Año 3301: Calendario Humano.
-¡Buenos días y FELIZ…! comienzo de año-
La emoción con la que había entrado Ellen al taller se esfumó por completo al ver las expresiones de cansancio e irritación de los dos que estaban allí, sobre una mesa sucia, trozos de metal por todos lados y manchas
de humo.
-Solo nos queda un intento- Dijo Alan con voz desganada y un rostro traumático.
La plata que tanto le había costado a Ellen ya se estaba terminando, incluso Artorias notó su cambio de perfume y vestimenta para ahorrar. Ambos estaban “muertos en vida”.
Esta escena logró impactar el ánimo de la mujer, pero no por mucho; se acercó a donde estaba la mesa y la limpió de una sola pasada, el polvo alcanzó a ensuciar su prenda. Tomó un martillo en una mano y la hoja donde estaban escritas las medidas en otra, acercando los elementos a los dos hombres.
Alan levantó la mirada, encontrando los ojos de Ellen llenos de esperanza y apoyo. El brillo en ellos le recordó por qué habían comenzado esta aventura en primer lugar: el deseo de crear algo extraordinario, de desafiar las limitaciones impuestas por el imperio y dejar una marca en la historia.
Artorias también miró a Ellen, sintiendo un renovado impulso en su interior. A pesar de su naturaleza callada, siempre había admirado la fortaleza y la determinación de Ellen. Sabía que ella estaba dispuesta a arriesgarlo todo por ellos y por la innovación que representaban.
Con renovada determinación, los tres se reunieron alrededor de la mesa. Se miraron unos a otros, compartiendo una conexión silenciosa y una promesa de seguir adelante.
Este es nuestro último intento, pero estoy convencido de que lo lograremos juntos. Somos un equipo fuerte y no nos rendiremos fácilmente - dijo Alan, con una determinación renovada en su voz.
Ellen asintió con determinación, su orgullo resurgiendo en su postura. - Estoy con ustedes. No importa cuántos obstáculos se interpongan en nuestro camino, encontraremos la manera de terminar estos hilos de plata y mostrar al mundo su grandeza. No subestimen mi capacidad para rastrear el éxito. –
Con un sentimiento de unidad y propósito, Alan, Ellen y Artorias se sumergieron en su último intento. Trabajaron en perfecta sincronía, combinando su experiencia, conocimientos y pasión. Cada movimiento, cada ajuste, cada elección cuidadosa los acercaba más al resultado deseado.
Finalmente, en el último paso, Artorias abrió paso para que Alan se encargara. Con manos temblorosas pero decididas, Alan comenzó a aplicar calor a uno de los trozos de plata utilizando una delicada llama de soplete. Con movimientos fluidos y controlados, calentó el metal con precisión milimétrica. El calor comenzó a suavizar la plata, haciéndola maleable y receptiva a la manipulación.
Mientras tanto, Ellen y Artorias estaban atentos, observando cada movimiento de Alan. Sabían que la técnica térmica era crucial en este paso y estaban ansiosos por ver los resultados.
Una vez que la plata alcanzó la temperatura adecuada, Alan la colocó cuidadosamente en un dispositivo especial que había diseñado a la carta junto con Ellen. El mecanismo ejercía una fuerza controlada sobre la plata, estirándola y alineando sus moléculas en una estructura precisa.
Alan ajustó cuidadosamente los parámetros de la fuerza aplicada, encontrando el equilibrio perfecto entre estiramiento y estabilidad. Podía sentir la tensión en el aire mientras los hilos de plata comenzaban a
formarse gradualmente.
Con cada movimiento, Alan aplicaba su destreza y conocimientos adquiridos a lo largo de su aprendizaje. Conectado de manera intuitiva con el metal, podía sentir su respuesta y adaptarse en consecuencia. La plata cedía y se transformaba, tomando la forma y la textura adecuadas.
Mientras los hilos de plata tomaban forma, Ellen y Artorias observaban con admiración y emoción creciente. Era un espectáculo asombroso ver cómo Alan dominaba la técnica térmica y la aplicación de la fuerza con tanta eficiencia. Sabían que estaban presenciando algo especial, algo que marcaría un hito en la historia de la metalurgia.
A medida que los hilos de plata tomaban forma bajo las hábiles manos de Alan, Ellen no podía apartar la mirada de él. Observaba cada movimiento, cada gesto tenso y concentrado en su rostro. Un sentimiento desconocido empezó a crecer en su interior, una atracción misteriosa que la tomó por sorpresa.
Ellen se encontraba fascinada por la pasión y la destreza que Alan demostraba en su trabajo. Su dedicación y habilidad para manipular el metal despertaban en ella una admiración profunda. Cada vez que sus manos se movían con precisión, sintió un cosquilleo en su estómago y su corazón comenzó a latir más rápido.
