Tras la intensa tormenta, el sol resurge iluminando el cielo y la hierba húmeda. Me siento en una silla de bambú en el porche de la encantadora casa y estiro los pies.
Estoy harta de estas botas que me aprietan, ansío poder calzar mis habituales zapatos, pero cada vez que lo intento, María me previene con sus advertencias. Casi puedo escuchar su voz aquí y ahora.
Meneo los dedos y la hierba húmeda hasta parece llamarme. Me quito las botas y bajo con cuidado los peldaños del porche.
Necesito sentirlos.
Dejo la carta de mi madre en el escalón más alto y piso suavemente sobre el pasto.
¡Qué placer!
Cuatro meses pasé en ese lugar y es la primera vez que hago esto.
Camino lentamente, frotando mis pies contra la hierba. Sé que pronto estarán cubiertos de barro. No me importa.
Esa deliciosa sensación me relaja por completo.
Uno de los perros de la granja se acerca. También me advirtieron sobre ellos. Aunque parecen mansos, a veces pueden ser traicioneros, pero este no tiene mala pinta. Es pequeño y torpe, parece un cachorro, y no tiene cara de perro de caza, sino de perro de casa, ¿qué hace entonces aquí?
Levanto al cachorro en mis brazos y miro alrededor, no hay nadie a la vista. Acaricio al animal con sus pequeñas patas húmedas y en su collar veo una plaquita con el nombre: Kate. Es una hembra.
Juego un poco con ella y la dejo seguirme. Nosotras dos corremos por la hierba, como grandes amigas.
De repente, se detiene y toma una postura de ataque. Empieza a ladrar fuerte y claro. Estoy a cierta distancia, pero sé que algo no va bien, y la valiente perrita sigue ladrando.
-Kate, Kate, ven niña.
-Me mira y sigue ladrando. Decido acercarme y al llegar veo lo que me eriza cada pelo del cuerpo y me toma el pánico. La perra es valiente, pero yo soy una cobarde total.
En la ciudad nunca aparecen, pero no estoy en la ciudad y caigo en cuenta de mi locura: estoy descalza.
Veo a la criatura lanzarse y levantar la cabeza hacia Kate. Temo por ella. Grito fuerte.
-¡Kate corre! ¡Ven niña...!
Intento hacer lo mismo pero como está resbaladizo, el horror me hace caer. Sentada en el suelo, trato de levantarme, pero está resbaloso porque al debatirme he removido el lodo.
La serpiente grande e imponente se levanta y se acerca a mí. La feroz perrita ladra aún más fuerte mientras yo me arrastro poco a poco. Sé que no debo hacer movimientos bruscos, porque ella ataca más rápido. Parece que la venenosa me quiere, pues ignora los ladridos.
La conmoción es tal que llama la atención de los que están en la casa. Los tres hombres aparecen y ven la escena.
-Quédate quieta.
Escucho la voz de Sebastián.
-Padre, toma un machete.
-¿Adónde vas Sebastián? Voy a llamar a un criado para que la mate.
-Toma un machete, no hay tiempo.
El señor Otto entra apresurado en la casa y Sebastián se acerca con cuidado en nuestra dirección, sin movimientos bruscos.
-No te muevas o te atacará.
Mi corazón late fuera del pecho y lo único que percibo además de su voz son los ladridos, como si estuviera sorda, solo veo la boca de Kate ladrar, sin escuchar sonido alguno.
Estoy en pánico.
La perra avanza y la serpiente salta sobre mí. Sebastián se lanza frente a mí y lo veo caer rodando mientras la serpiente se desliza de vuelta al bosque, lejos de nosotros. El señor Otto y Beni acuden en mi auxilio y me ayudan a levantar. El señor Otto me carga hacia adentro, estoy temblando tanto que mis piernas fallan. Me coloca en el sofá del salón y grita a una sirvienta que me traiga agua.
Bebo temblando, pero afuera otra conmoción se forma.
-Padre, llama a los criados, Sebastián fue mordido.
El señor Otto palidece y ya grita a los criados que surgen alborotados y salen todos hacia el frente de la casa.
El joven está inconsciente, pues en la caída se golpeó la cabeza. Los criados lo llevan a la habitación mientras Beni corre detrás remangándose y pidiendo a María que traiga un emplasto de cebolla y "cobrina", una hierba silvestre cuya raíz se machaca con alcohol y neutraliza el veneno de las serpientes, pues en aquellos días todavía no se había popularizado el antídoto contra el veneno de las serpientes, lo que ocurriría solo en 1898. Paños limpios, agua y mucha leche.
Veo al señor Otto indeciso entre apoyarme y seguir a sus hijos.
-Puede irse usted, estoy bien.
-Gracias querida, ahora vuelvo, quédate aquí.
Se marcha aceleradamente hacia la habitación y yo permanezco en el sofá todavía nerviosa. La dulce perrita se acerca y se sube al sofá. Causamos un desastre en el tapizado florido.
Ciri y otra sirvienta se acercan y me tranquilizan con palabras, pero mis pensamientos están allí dentro, donde Sebastián parece seguir inconsciente.
