Mientras aguardo a los sirvientes con el agua, ya que el líquido comienza a pegarse en mi rostro, cierro los ojos evocando algunos momentos de mi vida.
Recordar se ha convertido en el gran tormento que me impide dormir por las noches.
Mis noches son eternas, y nada consigue que logre un descanso completo.
Y la bebida acompaña esos pensamientos que me nublan cuando el sol empieza a ocultarse, noche tras noche, sin cesar.
Sin piedad y con ferocidad.
Teníamos una buena vida aquí en Molino Dulce.
Nuestra hacienda era floreciente y mis padres se amaban. Mi hermano y yo vivíamos en armonía rodeados del afecto de ambos.
A pesar de nuestra condición como hijos distinguidos, no había distinción.
En mi adolescencia fui un muchacho extrovertido, gracias a este aspecto que tanto llamaba la atención, dondequiera que iba recibía las miradas femeninas de admiración y el deseo de ellas.
Jovencitas e incluso mujeres mayores. Hasta los niños me admiraban.
Mi hermano, más estudioso, era tímido y reservado. Y de pocas amistades. Mientras, yo atraía la atención y nunca estaba solo. En la escuela era el popular, en tanto él quedaba en mi sombra. Él y otros más, por lo que siempre terminaba con las chicas más bonitas, hasta las más reservadas caían bajo mi encanto.
El tiempo pasaba y la historia se repetía.
Todo empezó a cambiar cuando nuestra madre falleció, por una enfermedad de la época. Gripe. Estaba embarazada y ambos murieron.
Fue un golpe durísimo para todos nosotros.
Y de alguna forma, mi padre nos dejó a la suerte. El duelo fue largo, más de lo debido, y después de aquello empezó esa vida sin reglas, parece que está en la sangre, o en las costumbres de la familia... Y en su lujuria, siempre prefería a las más jóvenes, siempre. Por eso no me sorprende que se haya casado con esta pupila.
Bella como para dañar la vista. Pero molesta como una gacela en celo.
Las traía a casa y, como ya éramos adultos, terminaba por ocurrir lo que siempre pasa con estas mujeres más jóvenes.
Buscan la estabilidad de los mayores y el placer que los más jóvenes pueden ofrecer.
Como Benedict nunca fue muy dado a la práctica, la mayor parte recaía sobre mí, y eso enfurecía a mi padre.
El hijo más joven y atractivo. Robando a sus niñitas.
Con el tiempo tomó juicio y volvió a ser él, y yo estaba enganchado a ellas.
Las bellezas que se ocultaban tras las ropas largas de estas criaturas divinas. Y lo que guardan entre las piernas...
Fue entonces cuando conocí a Luise. Diferente a todas las que había conocido. Delicada e inocente. Me enamoré de inmediato. Por ella me calmé, como dice doña María.
Con ella quería formar una familia.
Ya tenía 23 años, la edad adecuada para eso, y ella con sus 18, también deseaba lo mismo que yo. Pero era una chica dividida. O se volvió así después de un tiempo.
Yo soy hijo de un hacendado rico, y el otro era solo un marinero de los mercantes marítimos de las rutas brasileñas. Ella lo conoció a través de mí, ya que cuando me alisté en el ejército, él se fue a la marina, nos hicimos amigos, pero tomamos rumbos diferentes.
Cuando vino a visitar a su familia y la conoció, sus ojos brillaron. Mucho más de lo que lo hacían por mí, debo admitir que me dolió darme cuenta.
Pero el joven no tenía medios para darle una vida decente, y de ahí su vacilación. Yo podía brindarle el cielo, en una vida más que cómoda, y él, una vida sencilla de ciudad en ciudad, donde su barco estuviera anclado. Lo que duraba 3 o 4 meses en la misma ruta. Y ella tenía que elegir.
Se decidió por mí, con la presión de la familia, las mujeres de hoy no tienen muchas opciones.
La familia siempre elige lo más seguro. Y otro obstáculo era la dote. La familia del joven nunca podría pagarla, era elevada e imposible para una familia sin bienes.