El taller se llenaba de una energía vibrante y eléctrica, y Ellen no podía evitar ser arrastrada por ella. La forma en que Alan se sumergía por completo en su labor, sin temor a los desafíos ni a los fracasos, le resultaba cautivadora. Comenzó a apreciar su tenacidad y valentía para enfrentar los obstáculos.
Finalmente, después de un proceso minucioso y meticuloso, los hilos de plata estaban terminados. Brillaban con un resplandor único, reflejando la luz del taller. Ellen no pudo contener su alegría y lanzó un grito de triunfo, mientras Artorias sonreía con orgullo.
En esa mañana llena de emoción y creación, los hilos de plata se convirtieron en testigos silenciosos de un amor en ciernes, mientras Ellen y Alan compartían una conexión especial que trascendía las palabras y los gestos.
Mientras los hilos de plata brillaban en el taller y la celebración llenaba el ambiente, Artorias de repente cayó al suelo con debilidad. El cansancio acumulado y la falta de recursos habían pasado factura a su salud. Alan y Ellen se apresuraron a ayudarlo, preocupados por su estado.
¿Estás bien? - exclamó Alan, arrodillándose junto al anciano herrero.
Ellen buscó rápidamente una silla para que Artorias pudiera sentarse y descansar. Su rostro mostraba palidez y agotamiento, y era evidente que la falta de dinero los había obligado a sacrificar más de lo que pensaban.
Solo necesito un té- dijo Artorias con voz débil, intentando sonreír.
Alan y Ellen intercambiaron miradas de preocupación. Habían estado tan enfocados en su meta y en la innovación de los hilos de plata que se habían olvidado de cuidar de sí mismos y de su maestro. Ahora se enfrentaban a las consecuencias de sus sacrificios.
Caminando con Artorias sobre sus hombros, Alan y Ellen se dirigían con prisa hacia la casa del anciano. Ninguno quiso pronunciar una sola palabra. Una vez frente a la puerta, se escuchó un estrepitoso galope cerca de allí. Sonaba el cuerno que anunciaba la presencia de uno de los principales heraldos del imperio romano y por lo tanto cada casa debía enviar un representante a la plaza principal donde harían el anuncio.
Los dos cruzaron miradas preocupadas, abrieron la puerta y antes de que alguno dijera algo Artorias habló.
-No levanten sospechas y vayan tontos-
Ambos comprendieron la situación y salieron de allí para encontrar el inmenso evento que se presentaba en la plaza. Sobre una gran tarima y rodeado por guardias romanos el heraldo, con porte digno dio unos pasos al frente.
Finalmente, el heraldo del imperio comenzó a hablar, anunciando importantes decisiones y políticas que afectarían a todos los ciudadanos. Alan y Ellen escucharon atentamente, sintiendo la responsabilidad sobre sus hombros.
Mientras tanto, en su corazón, el lazo que los unía se fortalecía. El apoyo mutuo y la determinación de enfrentar los desafíos juntos se volvían aún más evidentes. A medida que escuchaban las palabras del heraldo, Alan y Ellen se dieron cuenta de que su amor y su compromiso no solo eran para enfrentar las dificultades que habían encontrado hasta ahora, sino también para superar los desafíos que el futuro les deparara.
Al finalizar el anuncio el heraldo agregó con voz burlona…
-Esta noche hay censo comercial para inicio de año-
Alan y Ellen palidecieron al escuchar el anuncio que parecía haberse dicho en cámara lenta. Regresaron a casa con prisa, ansiosos por volver junto a Artorias y asegurarse de su bienestar. Mientras caminaban de regreso, el sol empezaba a ponerse en el horizonte, declarando el inicio del ocaso.
Al llegar a la casa, encontraron a Artorias tomando té. Su semblante había mejorado, lo cual quitó un poco de peso sobre los corazones de los recién llegados. Alan solo sonrió y se dispuso a correr hacia el taller, no sabía si la suerte estaría en su contra y el taller fuera de los primeros en ser censados. Ellen se quedó con Artorias para organizar los registros y contarle lo de la plaza.
Una vez llegó Alan al taller tomó los hilos de plata, los escritos con las instrucciones y los puso en un estante de madera que estaba increíblemente alto. Luego se dedicó a hacer aseo, para que no quedara rastro alguno del metal plateado. Los restos los echó a una carretilla y cuando empezó a tirar las primeras briznas de paja para cubrirla, escuchó el sonido de la puerta.
- ¿Dónde está el anciano de este taller? Cada vez que vengo creo que será la última en que te vea aquí\, joven –
Por alguna razón el inspector llegó allí sin hacer mucho escándalo como las otras veces.
-Seguro que te gusta trabajar gratis-
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