Capítulo 11: Chachi

Le marqué por tercera vez a Miguel y no me contestaba. Esperé impaciente a que pase el bus, pero no lo hace. Vuelvo de nuevo a marcar y en el último timbre me contesta.

—¡Miguel! ¡¿Por qué no me contestabas?! —Denoté de manera acusadora.

—Lo sientooo —alarga la palabra y luego agrega murmurando entre dientes—, no encontraba el celular.

—¿Cómo no lo ibas a encontrar si acabas de colgar? —Inquirí a la vez que me recostaba contra una pared, los buses hoy se están demorando demasiado.

—Lo sé, es que ando distraído —tras la línea se escucha los ladridos de Chachi y una puerta cerrarse.

—¿Para qué me llamaste? —Dice él con curiosidad

Me aparté del muro cuando veo que un bus se aproxima y me acerco al borde del andén para ver el número de este, suelto un bufido cuando veo que es uno que no necesito, me dejo caer de nuevo en el muro.

—Elián me llamó y me preguntó si estabas aquí…

—¿Qué le dijiste? —Lo interrumpo.

—Que estabas en el baño —dice y luego escucho un pequeño gruñido. Despego el oído del celular al escuchar un ladrido de Chachi.

—¿Con quién se supone que estoy hablando, es contigo o con tu perro? —no quiero sonar agresiva, pero lo hago.

—Lo sientooo —vuelve a decir.

—¿Por qué te estás disculpando tanto? —Salgo corriendo y detengo el bus antes de que se pase. Cuando estoy arriba escucho un quejido de parte de él —, ¿Miguel?

—Maldita sea —murmura para él.

—¿Miguel? —Repito de nuevo su nombre, pero la llamada se corta.

Observo confusa el celular y me siento en el antepenúltimo asiento del bus. Le marco, pero no me contesta, empiezo a preocuparme. —¿le habrá pasado algo?— Observé al conductor y se me hace la trayectoria más larga que he tenido que soportar en un bus, siento que hoy está manejando más lento de lo normal. Miguel no contesta ninguna de las llamadas que le he hecho. Cuando veo su casa me bajo del bus y voy corriendo hasta ella, toco la puerta y nadie atiende. Esta vez toco la puerta con más fuerza, y es ahí cuando Miguel la abre y lo veo, su rostro está descompuesto y totalmente pálido.

—¿Estás bien? —Le pregunté, pero él niega con la cabeza, me había acostumbrado a verlo con la nariz entablillada y ahora que ya se lo quitaron se ve normal, me lleva hacia su habitación, encima de la cama está Chachi envuelto en cobijas. Entonces me doy cuenta de que su perrito está mal.

—He intentado llevarlo al veterinario, pero no se deja levantar —dice con la voz entrecortada.

Me acerco al perrito y veo como mueve la colita, le acaricio la cabeza y cuando le voy a quitar la cobija que cubre su pequeño cuerpo, Miguel me detiene la mano.

—No creo que quieras verlo —susurra con la voz entrecortada.

Yo aparté mi mano de la suya y levanté la cobija, miré horrorizada lo que hay abajo, está lleno de sangre y su perfecto y esponjoso pelaje está endurecido y sucio. Levanto mi rostro y veo a Miguel, quien tiene los ojos llorosos.

—¿Qué pasó? —Murmuré, aunque la verdad no quiero escuchar la respuesta.

—El perro de un vecino lo atacó —dice y su voz se escucha normal sin ningún tipo de reproche o acusación.

—¿Qué hizo el dueño? —Gruñí furiosa y en medio de un reproche le digo—. ¿Por qué no lo llevo al veterinario si fue culpa de su perro?

—Se llevó al perro, estaba muy agresivo —suspira y luego agrega tocando al perrito—, lo ha encerrado en la casa.

No quiero preguntar de qué raza era el otro perro, no quiero sonar como las demás personas que le echan la culpa a la raza y no al mal cuidado de su dueño. Entonces meto mis brazos por debajo del cuerpo de Chachi, suelta un chillido, lo levanto y lo cargo contra mi pecho, sé que Miguel no lo levantaba porque no quería hacerle daño, pero si no lo hace el perrito podría morirse.

—Vamos al veterinario.

El perrito chilló en mis brazos cuando lo llevé hasta el auto, veo como unas lágrimas se escapan de los ojos de Miguel. Coloco al perrito en el asiento de atrás y me siento al lado, Miguel empieza a manejar con cuidado hasta un hospital veterinario. Cuando llegamos lo atienden de inmediato, esperamos los dos impacientes en la sala de espera.

Miguel se ha colocado a llorar cuando la enfermera se llevó a su perrito, él es muy sensible con sus mascotas, por eso su madre no lo dejaba tener animales hasta hace un año y medio, exactamente la edad de Chachi. La enfermera que se llevó al Pomerania se acerca y nos mira con dulzura.

—Ya está estabilizado, ahora mismo le están limpiando las heridas —se agacha para mirar a Miguel que está llorando.

—¿Va a estar bien? —Musita él con la voz rota a la vez que se limpia las lágrimas de los ojos.

La enfermera le sonríe y asiente.

—Se veía muy mal, pero cuando le hemos quitado el pelo vimos mejor las heridas, son más pequeñas de lo que creíamos.