Y entonces nuestras familias fijaron la fecha de la boda. Yo pasaría otro año en el ejército y luego pediría la baja, y nos casaríamos.
Todo estaba acordado. Fue cuando aquella tarde lluviosa, mientras vigilábamos las fronteras con Paraguay, recibí aquella carta de mi hermano. Ni pedí permiso a mis superiores para volver de inmediato. Cabalgué durante días, hasta conseguir llegar a la ciudad, y solo entonces comprobar lo que la carta detallaba con riqueza de líneas.
Se habían casado, a mis espaldas.
Llegué a casa completamente devastado. Sucio por la cabalgata y destruido por la traición.
Mi padre me esperaba en lo alto de la escalera, y vi esa sonrisa burlona que siempre tenía en el rostro cuando se sentía triunfante.
—¿Ya en casa, hijo? —preguntó con desdén. Me acerqué a él y miré en sus ojos, y lo que vi me mató aún más. Él nunca quiso este matrimonio, porque ella, Louise, fue su elección para él. Era rica, joven, su padre bien considerado en la corte, era un conde, y él quería un título para la familia. Pero cuando yo la gané, no pudo soportarlo. Y después supe que proporcionó a mi amigo traidor la dote para el matrimonio.
Supongo que esa motivación me hizo regresar al ejército e intentar desesperadamente ser el mejor que pudiera. Necesitaba canalizar mi dolor.
Pero cada esfuerzo, solo empeoraba todo. Hasta que en un acto muy indisciplinado donde golpeé a mi superior al mencionar mi desgracia, fui expulsado.
Luego me enviaron a casa, por respeto a mi padre, no fui detenido, pero vivo en cautiverio. No puedo presentarme en la corte, ni en fiestas de la alta sociedad, y a veces ni siquiera en lugares públicos sin la supervisión de un agente militar. Por eso prefiero confinarme en esta hacienda. Y él sabe que no puedo irme.
Me sumí en este mundo de lujuria y placeres con las mujeres más variadas. El único lugar donde voy y recibo una buena acogida es el burdel. Y es allí donde paso la mayoría de mis noches. En un intento desenfrenado por hallar algo que llene las profundas heridas que consumen mi alma.
Eso irrita al señor Otto al extremo. Pues todavía alberga la esperanza de que yo sea el nuevo Señor del Café, o el futuro barón del café.
Y eso no sucederá, primero porque no lo deseo y segundo, porque él lo quiere.
Pero incluso en los momentos más ardientes de mis noches, sin importar con quién esté, todavía recuerdo la mirada de desprecio que ella me lanzó cuando la busqué por última vez.
Ira, rencor, venganza, pasión... estos son mis sustentos diarios, mi motivación errónea.
En ellos me pierdo y en ellos busco encontrarme. O al menos intento encontrarme
O encontrar de nuevo el amor, si es que realmente existe.
Frederico llega a la habitación.
—Señor. Su baño está listo.
Me habla 3 o 4 veces, hasta que salgo de mi ensimismamiento.
Y recuerdo por qué necesito ese baño.
—Señora Montanese, no sabe lo que le espera.
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Comments
Graciela Peralta
que pasará ahora con ella y el
2024-04-17
5
Drogueria Palanteexpress
quizás no fue la mejor forma del papa para separarlo de esa desvergonzada quizás el papa se quería casar con ella para q su hijo no sufriera x un matrimonio donde el solo queria y q tarde o temprano ella le iba hacer infiel pero el segado x su ira y odio no ve más halla de sus narices ,lo q no se es q ese viejito querendón quiera después de un año divorciarse x q lo q si creo es q este par se van a enamorar hasta las cachas carajo
2024-04-06
3
Sisy Toledo
Puajjjjj que asco......muy pij....sucia.....lo debe tener podrido de tanto sexo con prostitutas.....cochino....🤮🤮🤮🤮🤮🤮
2024-03-25
0