntas. Había aprendido a confiar en su instinto y en aquellos que parecían ser aliados en medio del caos. El hombre se movía con destreza por las calles de Isca, evitando los encuentros con los soldados y conduciéndolos por caminos ocultos y estrechos pasadizos. Se notaba su experiencia y conocimiento. Leanne había encontrado otro candidato para llevar a su tribu, además de conocer las estrategias de los "salvajes" también tenía herramientas muy extrañas hechas con hilos brillantes.

Mientras avanzaban, el hombre misterioso comenzó a hablar, rompiendo el silencio tenso que los envolvía.

Me llamo Alan, y he estado siguiendo sus pasos desde que llegaron a la ciudad - dijo con voz serena pero decidida-. Vi cómo enfrentaron a los guardias y supe que eran diferentes. Pero ahora no es momento de explicaciones, tenemos que salir de aquí antes de que nos encuentren.

Leanne asintió, su mente aún abrumada por la situación. Si los estaba siguiendo ¿cómo no se percató ella? Claramente estaba mintiendo, pero al menos, éste salvaje no quería matarlos.

Alan los condujo por callejones y pasajes secretos, evitando las miradas curiosas y los peligros que acechaban en cada esquina. Finalmente, llegaron a las afueras de la ciudad, donde un caballo esperaba pacientemente.

Suban, no hay tiempo que perder - instó Alan, mientras Leanne acomodaba a León con cuidado en la montura.

Una vez todos acomodados en el caballo, Alan tomó las riendas y el grupo se alejó velozmente de Isca. El viento soplaba en sus rostros mientras galopaban hacia la libertad, dejando atrás los peligros y las sombras de la ciudad.

Leanne miró a León, quien aún luchaba por mantenerse consciente. -¿Te vas a morir o no?-

-Cállate, no moriré por tu maldita cul.. - León se calló, si no moría a manos de el imperio moriría a manos de Leanne.

Alan quedó un poco desconcertado por el trato entre compañeros de fuga, pero siguió cabalgando sin decir nada.

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