—¿Pero va a estar bien? —insiste él.

—Sí, algunas necesitan sutura y va a estar un poco dolorido —el rostro de Miguel se contrae de horror y enfermera se apresura a decir—, le estamos dando medicación para controlar el dolor.

Miguel asiente y ella se va, esperamos los dos sentados, él deja caer su cabeza en mi hombro y respira con dificultad, sostengo su mano y le acaricio los nudillos, está fría y sudorosa, con mi otra mano le toco el cabello. Siempre me ha ido fatal consolar a otras personas, soy incapaz de decirle algo o incluso mostrar pena por ellos, pero en este caso es diferente por Miguel, es mi amigo, el único amigo que tengo y lo hago para hacer que él se sienta bien y no se sienta solo.

Ya ha pasado casi media hora y la respiración de Miguel ya se ha acompasado a un ritmo casi normal, tiene los ojos cerrados, pero sin llegar a dormirse, la mano que estaba acariciando su pelo está en mi regazo porque la otra mano Miguel no la ha querido soltar. Hay algunas personas esperando a que también les den noticias sobre sus mascotas.

Cuando la enfermera abre la puerta, todos la volteamos a ver, Miguel se despega de mi hombro como un trampolín, pero se desinfla cuando ella se dirige hacia una señora con su hija. La enfermera les dice algo, lo que supongo que su animal ha muerto porque ambas se ponen a llorar. Miguel aprieta mi mano con más fuerza que antes y cuando giro mi rostro hacia él lo veo lívido y como parpadea para que las lágrimas se dispersen para que no se resbalen por sus mejillas, un impulso me obliga a decirle:

—No te preocupes, Chachi va a estar bien —le acaricio los nudillos de manera reconfortante.

—¿Cómo lo sabes? —Sisea entornando sus ojos hacia mí.

—Porque probablemente a ese perro, o lo que fuera que era, le hicieron una cirugía y no resistió y murió —el rostro de Miguel retrocede horrorizado—, a Chachi solamente le están limpiando las heridas y haciendo suturas.

Cuando terminó de decir eso una enfermera se nos acerca y nos dice que la sigamos, Miguel se levanta y va pisándole los talones. Yo camino más despacio y me detengo cuando ella nos lleva hacia un lado dónde hay jaulas de vidrio, dentro de una de ellas está Chachi, Miguel se agacha frente a él cuando la enfermera abrió la puerta y el perrito le lame la mano.

—Todavía está un poco sedado, pero ya está fuera de peligro —dice la enfermera mirando a Miguel.

Me mantengo a una distancia considerable para no molestar, la enfermera pasa y me sonríe, le devuelvo la sonrisa. Observo como Miguel acaricia a su perro con muchísimo cariño, desvío mi vista hacia las otras jaulas donde la mayoría tienen animales dentro.

Observo un pequeño gato y me acerco a él, su pelaje es negro y está demasiado delgado, tanto que hace que se vea más pequeño de lo que es. La ficha médica no dice casi nada y tampoco tiene un nombre escrito, tiene los ojos cerrados, está durmiendo, podría decir lo contrario, pero no, sus costillas se mueven al compás de su respiración. Tiene una vía intravenosa en una de sus patitas delanteras.

Levanto mi mano y con el dedo índice golpeó el cristal, el sonido hace que el felino mueva las orejas hacia atrás y luego abre los ojos adormilados, el iris resplandece con la luz de lugar, son amarillos casi anaranjados, me mira un instante antes de dejar caer la cabeza de nuevo en el manto de cobijas. Otra enfermera se acerca con un tazón de comida húmeda, me pide permiso, me separo unos metros y miro a Miguel que está sentado en el suelo diciéndole cosas a su perro. La enfermera abre la jaula del gato y le pone la comida, él con mucho esfuerzo y con un poco de ayuda se levanta y empieza a comer.

—¿De quién es? —Le hablé con curiosidad.

La enfermera me mira y después cierra la jaula y dice:

—No es de nadie, lo he encontrado en la calle.

—Ah —dejé escapar.

—Pero hemos pensado en darlo en adopción cuando esté bien —abre la jaula cuando el gato se enreda con el tubo de la vía.

—¿No lo van a adoptar entre ustedes? —Señalé al minino y ella niega.

—La mayoría de nosotros ya tenemos muchas mascotas —dice acariciando al gato.

La enfermera que nos trajo se acerca y nos mira a los tres, luego va y le toca el hombro a Miguel.

—Pueden irse a casa, Chachi va a estar bien, mañana pueden venir.

Él se levanta y se despide de todos, salimos a la calle y yo me despido de él, ambos nos subimos en buses diferentes hacia nuestras casas. Al llegar dejé mi bolso en el sofá y voy a la cocina a tomar un poco de agua, después me voy a mi habitación. Recojo el desorden que tengo en el escritorio y miro mi computadora, tengo muchas fotos que pasar. Recuerdo que dejé el bolso abajo, así que me dirijo al primer piso.

Me quedo paralizada cuando veo a mi papá al lado del sofá y con mi cámara en sus manos, claramente está viendo las fotos en ella. Mi mente empieza a maquinar cualquier excusa para cubrir las fotos que le tomé a Joel, luego él levanta su cabeza y me dedica una extraña mirada.

—¿Por qué tienes fotos del hijo de mi compañero?

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