Ellen luchaba por incorporarse. Sus manos temblaban mientras intentaba encontrar algo para sostenerse y levantarse. Se tambaleó en su búsqueda y finalmente, se topó con el cuerpo inerte de Artorias, gravemente herido por la onda expansiva del rayo.
- ¡Artorias!-
Con el corazón en un puño, Ellen se arrodilló junto al anciano, cuyas ropas estaban desgarradas y manchadas de sangre. El rostro de Artorias reflejaba el dolor y la debilidad que había experimentado. Sus ojos estaban entreabiertos, luchando por mantenerse abiertos y enfocados.
Ellen tomó una bocanada de aire, conteniendo las lágrimas que amenazaban con brotar de sus ojos. Extendió una mano temblorosa hacia el rostro del anciano, acariciando su mejilla con ternura y preocupación. Pero el anciano no tuvo las suficientes fuerzas para despedirse antes de expirar su último aliento.
La gente curiosa se aglomeraba alrededor de la escena, formando un círculo que parecía acercarse cada vez más. Sus voces murmurantes y sus gestos de asombro creaban un ambiente tenso y cargado de expectación.
Mientras tanto, Alan se encontraba sumido en un profundo estado de confusión. Su mente era un torbellino de pensamientos y emociones. Una sola lágrima escapó de su ojo y se mezcló con la lluvia que seguía cayendo incansablemente.
Sus ojos estaban fijos en el cuerpo herido de Artorias y en Ellen, quien lo cuidaba con desesperación y determinación. No podía entender lo que había sucedido, pero las imágenes del rayo y los hilos de plata se repetían una y otra vez en su mente, como fragmentos de un sueño confuso.
Por un fugaz momento, Alan llegó a preguntarse si su deseo ferviente de escapar y proteger sus sueños había sido materializado en aquel acontecimiento impactante. Pero rápidamente descartó esa idea como algo imposible, algo fuera del alcance de la realidad.
El sonido de los galopes de los caballos imperiales se hizo cada vez más fuerte, rompiendo el silencio tenso que se había apoderado de la escena. Alan sintió un escalofrío recorrer su espalda. Sabía que el tiempo se agotaba y que debían encontrar una salida, una forma de escapar de aquel lugar antes de que los soldados imperiales llegaran y se llevaran a cabo las consecuencias de sus acciones. Los otros soldados habían sobrevivido y serían el instrumento de su ruina total. Su mirada cambió en un instante. // ¿y si los mato? // pensó, pero al ver la gente alrededor descartó esa idea.
-Yo…yo no soy un asesino- Dijo con voz temblorosa.
Mientras tanto, Ellen besó la mejilla del anciano Artorias, depositándolo con cuidado en el suelo. Las lágrimas aún resbalaban por sus mejillas mientras buscaba desesperadamente las medidas de los hilos de plata entre el caos y la confusión. Solo encontró un papel arrugado, roto e ilegible. Antes de que el primer guardia se asomara por la escena, Ellen agarró la mano de Alan con determinación y juntos se lanzaron a correr. Sus corazones latían rápidamente mientras se abrían paso entre la multitud, tratando de dejar atrás el taller y a los soldados que se acercaban peligrosamente.
El viento y la lluvia azotaban sus rostros mientras avanzaban, guiados por el instinto de supervivencia y la urgencia de encontrar un refugio seguro. La incertidumbre del futuro y la amenaza inminente creaban una tensión palpable en el aire, pero la determinación y la esperanza les impulsaban a seguir adelante, aferrándose a la posibilidad de una libertad que parecía cada vez más esquiva.
Con suerte y estrategia, lograron eludir a los soldados y mantuvieron su libertad. Juntos, trazaron un plan para llegar a la ciudad de Isca, el hogar de Ellen, donde esperaban encontrar seguridad y nuevas oportunidades.
Una vez en Isca, Alan se sumergió en su trabajo con los hilos de plata. Utilizando sus conocimientos y habilidades adquiridas a lo largo de los años, perfeccionó el proceso de creación de los hilos, buscando constantemente la manera de lograr una interacción entre ellos y los rayos. Su obsesión por desentrañar este misterio se convirtió en su motor y motivación diaria.