Ellas me ayudan a llegar a mi alcoba y al pasar por la puerta del cuarto veo a Beni, al padre y a dos criados quitándole la ropa sucia a Sebastián, y a Beni dando instrucciones. Estudió medicina, pero su pasión por la botánica lo hizo abandonar la carrera a la mitad.
No quiero ni mirar ni imaginar qué puede sucederles, todo por mi terquedad y niñería al querer pisar la hierba sin botas.
Me ayudan a limpiarme y desde mi habitación puedo oír el alboroto de la habitación contigua.
El ir y venir de los criados y la voz aguda de Otto pidiendo rapidez en los requerimientos de Beni.
Dios mío, no permitas que nada malo le suceda a Sebastián, rezo en silencio al acostarme para calmarme.
A fin de cuentas, hemos convivido como perro y gato, y ninguno de los dos niega el hecho de no gustarse mutuamente. Algunas veces, el señor Otto tiene que intervenir para calmar los ánimos entre nosotros.
Él me irrita y me atrae al mismo tiempo. Quiero estrangularlo y abrazarlo. Darle una patada en la espinilla y perderme entre sus piernas.
Me siento una pervertida, pero Sebastián es mi tormento. Y ahora, por mi culpa, corre peligro de muerte.
Necesito hacer algo. Así que voy hasta la habitación y el señor Otto me pide salir.
-No señor Otto, fui yo la culpable y necesito hacer algo para ayudar. No me perdonaré si...
El hombre suspira y comprende mi angustia. Beni aplica presión en la herida que tuvo que abrir con el emplasto por unos segundos y exprime la sangre hacia afuera a continuación. Varios paños ya se han utilizado, pero Sebastián sigue inconsciente.
-¿Cómo puedo ayudar?
Beni me mira de reojo, ya está sudado por el esfuerzo y respira con dificultad. Sebastián está en calzoncillos, cubierto hasta la cintura con una sábana, pero se le ven las piernas robustas, el pecho fuerte, expuesto y el brazo extendido donde Beni intenta extraer a toda costa la mayor cantidad de sangre del antebrazo, lugar de la mordedura. Su brazo está atado arriba y abajo de la herida, en un intento de impedir la circulación de la sangre.
El suda profusamente de repente lo vemos dar suspiros. Una sirvienta cambia los paños en su frente.
Pido que la sirvienta salga y me siento en su lugar y comienzo a hacer ese mismo gesto. Realmente necesito hacer algo, y solo entonces veo el gran chichón en su frente; debe haber golpeado una piedra con la cabeza.
Toco el lugar y él se mueve.
Entonces, Beni y yo continuamos nuestros esfuerzos y, tras un tiempo, él da señales de despertar. El señor Otto se acerca y toma la mano de su hijo aliviado: eso es una buena señal.
Aun en los momentos de disputa, padre es padre, y la sangre llama a la sangre.
-Padre...- habla él con voz baja -¿qué pasó?
-Te mordió una serpiente y al caer te golpeaste la cabeza, pero gracias a Dios y a tu hermano, ahora estás bien.
Beni venda el lugar con el emplasto y ayuda a Sebastián a recostarse en los cojines.
Hace que su hermano beba un generoso vaso de leche.
-¡Qué susto, imbécil! Pensé que me quedaría sin tus molestias por aquí.
-No es tan fácil deshacerse de mí como imaginas.
Ellos ríen el uno al otro y yo me levanto de su lado, solo entonces Sebastián me nota.
Aun debilitado, no pierde la oportunidad de provocarme.
-Sabes que es tu culpa, ¿verdad, madrastra?
Tuerzo la boca y oculto mis manos temblorosas detrás del cuerpo. No voy a contraatacar. Pero él no necesita saber que tocándolo me sentí nerviosa.
-Yo sé y lo siento mucho por eso.
-Está perdonada, pero sepa que yo no haré esto de nuevo, la próxima vez la dejo que la pique a usted.
-Dudo mucho. Pero estará advertida y prometo nunca más salir descalza.
-Es mejor así.
Nos reímos uno al otro y nuestras miradas se encuentran durante unos segundos, eternos para mí. Fue una adorable tregua. Me giro para salir y me encuentro con la atenta mirada del señor Otto, que observaba nuestro diálogo con cierto interés.
No sé qué interpretar en su mirada, pero algo pasó por su mente, algo que no tengo idea, pero creo que no quiero saber.
Hago una reverencia y me retiro. Sebastián necesita descansar y beber muchos vasos de leche, y yo necesito un baño.
Qué alivio que todo terminó bien. Realmente no quiero cargar con su muerte sobre mis hombros.
Si algo le sucediera a mi seductor hijastro, nunca me perdonaría.
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Comments
Carmen Morris
sospecho lo mismo xq el quiere que su hijo salga de ese hueco
2024-05-17
2
Anonymous
Esos dos siguen jugando con fuego y se van a quemar
2024-05-06
0
yelit
sospechoso que el señor Otto se casó con el nombre del hijo y quien es el esposo de ella es Sebastián y no Otto
2024-04-25
7