Por su parte, Ellen utilizó sus contactos y su astucia para establecer una red de venta de artesanías con hilos de plata. Conscientes de la importancia de mantener el secreto y evitar que el proceso se difundiera al mundo, decidieron vender los hilos en subastas de alta clase, clandestinas y exclusivas. Esta estrategia no solo les permitía mantener el control sobre la distribución, sino también obtener beneficios económicos para asegurar su supervivencia y continuar con su misión.
En el transcurso de estos años, su relación se fortaleció y floreció. Alan y Ellen se casaron, uniendo sus destinos y prometiéndose apoyo mutuo en esta vida llena de peligros y desafíos. Juntos, formaron un equipo imparable, confiando el uno en el otro y compartiendo cada victoria y derrota.
Mientras Alan se dedicaba a sus experimentos y descubrimientos, Ellen se convirtió en su mayor defensora y apoyo. Con su inteligencia y capacidad para establecer contactos, colaboró estrechamente con Alan, brindándole recursos y oportunidades para seguir avanzando en su investigación.
La ciudad de Isca se convirtió en su santuario, un lugar donde encontraron cierta tranquilidad y estabilidad en medio de la incertidumbre. Sin embargo, siempre estaban alerta, conscientes de que el imperio Romano seguía buscándolos, deseoso de recuperar el conocimiento y el poder que los hilos de plata representaban.
Los años pasaron, pero la pasión de Alan por su trabajo nunca disminuyó. Cada vez más cerca de desentrañar el secreto de la interacción entre los hilos de plata y los rayos, se sumergió en experimentos y teorías, dejando que su curiosidad y determinación lo guiaran.
Mientras tanto, Ellen continuó con su labor de protección y comercialización de los hilos. A través de su red de contactos y subastas clandestinas, logró mantener el secreto y asegurarse de que los hilos llegaran solo a aquellos que valoraran su verdadera esencia, elaborando de esa manera una gran fortuna.
La vida de Alan y Ellen se convirtió en una danza delicada entre la cautela, la pasión y la Astucia. Alan logró crear artefactos muy avanzados para su época, pero solo serían de uso personal. Cuando el imperio romano le rozó los talones a la pareja, se dice que desaparecieron de la ciudad de Isca sin dejar rastro alguno con la ayuda de su "hechicería".
Año 3312: Mansión Silver. Localización: desconocida
-jajajajaja- La risa de Alan resonaba en la mansión, al igual que sus apresurados pasos.
Ellen salió a su encuentro en la espaciosa mansión que se había convertido en su refugio. Su mirada se encontró con la de Alan, que aún reía descontroladamente. Ambos estaban enfrascados en una mezcla de emoción y expectación, conscientes de que habían llegado a un punto crucial en su búsqueda.
-¡Alan! -exclamó Ellen, tratando de contener su propia sonrisa-. ¿Has hecho un nuevo descubrimiento?
Alan asintió, intentando recuperar el aliento después de su ataque de risa.
-¡Sí, Ellen! ¡Lo logré! He encontrado la manera de crear una interacción directa entre los hilos de plata y los rayos. No puedo creerlo, es un avance revolucionario.
La emoción en la voz de Alan era palpable, contagiando a Ellen de entusiasmo.
-¿En serio? ¡Eso es increíble! -respondió ella, acercándose a él-. Sabía que lo lograrías, al fin y al cabo, soy buena detectora de "éxito"-
Alan la tomó de las manos con cariño y después de un gran abrazo acarició le acarició el estómago.
- ¿Será igual de inteligente a su padre? o igual de exitoso a su madre-
- ¿Porqué no... -*Le da un besito* - ambas? - replicó Ellen.
Alan sonrió y comenzó a explicarle cómo llevaría a cabo sus experimentos, pero a Ellen no le agradó uno de los requisitos para poder llevarlos a cabo.
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